13 mar 2013

Apología de un amor dislocado


          ¿Quién dijo que hay una manera sana de amar? Acaso aquellos puritanos que se llenan la boca y se vacían el pecho diciendo que el ser humano debe aspirar a la felicidad completa e individualista que nos ofrece -ilusoriamente- la configuración del mundo actual; este mundo “otro”, moderno -y a veces también el posmoderno, cuyo mito fundacional es la omnipotencia del individuo, y por tanto la objetivación de lo demás, incluyendo a los demás individuos. De aquí provienen las censuras más patéticas a lo total y caótico de la existencia, es decir, al hombre que deviene, con el otro, en el amor.

El amor es locura, es desenfreno e insensatez. Pero este amor no es cualquier tipo de locura: es la manía por el otro, es nuestro total reconocimiento en él mismo y viceversa, es la pérdida del yo individual; en última instancia, es el reconocimiento genuino de que somos completos sólo como parte de algo más grande que nuestro cuerpo y mente. Teniendo esto en cuenta, habría que quebrar las nociones de deber ser acerca del amor, pues él se desenvuelve de modo incomprensible para el concepto, está más allá de éste porque no se subordina a la lógica de la identidad. Es puro y libre devenir entre amante y amado, es nosotros.

Es cultural -y por cultural entiendo aquí el egoísmo que nos inculca Occidente, impuesto por el contexto, que regresemos momentáneamente a la cordura, a nuestra individualidad y a la racionalidad, para hacer las veces de sujeto funcional y que la sociedad no se venga abajo; pero vale preguntarse ¿no será esto lo desajustado?, ¿no es una paradoja haber descubierto lo humano en el otro y tener que volver a uno mismo para que los otros subsistan y para uno mismo subsistir como los otros… como lo otro, ajeno y cosificado? En tanto los otros subsistan como otros -y uno con ellos, sólo agrandamos los abismos infernales que nos empequeñecen y beneficiamos al statu quo, que en esencia es una cruel ironía: al pretender preservarnos, sólo matamos lo humano que tenemos. La consciencia siempre fluctúa y desea, sólo eso, el constante salir de sí, es natural. Amar como cristalización del salir de sí mismo, es decir, del deseo, es una de las formas de ser humanos.

Bien decía Freud que la cultura nos aliena y nos reprime, nos frustra. Hubiéramos añadido que todavía más la cultura del individuo, su teología: la modernidad y el capitalismo. Ésta sí es una desafortunada patología, que además se oculta bajo la fachada de la sobriedad y la moral protestante del trabajo y la buena vida: a tal modo coarta nuestra humanidad, nuestra naturaleza, que basada en ficciones nos convence de la existencia de nuestra libertad. Y cuanto más convencidos, más presos estamos, más nos encadenamos a sus paradigmas y a su sistema de dominación. Y no es casual que entonces amemos menos.

El individuo es tan impotente en soledad que ni siquiera existe como tal, somos antes un conglomerado de influencias; pretender lo contrario nos vuelve autómatas y tiranos: ideológicamente despreciamos a los semejantes y además negamos lo común que obviamente nos conforma; así atomizados, no somos más que un producto. Vacíos e incompletos al interior, si nos damos cuenta, seremos infelices, quizá hasta paranoicos. En este sentido, el amor es tan revolucionario como necesario, por ser dignificador y restaurador de vínculos. Quiebra ideológicamente al sistema, nos compromete con algo más grande que nuestra estúpida existencia.

¿Nos es lícito condenar al amor por su desvarío?: ¿nos es lícito condenar al místico por su vocación, su llamado irrefrenable hacia Dios?, ¿es aceptable pensar que el artista desperdicia su vida en las obras?, ¿condenaremos al loco por vivir el mundo de otro modo? ¿No suena todo esto más a una lógica del poder que disgrega, que aísla y que dicta arbitrariamente lo correcto -o como gusta nuestra época, lo sano?

            Nosotros creemos que algo esencial que comparten éstas manifestaciones de la diferencia es el impulso erótico, el más intenso que alguien pudiese vivir alguna vez. Bien decía Bukowski "Find what you love and let it kill you". Y aquellos que creen que es indigno que dicha obsesión haya sido provocada por otra persona, en realidad no creen en el hombre: ahí está la misantropía hecha carne, ahí están los puritanos que se conforman con su existencia castrada. Más aún, aquellos que condenan cualquiera de las maneras amorosas, son más cobardes que humanos, la sensatez los hizo mediocres y pusilánimes. ¿Por qué es más lícito condenar al amor demente que el culto igualmente demente al yo? ¿Por qué morir consagrado al otro es peor que morir consagrado a sí mismo? Sólo a una época tan decadente como la nuestra se le pudo ocurrir algo así.

No es lícito condenar al amor demente, no al menos por la salud que predica este tiempo; él tiene su origen en una experiencia que se da más allá de la racionalidad, una experiencia fracturadora de lo racional, y por ello más allá del paradigma actual. En este sentido es mucho más real y empírica que cualquier elucubración acerca de “los intereses del individuo”. Estos intereses son ficciones, el amor es fáctico, es construcción de la voluntad, es la coherencia del ser en tanto que se nos revela como expansión.

¿Y qué derecho tengo yo a proyectar mi ser en lo demás, y viceversa? Se pregunta todavía el escéptico. ¡Pero si es tan evidente! El hombre no es otra cosa que lo que hace, hacer es unificarse con lo dado, dar sentido es volverlo propio y volverse algo dentro del mundo. Tenemos no ya un derecho, sino un deber -que realmente no podemos eludir- en el otro y con el otro: el deber de ser. Deber que se nos ha impuesto naturalmente, pues la vida misma lo incluye, y además nos impulsa a ello. Y ahí radica el origen del amor, y por tanto su validez… quizá hasta su verdad.

En cuanto a la elección del depositario de nuestro amor, no se piense que es una elección azarosa porque sucede bajo el claroscuro de la manía. Más bien constituye la máxima expresión de la voluntad del individuo que se desata del pesado yugo de sí, es el deseo cristalizado del ser por devenir en completud, y por ello en caos que escapa del orden de la razón, y que escapa de mi solo cuerpo. Quienes aman al mundo son filósofos (no es gratuita la etimología), y quienes aman al otro, además son felices. ¿Aparece por aquí la razón, esa que lo calcula todo? Felizmente, no.

Pero no estamos contra toda razón, sólo aquella que desea garantizarle al otro un paso ascético por este mundo, una experiencia ajena y objetivadora, donde sólo importa el sí mismo y todo es un cálculo para autoprotegerse. Esa razón medio muerta que no se atreve a vivir, esa razón de la que debe librarse la filosofía, y la época misma. ¿A qué sujeto lo suficientemente cuerdo le importa ya la “salud mental” y otras fruslerías de la psicología cuando ha visto el amor, cuando ha sido dentro de este proceso expansor? Es un absurdo ir en contra de los impulsos ontológicos únicamente armados con estéril y arbitraria racionalidad; por esto la batalla no se gana, por esto las sobrepobladas urbes, epítome de la organización moderna y de su progreso material y cultural, estaban condenadas a la soledad -y con ello a la incompletud- desde su origen.

El precio de no abrazar el caos es la indignidad, pero el precio de ser es abrazar el caos. Por ello, diremos con Nietzsche que el amor está más allá del bien y del mal: hay que aceptar este devenir en el otro, porque la propia destrucción de lo que somos, es decir de nuestros paradigmas, es ya nuestra propia superación, completud y felicidad. Hay que ser incondicionalmente en la locura erótica porque es la única manera de ser, libre.

1 sept 2012

Último comentario al proceso electoral 2012

Sería muy bueno deshacerse de un par de mitos en nuestro país. El primero es la igualdad democrática, que se traduce en pensar que cualquier persona mayor de 18 años "puede" votar. Esto es mentira, no todos están debidamente informados y por supuesto que no todas las opiniones valen lo mismo: unas son peores que otras y por muchas razones.

El segundo es el cortísimo recurso que nos impone la mirada maniquea que juzga que los malos son los que ejercen el poder, mediatizan con base en un fin ruin o legitiman a los idiotas y los buenos son "el pueblo". La realidad es que cada quien se mueve respecto a sus intereses, sean estos viles o no.

Se siguen de esto dos cosas: La primera (mi favorita) es que podemos considerar con toda verdad como inferior la opinión de quienes tengan en alta estima la persona de EPN, porque no se ha cansado de hacernos patente que resulta un ser repugnante, incapaz y deleznable. Eso sí, de los priístas NO podemos decir lo mismo, pues el criterio racional nos dicta que hay que limitarnos a hablar de lo que conocemos, y dicho Partido es de un tamaño tal que resulta imposible encasillar a la totalidad de sus militantes y simpatizantes en un juicio tan corto y lapidario.

La segunda es que debemos considerar que lo único realmente malo de estas elecciones ha sido permitir que 19 millones (más menos) de ciudadanos hayan considerado como su mejor opción a este pelmazo, y entre estos también contamos a los líderes del partido y quienes promovieron conductas lícitas o ilícitas en favor de esta causa, pues todas estas situaciones proceden de una sola problemática. Tales situaciones nos hacen sospechar del posible uso de esta persona como un parapeto para la consolidación de intereses más oscuros que involucran la disposición de recursos gubernamentales a manos llenas: si acaso esta es una jugada que pretende eliminar una presencia fuerte en el Ejecutivo.

Independientemente de ello, este hecho sólo evidencía, como hacía tiempo no se palpaba de manera tan trascendente, un defecto que compartimos todos como sociedad: nuestra pésima formación ética y educacional. Todavía se piensa en las cúpulas que la mejor forma de conducirse es teniendo en mente únicamente un sólo fin: la riqueza material individual. Y les tengo noticias, en el pueblo llano, esto no es diferente. De aquí que el voto sea intercambiable por diez mil pesos, un cargo público o tres kilos de frijoles, o que el político prostituya las labores que le hemos encomendado al mejor postor: NO existen, en ningún estrato social, las condiciones que nos permitan reflexionar con acierto sobre el infinito valor que constituye un compromiso social del tipo moral o político, como el voto o la toma de protesta en un cargo público, en esencia porque somos un pueblo ignorante.

En esta elección, la gran mayoría de quienes pensábamos diferente (y dejémonos aquí, por favor, de discusiones baladíes acerca de si fue acertado o no) depositamos nuestra confianza en AMLO, y según avalan las más diversas instituciones, desde la UNAM hasta el TEPJF, pasando por ONG's de todos orígenes, legalmente resultamos minoría. Esto puede discutirse o no, personalmente creo que no tiene caso porque ya hicimos ver que el verdadero problema es de orden distinto. Las cifras nos ilustrarán mejor:

Alrededor de 112 millones de personas habitan la república; de ellas, 75 millones podían votar; de estos alrededor de 50 millones votaron(contando sólo votos de las tres principales fuerzas políticas), y de ellos 15 para AMLO y 19 para Peña. Podemos ver entonces que ni Peña ni AMLO son portadores, en estricto sentido, de la voluntad general. Pero si juntamos a quienes no votaron con los que votaron por EPN, encontramos que cerca de 45 millones de personas consideran su mejor opción a este sujeto, o bien no les importa. Vemos de este modo, y no nos sorprende, que la consciencia sigue siendo minoría y la apatía mayoría, seguida muy de cerca por la coalición de la idiotez y el cinismo como segunda fuerza.

¿Así de qué diantres sirve ganar una silla? ¿De contrapeso o de primer paso? Si es así, ¿debe ser AMLO el primer paso? Es significativo que la opción que él representaba no solo fuera incapaz en campaña (no se necesitaba solamente ganar si es que en verdad se ganó, se necesitaba ganar indiscutiblemente) sino también en los tribunales, pues a pesar de la (presunta) abundancia de pruebas de los ilícitos cometidos por el adversario, no pudo articularse ningún recurso efectivo, ni siquiera apoyándose en los organismos nacionales e internacionales que vigilaron el proceso o en otros tribunales. Pudo hacerse más allí y menos en las calles: más litigio y más campaña, más trabajo y menos verborrea justificadora o señalatoria. En este sentido tenemos mucho que reprocharle al candidato y al movimiento, porque han defraudado nuestras esperanzas y desperdiciado nuestro apoyo: sabían a qué se enfrentaban y sus condiciones, y así se prometieron capaces de ganar, y sin embargo fueron incapaces.

No obstante quizá el (ex) candidato tenga razón en excusarse tras el argumento de que todo el sistema estaba en su contra. Eso es cierto a tal grado que incluso su propio Partido se vale de artimañas consideradas ilegales para asegurarse votos en territorios como el DF. En lo que no tiene razón es en fomentar el mito de que únicamente la cúpula tiene la culpa: este sí es un dogma de carácter populista que no hace más que fomentar la ignorancia y la indolencia general respecto a la responsabilidad propia, apostándole a agradar a los oídos del vulgo esperando obtener su legitimación. ¡Cuánta astucia!

Otra cifra ilustrativa a este asunto es la de percepción de la corrupción: de cero a diez, tres puntos; donde lo idóneo son diez, resulta bastante alta. Y de estos datos podemos ver que, si bien hay quienes se indignan (no deja de ser irónico que hasta genuinamente) en palabra, en acto solapan y conviven día a día en este estado de cosas. Como decía cierto profeta antiguo: quien esté libre de pecado, que lance la primera piedra.

Tristemente, nosotros los jóvenes habremos de pagar por todos estos errores de la generación que nos hereda esta "nación". Sin embargo, aunque somos los que debemos menos en todo esto, no estamos exentos de culpa: también somos en muchos sentidos una generación mediocre y enajenada que cotidianamente está conforme con eso. Tales hechos, a mi juicio, no pueden desestimarse o querer reivindicarse por la formación de un movimiento caótico, desenfrenado, desubicado y en general, nuevamente mediocre que lógicamente se ve superado por la fuerza de la costumbre, de las instituciones y del Estado mismo: no basta con las buenas intenciones.

Y me merece el apelativo de mediocre porque, entre otras cosas, el movimiento ha preferido la espontaneidad propia del carnaval, en vez de la planeación meticulosa que le requieren circunstancias como las nuestras a los actores políticos; a pesar de ser universitario, ha prevalecido en él una sensibilísima falta de aplicación de teoría política y sobre todo jurídica apostándole a ganar la batalla en las calles y con improvisada presión de cualquier tipo, todo ello para evitar comprometerse con principios que le generen estabilidad, eficacia y solidez política en detrimento de su número de integrantes, pretendiendo con esto la presuntamente fácil legitimación de la diversidad y la "demanda popular"; el que ellos siguen, como actor político, es un camino tan mediocre porque evita el conflicto y de manera utópica, como los niños que juegan, encaran una severa dificultad sin haber resuelto las propias, parecido a la liviandad del estudiante que no ha entregado su tarea, no pone atención a sus cursos y pretende obtener calificaciones aprobatorias.

Por esta falta de seriedad y preparación, que no puede atribuirse a la ignorancia sino más bien a la irresponsabilidad, porque en efecto son los individuos idóneos para hacer uso magistral de las herramienta humana más valiosa, a saber, el conocimiento, es por la que no nos merecen mayor estima: al final siguen siendo igual de indolentes que el pueblo que los vio nacer, ellos se sienten cómodos y heroicos, casi mártires, en las calles y de ahí no se moverán. No empujarán sus capacidades más allá ni intentarán algo distinto que los aleje del territorio que "conocen" (por ejemplo, un acercamiento o proyecto institucional o la expulsión de las alianzas o ideales que resultan un lastre), por miedo a perder su relevancia que, adelantamos, se irá disipando inevitablemente hasta que sea nula porque es precisamente por estas razones que son ampliamente superados por las circunstancias.

Por estas y otras consideraciones, cada vez me convenzo más de que nuestro avergonzante pueblo se merece este o cualquier otro gobierno de mierda y así dirigirse a su inevitable fracaso, al ocaso sin haber brillado. Eso, o bien despertar cuando ya todo haya sido saqueado por bandidos y ya no importe. La mediocridad nos está cobrando un alto precio por la comodidad que nos procura, nuestros intentos de pereza y enajenación resultaron ser como un escupitajo hacia el cielo. El costo de nuestras costumbres, nuestros mitos y nuestra comodidad individual esta vez fue la presidencia de EPN, con ella pagamos nuestras omisiones... ¿hasta dónde llegará la cuenta?, ¿hasta dónde aguantarán nuestra idiotez los recursos?

Feliz sexenio.

15 jul 2012

En esto creo




"Como a nadie se le puede forzar para que crea,
a nadie se le puede forzar para que no crea."
Sigmund Freud

Yo creo en la buena vida, creo en hacer lo que me place y creo en planearlo responsablemente. No obstante confesaré que creo conveniente, de vez en cuando, mandar al diablo esos mismos planes, por aquello de dejarme sorprender.

No creo en la moral, creo en mí. No creo en las personas, creo en lo que veo. No creo en el pasado, sino en su resultado: el presente.

Me libero de prejuicios, creer que soy algo más que posibilidad es sumamente arrogante y determinista, pero así mismo, como posibilidad infinita de este momento, tengo completo poder para transformarme a cada minuto (y de hecho lo hago, quiera o no), no permitiendo jamás que me quede estancado en lo que fui. Por eso considero que creer que "soy algo" así, casi por default, es un lastimoso grillete y una fútil ilusión. Entonces, mirando siempre adelante y retando al futuro con pedantería, me deshago de la bazofia y continuo mi camino...

A veces miro atrás, es cierto. ¿Pero quién no lo hace? Al menos yo procuro no recoger los pedazos inservibles de lo que ya fue. Yo viajo ligero, en esta vida llevo lo que me sirva y en eso también creo.

Creo en mi intuición, por poco razonable y contradictorio que parezca. Creo en la pasión y en el amor, en la bondad y en la nobleza, pero no creo que sean incondicionales bajo ninguna circunstancia. Creo en la fraternidad y la cooperación como base de un mundo mejor, y muy a mi pesar y tras muchísimas desilusiones, todavía creo en la humanidad... quizás por pura necedad, o cobardía de no dejar morir de una vez mis esperanzas en tan curiosos seres. Quizá también por eso creo en los incorruptibles: la corrupción es una enfermedad, un hongo que todo lo come, pero afortunadamente aún hay resistencia, incluso antídoto, y creo que ese será un papel mío.

Creo en mi buena, excelentísima, suerte, pues tengo tanta como para aventar al aire y llenar unas cuantas calles, eso sí, no creo poder explicarla. Obviamente no creo en Dios, porque no lo he visto ni sentido y, sobre todo, por lo que representa: las figuras de autoridad o de control me conflictúan porque creo en la libertad más absoluta que me sea concebible. Por eso yo creo que no rindo cuentas, creo que esta es mi única vida, mi único pedacito de existencia y por eso creo que me aferraré a él con todas mis fuerzas. No creo en aceptar la muerte de buena gana, yo no sé morir ni descansar en paz porque creo que la vida no me será suficiente para cumplir mis ambiciones.

Creo en el poder de la palabra, en construir el cambio desde el más tenue susurro en el oído de un amigo, hasta la más estruendosa manifestación de efervescencia y locura que millones hayan visto jamás. Creo en el cosmos y en la innegable y a la vez no pocas ocasiones incomprensible energía que nos atraviesa, porque la he experimentado; pero no creo en mi consciencia ni mi "alma" existiendo después de mi cuerpo, sencillamente porque no lo he visto... ojalá me equivoque.

Creo también en el poder de la mente y sus increíbles alcances, pero creo que existen muchas cosas que no comprendo y por eso también creo que me porto arrogante. Sin embargo, no hay manera de ser dignamente poderoso, más que siendo un espíritu grande. Creo en el poder, como puede deducirse; y creo en la lucha, en que somos más, mucho más grandes que el mal, aunque éste sea más numeroso, más ignorante, más oscuro o más perverso. 

Creo en mis ancestros y en que, la mayoría, han hecho su mejor esfuerzo, y también creo que no ha bastado, o de lo contrario viviríamos en el mejor de los mundos. Sin embargo, aún me debato después: creer que han hecho lo mejor que pudieron, sería implicar que son incapaces o estúpidos, y creer que no lo hicieron los haría mediocres o malvados... eso sí, creo firmemente que son todos (salvo contadísimas y conocidísimas excepciones) cuando menos, una de esas cuatro. 

De mi generación, creo en lo que otros realizan, hacer es la clave del universo: llevar una idea a la realidad material tangible ya es un milagro; creo fervientemente en la materia, creo en lo que toco y creo en lo que físicamente (hablando de partículas) soy. Creo que debo cuidarlo porque me hace feliz y me permite impactar e interactuar con todos, hasta conmigo.

Creo, como Buda, en los apegos inevitables y en que estos nos hacen sufrir. Sin embargo creo que son insuperables, o mejor dicho, que su superabilidad no es compatible con la vida contemporánea o quizás con ninguna: Creo en la justicia porque la he visto y la deseo, lo mismo diré de la amistad, el amor y la abundancia... y no pienso dejar de desearlas, para mí y los demás. Porque también creo que los deseos, particularmente éstos, nos acercan a la bondad y nos hacen felices, aunque sea un rato.

Creo, como Nietszche, en la infinita idiotez humana y sin embargo también en un tiempo mucho mejor que vendrá, donde quizás presenciaré la realización de los ideales, la verdadera evolución de las consciencias... o quizá la hecatombe final. De cualquier modo vale la pena, porque también creo que me ha tocado vivir un momento inigualable en la historia.

Creo a veces, como Cioran, en la inevitable desgracia y el absurdo de lo todo lo que mueve su estúpida masa por esta faz, pero también creo que no deberíamos tomarlo tan en serio, ni tal cosa ni nada debería deprimirnos, porque creo que sería una pérdida de tiempo y de existencia, además de un desperdicio de oportunidades para reír. Porque también creo en la risa.

Por último, también creo en cuestionar todo lo que creo, porque sé que soy falible y que debo juzgarme con extrema dureza para alcanzar la excelencia: como ya dije, un espíritu laxo y pequeño no logrará nada grande. Casi siempre sólo en este sentido puedo aceptar la disciplina. Creo también que debo dudar tanto o más de cualquiera como de mí, hasta que me demuestren que puedo hacer lo contrario.

Un humilde homenaje al maestro Carlos Fuentes
Patricio