-Son una especie de democracia
muy particular, el único adjetivo que viene a mi mente es salvaje. Una
democracia sin mucha idea y con bastante inocencia, franqueza, casi
transparencia; un deseo irrefrenable de defender lo esencial de las democracias
(que no lo más importante): la inclusión. Pero yo creo que este afán de pureza
es más un temor a ensuciarse las manos que una especie de pulcritud santa.
-Los estudiantes tienen miedo,
como todo mexicano. Nos encontramos traumatizados por la violencia sistemática
del Estado mexicano, que siempre recrudece cuando gobierna el PRI (cosa que
parecía imposible después de Calderón), como si esa fuera la verdadera meta
gubernamental. Gracias a ese terror que ha dejado estragos, ha sido difícil
convencer a otros de que algo así como una “asamblea democrática” valía la
pena, ¡y para qué hablar de un movimiento o una acción directa! Pero se ha ido
logrando el apoyo, se han ganado las voluntades de varios sectores populares y
poco a poco, muy lentamente, el país va teniendo idea del estercolero en que
habían convertido el gobierno, y cómo todos los narcopolíticos podían fingir y
predicar muy bien acerca de por qué no olía a mierda.
-Otra razón que me permite
caracterizarla como una democracia salvaje es que uno muy pronto se da cuenta
de que se trata de asambleas hostiles en varios sentidos: es un público
instruido (aunque no lo suficiente) y difícil de contentar. Además de que por el esmero encendido de “hacerlo
bien” en un sentido moral fuerte, las asambleas suelen alargarse y eso provoca
un ambiente todavía menos apto para el estudiante medio de hoy, acostumbrado a
lo fácil y rápido. El acostumbrado a las prisas o a la comodidad. En asamblea
ni una ni otra: lento y jodido, con pocos avances, pero progresando. Carajo,
¡pero progresando! ¿Por qué la gente no se fija en eso?
-Sería legítimo decir que estoy
ahí por lo que decía Platón: no hay que dejarle el gobierno a los peores
hombres, y ese temor hará que nos involucremos más que los estúpidos o los
injustos. Consciente de mis carencias y tomándolo por verdad, repito lo mismo a
mis conocidos: hace falta (y nunca sobra) en una asamblea gente sensata, bien
formada, con capacidad oratoria y organizativa para tejer resistencia sólida.
-Sobre este último punto, también
es legítimo hacer unas cuantas caracterizaciones estudiantiles:
Están los
antiparistas que ni siquiera se molestan en ir, junto con los pro-gobierno
dogmáticos e incondicionales, y si hacen presencia es por medio de espionaje o de
halcones. Es decir, la más rancia de las cepas reaccionarias. Pueden pecar de
ignorantes en algún momento.
Luego
están los antiparistas no dogmáticos, dispuestos intelectualmente a cambiar,
pero por alguna razón todavía no materialmente. Ellos apoyarán los paros si hay
razones, pero no van a ir a sostenerlos; ellos recriminarán el menor de los errores
de los compañeros más activos y a la menor provocación cambiarán su discurso a
favor de la autoridad.
Están los
verdaderamente neutrales, los ignorantes, los idiotas o los que reconocen que
no tienen una opinión sincera favorable y fundamentada mayor para uno u otro
bando. Por lo general son estudiantes poco politizados (muchas veces también
los otros dos) de modo consciente, pues únicamente reproducen la ideología con
la que conviven cotidianamente, o bien su oposición termina con el puro rechazo.
Siguen
los paristas moderados, por lo general estarán a favor del paro y ayudarán con
labores fáciles para esos días. Su límite suele ser la insistente no violencia,
que una vez más es aquella pureza que disfraza su cobardía. Estos son la
mayoría de los alumnos que podrían organizar algo así como “un movimiento
solidario” que genere las condiciones de una “huelga nacional”. El panorama no
es nada alentador.
Y se pone
peor, por último están los radicales a rajatabla, anarquistas, comunistas, y en
general toda esa gente que cree que ha dado con la bondad y la verdad eternas. Ellos están
dispuestos a cualquier cosa por sus valores sólidos e interiorizados
debidamente. En los paros son quienes cuentan con más experiencia y quienes
serán fundamentales para sostenerlo. Son la muestra de que una disciplina
axiológica cosecha grandes frutos, que no suficientes sin apoyo.
De entre todos ellos, es difícil hallar
gente sensata, con argumentos serios y acaso dispuesta a compartirlos en un
afán de mera reflexión, para decidir colectivamente del mejor modo. Y por eso
puedo volver a mi comentario a propósito de Platón: ¡cuánta razón tenía!, no se
trata de ideologías, se trata de los mejores hombres, de esos que tienen
compromiso con la verdad y el bien, por encima incluso de sus vidas, y en esa
medida están dispuestos a poner celoso empeño en su labor. Y aún de entre
estos, habrá que elegir a los que tengan verdadera capacidad para su tarea.
-Quizá deba hacer especial
énfasis en el compromiso, pues las asambleas sí son espacios que, en nuestro
contexto, constituyen un riesgo físico y psicológico real para quienes las
frecuentan. Ser estudiante y ser opositor es de alto riesgo, pero hoy no hay otro
modo digno de vivir.

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