Estimado Coronel:
Es bien sabido que el
conflicto amoroso le es más afín a cierto tipo de hombre que a otros, y es
probable que la siguiente historia constituya una bella excepción, aunque se
trate de una tragedia. Queda usted advertido.
Contábase el mes décimo
del año catorce cuando dos jovencitos se conocieron. Ella era un grandioso
ejemplo de lo que uno imagina cuando se pronuncia con inspiración la palabra
mujer. Y yo era prácticamente lo que sigo siendo ahora, después de que todo ha
terminado: un joven ambicioso e insulso que de lo único que puede estar seguro
es de dudar por siempre y en todo momento acerca de cualquier cosa, al menos
potencialmente.
La historia comienza
cuando por casualidad soy invitado a un café o a una tienda de vinos por la
señorita en cuestión. Ahí me di cuenta de que además era una persona muy
interesante. Será bueno decir que yo ya había notado el brillo de su
inteligencia y alguna que otra jocosa contradicción que me produjera
curiosidad. En fin, todo aquel conjunto hizo que me decidiera a seguir con el
intento firme y tácito (casi secreto) de dejar de estar solos.
Pasaron los días uno a
uno, lentamente. Por muchas razones, a mí me parecían como ráfagas, oleadas de
tiempo que ni tenía en mente con claridad ni podía sobrellevar. Una de aquellas
razones es que esta historia tuvo su drama accesorio. Fue un amor de coyuntura,
un amor de barricadas (si las hubiera habido) y marchas, un amor fugaz y
potente. Fue un amor más auténtico, pero destinado a morir; usted sabe, algo
ideal y breve, romántico en todo sentido. Cuarenta y tres desaparecidos en
Iguala, Guerrero. Con anuencia del gobierno. ¡Qué golpazo! Y en nuestra
escuela, unos levantados y un tiroteo, eran momentos realmente inestables. Y al
calor de todo aquello nos conocimos mucho más, pero debo volver a la historia
que contaba.
Opinando sobre lo
sucedido y lo posiblemente venidero, en aquel café, pasaban la tarde un par de
almas condenadas, un par de pies sin cabeza. Sabían que la izquierda tenía
problemas y que tenía que ser renovada, discutían al respecto. ¿Qué haría la
facultad? ¿Cómo haremos que se involucren? Y así estuvieron un buen rato.
También hablaron de poesía, bueno, ella habló un buen rato y yo sólo escuché.
Por momentos en verdad parecía
que eso tenía futuro, había opiniones que agradaban del uno al otro, había unas
ganas carnales inocultables, había amor. Era inevitable, aunque por puras
buenas costumbres me reserve los detalles, sí es lícito decir que consumar
aquel vínculo fue muy placentero. Tampoco tuve tiempo de pensarlo, y mejor.
Resumo entonces.
Esa noche, Ella me contó
bajo unas sábanas translúcidas y con voz de sirena milenaria, lo siguiente:
"Yo vengo de un
lugar lejano y allá he sufrido mucho, yo vengo porque tengo esperanza y porque
soy más fuerte que la vida y que la muerte. Yo vengo porque he sobrevivido para
vivir. Vengo porque quiero tu compañía, vengo porque te quiero."
Y yo enmudecí, callé
atónito como si mirase el mar a medianoche. No supe qué decir. Por supuesto que
la quiero, pensé. Por supuesto que me gusta. Más bien que no encontraba ninguna
razón para oponerme y aun así algo me decía que debía hacerlo. ¿Era acaso mi
oscuro hábito oposicionista otra vez, ese que jamás me ha dejado en paz y que
me obliga a actuar contra los idiotas? ¿Operaba ahora contra mí mismo?
Tal vez, pero nunca he
podido negarme a aquella dulce y punzocortante voz. Y no empezaría en esta
ocasión; valían más mis profundas y casi inermes convicciones, valía más yo y
mi esteparia soledad (si se me permite un guiño). ¿Sí? ¿No le estaba cerrando
la puerta a algo tremendamente prometedor con base en cualquier cosa? Tal vez
sí, tal vez no. No lo sabremos hasta que tenga la fuerza (o la certeza) para
dudar de mis propias dudas.
Pero no todo fue decidido
en la intemperie de las alturas conceptuales, ni en las arenas de la pureza y
los altos motivos. Yo le contaría, Coronel, los pormenores de mi decisión (que
si ella grita demasiado, que si a mí me gusta demorarme en muchas cosas, que si
ella tiene un carácter difícil, que si yo soy huraño, etc.), pero ahora me
parecen tan irrelevantes que los confino incompletos a un paréntesis. Y por una
buena razón: se los hubiera perdonado a cualquiera, los hubiera pasado por alto
por cualquiera, lo he hecho. ¿Qué es distinto ahora?
Imagínese, Coronel, que
recorremos el tiempo dos meses hacia adelante. Año catorce y último mes. Ella y
yo seguimos saliendo pero, por ejemplo, he vuelto a hablar con mi pareja
anterior, en un intento desesperado por escapar al compromiso que intuyo posible,
sólido y duradero.
Vivo en constante
desilusión porque mi doncella no materializa mis inmaduros ideales, o eso
creerá quien no esté de mi lado. Vivo en desilusión y desesperanza porque no he
logrado transmitirle mis ganas de estar, de vivir y hacer. Vaya que lo he
intentado. A tal punto que aquí la versión es que ella no es precisamente una
mujer que pueda hacerme realmente feliz. Para colmo, ni siquiera me gusta tanto
como me gustaba cuando comencé toda esta campaña, ahora no sé cómo retirarme. Me
siento como Napoleón en Waterloo, y es por esta inmanejable crisis estratégica
que le escribo.
Mi apuesta más fuerte
hasta ahora es que tengo que esperar a ser derrotado, esperar la muerte en el
corazón del invierno. Hace mucho que descartamos una salida digna y decorosa.
Hasta la victoria,
siempre.

No hay comentarios:
Publicar un comentario