Para nosotros y en este país, nos parece legítimo considerar que para todo caso la libertad ya está tomada de antemano, y como primer paso de una decisión, sí es un paso previo a la reflexión. A la razón la precede siempre el orgullo, ese que busca resolver problemas y ser mejor que todos. Ése orgullo opta por no pedir ayuda a otros y osa pensar por sí mismo. Entonces razonas y comienzas a pensar en soluciones para todo lo que te sucede y necesita respuesta. Y en la medida que descubres las causas te vas volviendo libre de influencias innecesarias y aprendes a manipular esas reglas (por así decirlo) para tus propios fines. Pues al fin y al cabo eres un hombre de carne y pasiones.
Por eso cuando ustedes dicen que pretendemos que el Estado resuelva nuestros problemas y que por eso es objeto de nuestro interés, no hacen más que evidenciar su ya predecible falta de inteligencia (y por ende, de orgullo). Nosotros vemos un problema que ustedes no, un problema político, y tenemos la suficiente confianza en nosotros como para hacer nuestro ése problema, y la suficiente inteligencia para ver cómo nos involucra. Nuestro. Un problema político nos interesa porque fuimos educados para pensar en los demás, para considerarlos importantes. Tan importantes como el sí mismo.
¡Idiotas! Les dirían ya saben donde y cuando, pues ésta etimología es una de las más famosas (por no decir gastadas), de modo que si no la saben pueden sentirse ignorantes con todo derecho de ser reconocidos ampliamente. Y ya ni siquiera se han ganado el título por desentenderse de la asamblea, sino por ser estúpidamente inhumanos con otros que somos como ustedes. Por ser indiferentes, algunos dirían que merecen ser tratados así de vuelta. Yo sólo quiero pensar que son ignorantes y que es necesario explicarles, por principio de cuentas, que todos tienen derechos exacatamente iguales, y eso los incluye. Todos los seres humanos somos iguales. ¿No me creen o no saben de qué hablo? Algo llamado derechos humanos, respaldado por la ONU podría decirles algo extra.
Difícilmente somos optimistas, pero tampoco tenemos miedo. Vivimos en un país, quizá en un mundo, donde vivir y morir son una y la misma cosa, un país podrido entre sus garras y sus indiferencias. ¿De qué tendríamos miedo?, ¿de renunciar a este infierno en la vida o en la muerte? Poco importa.
Nos importa la historia, nos importan las próximas generaciones, nos importa la paz de la gente y hasta nos importa el bienestar de nuestro país, su desarrollo moral y económico. Pero más nos importa la libertad verdadera, esa que se les reconoce a todos sin excepción, y cuya preservación es la única obligación estatal verdadera hacia todos los miembros dentro de su jurisdicción.
No queremos ser juzgados por nuestros hijos como corruptos ni irresponsables o agachones incongruentes. No queremos quedarnos sin país, y no queremos seguir soportando ineptos y ladrones para que nos fustiguen con hambruna y madrizas. Preferimos morir intentando lograr un giro.
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Con afán incendiario: ¿qué obligación tengo (tenemos) de respetar la ley que cotidianamente es usada para favorecer al poder y a sus lamebotas?, ¿qué obligación tengo de respetar una ley que quienes hicieron y firmaron no se preocupan por cumplir?, ¿por qué voy a obedecer a una autoridad que no se cansa de mostrarme cómo viola todo lo que podría ser valioso y deseable en la sociedad?

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