22 ene 2016

Los minotauros del laberinto



Recientemente he comenzado a pensar que yo no soy yo, o mejor dicho, qué pasaría si yo no fuera yo. O no exactamente que yo no fuera yo, más bien que yo no sólo soy yo. Pero entonces, ¿quién o qué sería yo?
He creído toda mi vida que soy el mismo, pero últimamente se me sugieren personalidades completas, un cúmulo de sensaciones con sentido propio que predican como mejor pueden y pugnan porque su apreciación se imponga sobre las demás configuraciones posibles que se manifiestan o se me ocurren. Divagan dentro de mí hombres distintos, a veces mitad bestias y otras veces totalmente salvajes, todos dan de tumbos esperando salir, hacerse del trono dorado de la consciencia y alzarse sobre la confusión. Pero eso está bien, se supone que como filósofo estoy facultado para manejar ese tipo de quimeras mentales, incluso es deseable que me ocurra para no perder la práctica. Es como si para todas mis fieras se me hubiese obsequiado un látigo con mi título de graduado.
Pero cierto día un minotauro me tomó por sorpresa y, para evitar que me atravesara el esternón de una cornada, le revelé el secreto para salir del laberinto. Se trata de creer en uno mismo, de formar identidad y hacerse con las riendas del cuerpo. Las ideas se vuelven uno mismo a un precio altísimo: una vez que tienes claro el camino dejarás paulatinamente de aprender, a menos que estés dispuesto a cuestionarlo todo, y con ello a modificar lo que eres.
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Pero cuando uno mira que, aun habiendo ganado el trono y con el látigo en la mano, no se es un juez entre las partes, sino una modesta pieza a merced del contexto, que evalúa según una humilde y limitada perspectiva, entiendes lo importante que es formar un criterio propio, una especie de mirador ideológico en el que vigilas todo lo que en verdad crees y, según tú, ha pasado por los filtros más altos que ha podido ponerle tu propia razón, en la que confías todo lo que es posible porque no encontraste otra cosa mejor.
Luego entiendes que esa explicación palidece si prestas atención monacal (o perversa, obsesiva, ninfómana, da igual) al objeto mismo, a sus movimientos, a sus manifestaciones y a lo cercano de él que percibes frecuentando su presencia, y sólo entonces es probable que estés capacitado para hablar sobre la verdad. Pues de este modo híbrido entre la estimulación y la razón es como se crean las versiones del mundo, las personalidades y los seres, las aficiones y los odios, y todo cuanto acontece según la condición humana, nos demos cuenta o no.
Aparentemente, de este modo el compromiso teórico de cualquier afirmación se pone severamente en entredicho, por las implicaciones inevitables de los factores subjetivos. Lo que sucede en realidad es que todo está impregnado de localidad, cada explicación debe hacerse según el contexto, de acuerdo con las características específicas de los individuos en cuestión. En este orden de las cosas no hay sinsentidos sino retratos incompletos o imprecisos, pues no hay universales más allá de un conjunto de individuos diferenciados, que no son más que algunos de los posibles resultados de las reglas de funcionamiento natural. Reglas accesibles a los hombres y expresables según constantes dentro de sistemas de variables, pero también difuminadas y achatadas por las interferencias naturales de la comunicación. Variables interpretadas según sistemas de fluidos, regulados según la química de la vida. Y así de sistema en sistema, de nivel en nivel, repitiendo la misma estructura, formando otro extremo del enorme fractal universal.
Esa es la (LA) verdad universal, la que se trafica en lo oscuro de la teología bajo nombres secretos y estrafalarios, la que prometen los filósofos impotentes, la que intuyen las matemáticas y la que puede visualizar la razón por sí misma frente al espejo del mundo, en el clímax de su locura y probablemente sin poder conservar más que un boceto, una fórmula o unos números, al fin una descripción fría y mortificante. Sin saberlo, por ella han vendido su alma algunos hombres, y lo seguirán haciendo los que se dejen convencer con facilidad por su orgullo y avaricia intelectual.
Así la lógica primigenia prevalecerá comandando tras las sombras y entre el silencio para la mayoría, pero de entre quienes la ven, la gran mayoría de esa minoría quedarán ciegos, incapaces de volver a ver otra cosa durante su corta existencia que no sea su especulación rebotando en la inmensidad de lecturas posibles de la inmensidad de variables involucradas en la explicación de la totalidad: resulta que quien en verdad eres permite que lo entiendas de mil formas distintas, según consideres la unidad de los cuerpos que lo conforman.
Para cada respuesta humana, siempre habrá cien formas alternativas igualmente razonables y probables para explicar el fenómeno en cuestión. Para cada palabra que pronuncie un iniciado, habrá una contraria totalmente válida que él mismo conocerá o debería conocer. Pero entre toda esa palabrería de sabios habrá oculto un latido, un gruñido animalesco, una estructura que florece.
Se trata ni más ni menos que de la esencia de las cosas, aquello que lo atraviesa todo, y es todo, desde la eternidad. La esencia de las cosas aquí, la esencia de las cosas allá. Esta esencia es compartida por todo lo existente y es realmente sencilla de comprender. Se trata de aquello natural e incuestionable que impulsa a todo lo que es a seguir siendo, a resistir a las fuerzas que constantemente lo ponen a prueba y lo desgastan. Una ciega voluntad, un decir sí. Para quienes son malos con las palabras, esta es la otra cara de la moneda que les resultará inconfundible y conocida, esta es la verdadera (y única) identidad. Sólo vayan a la naturaleza, observen cómo todas las criaturas buscan imponerse unas sobre otras, cómo todas las fuerzas se prueban.

Unas sobre otras, como una progresión, como una constante, como (otra vez) una expresión universal. Unas sobre otras como sólo puede ser posible en esta realidad. Unas sobre otras como las olas del mar, como los desatinos de tu vida amorosa, como los tornados en el desierto, como las responsabilidades sobre tus hombros, como tus pies encima de otros, etc.

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