Sería bueno que quienes quisimos hacer nuestro el oficio de escribir lo hiciéramos sin ser tan ignorantes, soberbios y parciales. No pido que lo sepamos todo, eso es imposible. Pido que estemos abiertos a todo, que podamos ser tan grandes como para no dejar fuera de nuestro entendimiento todas las experiencias que le son posibles a los humanos, de acuerdo a su condición.
Si bien ello debe entenderse como ideal regulativo, esa tarea que algunos bautizan como "ser empático" no debe fallarnos, y debe hacerse mínimamente con un rigor por encima del promedio y más allá de la moral o de la razón propias. Un hombre que no es capaz de comprender las circunstancias de sus semejantes con un buen nivel de profundidad, o por lo menos de hacer el esfuerzo, no podrá ir más allá de la vanidad, y por ende no podrá escribir nada verdaderamente valioso para otros. Bueno, tal vez exageré.
Quizá quien así proceda llegue a fundamentar algunas opiniones razonables, quizá llegue a ciertos paradigmas fríos y absurdos, o quizá se eleve por encima de la ignorancia y agudeza generales, pero no lo hará para los hombres palpables, no logrará llegar a ellos. Estará sólo, y quizás también loco. ¿Para quién escribimos sino para los hombres?
A quiénes queremos llegar sino a aquellos de carne y hueso, de problemas reales y visceras concretas. A esos igual de confundidos que nosotros, a los manojos de contradicción. Si no llegamos a ellos todo es pérdida o futuro incierto, de ahí que Nietzsche diga que algunos hombres nacen póstumos (de modo que también hay quienes no nacen ni nacerán nunca).
A estos hombres los entiende el futuro, y aunque en su época sean incapaces balbuceantes, son germen de porvenir. O de hecho son sólo incapaces balbuceantes. Eso, según es fama, lo decide la Historia. No lo creo.
El escritor debe entender que su labor está por encima de la temporalidad; el escritor se compromete para siempre con cada sentencia. Inscribe interioridades en la eternidad, buscando que donde sea que descanse su texto (que es donde descansan sus ideas, y por ende su ser) se garantice inmutabilidad. El escritor declara desde el presente, por encima del pasado y para ser voz futura. Es por esto que si el escritor quiere decir algo valioso, primero tiene que ser capaz de abrazar a la humanidad.
Ahora, todo texto expresa un punto de vista, da cuenta de un lugar y de cómo aparecen las cosas desde ahí. Esto es parcial por naturaleza y no debe evitarse. El talento máximo de un escritor es hacer esto con lujo de detalles y particularidades: retratar una posición irrepetible y que cualquiera pueda hacerla suya. Universalizar lo particular a través de lo particular mismo, por decirlo así. ¿Cómo es esto posible si el escritor no puede ponerse en los zapatos de cada una de las criaturas que desfilan por su mente? No es posible. ¿Cómo es posible si el escritor más bien pide a sus lectores que sean lo que no son, un público de alturas e intereses insospechados para la gran media? Tampoco es posible.
Por esto el escritor es algún tipo de recipiente, un crisol de identidades, un esquizofrénico. Y al mismo tiempo es una especie de superhumano, un hombre que debe albergar a muchos hombres y darles voz, un hombre que no se calla aunque lo que esté diciendo no le guste, porque está comprometido con el alumbramiento de su obra.
Pero sobre todo, el escritor esta comprometido con el alumbramiento de su sociedad, es decir, política y moralmente obligado a escribir para el presente y sus habitantes. De otro modo se posponen las reflexiones para una realidad que se nos escapa, para otros que no están... se abre innecesariamente la posibilidad de no nacer nunca si se apela a las promesas de trasmundos como en cualquier cosmovisión trascendente, y por ello reaccionaria.

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