¿Quién
dijo que hay una manera sana de amar? Acaso aquellos puritanos que se
llenan la boca y se vacían el pecho diciendo que el ser humano debe aspirar a
la felicidad completa e individualista que nos ofrece -ilusoriamente- la
configuración del mundo actual; este
mundo “otro”, moderno -y a veces también el posmoderno, cuyo mito fundacional
es la omnipotencia del individuo, y por tanto la objetivación de lo demás,
incluyendo a los demás individuos. De aquí provienen las censuras más patéticas a lo
total y caótico de la existencia, es decir, al hombre que deviene, con el otro, en el amor.
El amor es locura, es desenfreno
e insensatez. Pero este amor no es cualquier tipo de locura: es la manía por el
otro, es nuestro total reconocimiento en él mismo y viceversa, es la pérdida
del yo individual; en última instancia, es el reconocimiento genuino de que
somos completos sólo como parte de algo más grande que nuestro cuerpo y mente. Teniendo esto en cuenta,
habría que quebrar las nociones de deber ser acerca del amor, pues él se
desenvuelve de modo incomprensible para el concepto, está más allá de éste porque no se subordina a
la lógica de la identidad. Es puro y libre devenir entre amante y amado, es nosotros.
Es cultural -y por cultural entiendo aquí el egoísmo que nos inculca Occidente, impuesto por el contexto, que regresemos
momentáneamente a la cordura, a nuestra individualidad y a la racionalidad,
para hacer las veces de sujeto funcional y que la sociedad no se venga abajo; pero
vale preguntarse ¿no será esto lo desajustado?, ¿no es una paradoja haber
descubierto lo humano en el otro y tener que volver a uno mismo para que los otros
subsistan y para uno mismo subsistir como los otros… como lo otro, ajeno y cosificado? En tanto los otros subsistan como otros -y uno con ellos, sólo
agrandamos los abismos infernales que nos empequeñecen y beneficiamos al statu quo, que en esencia es una cruel ironía: al pretender preservarnos, sólo matamos lo humano que tenemos.
La consciencia siempre fluctúa y desea, sólo eso, el constante salir de sí, es natural. Amar como cristalización del salir de sí mismo, es decir, del deseo, es una de las formas de ser humanos.
Bien decía Freud que la cultura
nos aliena y nos reprime, nos frustra. Hubiéramos añadido que todavía más la
cultura del individuo, su teología: la modernidad y el capitalismo. Ésta sí es una
desafortunada patología, que además se oculta bajo la fachada de la sobriedad y la moral protestante del trabajo y la buena vida: a
tal modo coarta nuestra humanidad, nuestra naturaleza, que basada en ficciones
nos convence de la existencia de nuestra libertad. Y cuanto más convencidos,
más presos estamos, más nos encadenamos a sus paradigmas y a su sistema de dominación. Y no es casual que entonces
amemos menos.
El individuo es tan impotente en
soledad que ni siquiera existe como tal, somos antes un conglomerado de influencias; pretender lo contrario nos vuelve
autómatas y tiranos: ideológicamente despreciamos a los semejantes y además negamos lo común que obviamente nos conforma; así atomizados, no somos más que un producto. Vacíos e incompletos al interior, si nos
damos cuenta, seremos infelices, quizá hasta paranoicos. En este sentido, el amor es tan revolucionario como
necesario, por ser dignificador y restaurador de vínculos. Quiebra ideológicamente al sistema, nos compromete con algo más grande que nuestra estúpida existencia.
¿Nos es lícito condenar al amor
por su desvarío?: ¿nos es lícito condenar al místico por su vocación, su
llamado irrefrenable hacia Dios?, ¿es aceptable pensar que el artista desperdicia
su vida en las obras?, ¿condenaremos al loco por vivir el mundo de otro modo? ¿No suena todo esto más a una lógica del poder que disgrega, que aísla y que dicta arbitrariamente lo correcto -o como gusta nuestra época, lo sano?
Nosotros
creemos que algo esencial que comparten éstas manifestaciones de la diferencia es el impulso
erótico, el más intenso que alguien pudiese vivir alguna vez. Bien decía Bukowski "Find what you love and let it kill you". Y aquellos que
creen que es indigno que dicha obsesión haya sido provocada por otra persona,
en realidad no creen en el hombre: ahí está la misantropía hecha carne, ahí
están los puritanos que se conforman con su existencia castrada. Más aún, aquellos
que condenan cualquiera de las maneras amorosas, son más cobardes que humanos,
la sensatez los hizo mediocres y pusilánimes. ¿Por qué es más lícito condenar al
amor demente que el culto igualmente demente al yo? ¿Por qué morir consagrado al otro es peor que morir consagrado a sí mismo? Sólo a una época tan decadente como la nuestra se le pudo ocurrir algo así.
No es lícito condenar al amor demente, no al menos por la salud que predica este tiempo; él
tiene su origen en una experiencia que se da más allá de la racionalidad, una experiencia
fracturadora de lo racional, y por ello más allá del paradigma actual. En este sentido es mucho más real y empírica que
cualquier elucubración acerca de “los intereses del individuo”. Estos
intereses son ficciones, el amor es fáctico, es construcción de la voluntad, es la coherencia del ser en tanto que se nos revela como expansión.
¿Y qué derecho tengo yo a
proyectar mi ser en lo demás, y viceversa? Se pregunta todavía el escéptico. ¡Pero si es tan
evidente! El hombre no es otra cosa que lo que hace, hacer es unificarse con lo
dado, dar sentido es volverlo propio y volverse algo dentro del mundo. Tenemos no ya un derecho, sino un deber -que realmente no podemos eludir- en el otro y con el otro: el deber de ser. Deber
que se nos ha impuesto naturalmente, pues la vida misma lo incluye, y además
nos impulsa a ello. Y ahí radica el origen del amor, y por tanto su validez…
quizá hasta su verdad.
En cuanto a la elección del
depositario de nuestro amor, no se piense que es una elección azarosa porque
sucede bajo el claroscuro de la manía. Más bien constituye la máxima expresión
de la voluntad del individuo que se desata del pesado yugo de sí, es el deseo cristalizado del
ser por devenir en completud, y por ello en caos que escapa del orden de la razón, y que escapa de mi solo cuerpo. Quienes aman al mundo son
filósofos (no es gratuita la etimología), y quienes aman al otro, además son
felices. ¿Aparece por aquí la razón, esa que lo calcula todo? Felizmente, no.
Pero no estamos contra toda razón, sólo aquella que desea garantizarle al otro un paso ascético por este mundo, una experiencia ajena y objetivadora, donde sólo importa el sí mismo y todo es un cálculo para autoprotegerse. Esa razón medio muerta que no se atreve a vivir, esa razón de la que debe librarse la filosofía, y la época misma. ¿A qué sujeto lo suficientemente
cuerdo le importa ya la “salud mental” y otras fruslerías de la psicología
cuando ha visto el amor, cuando ha sido dentro de este proceso expansor? Es un absurdo ir en contra de los
impulsos ontológicos únicamente armados con estéril y arbitraria racionalidad;
por esto la batalla no se gana, por esto las sobrepobladas urbes, epítome de la organización moderna y de su progreso
material y cultural, estaban condenadas a la soledad -y con ello a la incompletud- desde su
origen.
El precio de no abrazar el caos es la indignidad, pero el precio de ser es abrazar el caos. Por ello, diremos con Nietzsche que el amor está más allá del bien y del mal: hay que aceptar este devenir en el otro, porque la propia destrucción de lo que somos, es decir de nuestros paradigmas, es ya nuestra propia superación, completud y felicidad. Hay que ser incondicionalmente en la locura erótica porque es la única manera de ser, libre.
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