1 sept 2012

Último comentario al proceso electoral 2012

Sería muy bueno deshacerse de un par de mitos en nuestro país. El primero es la igualdad democrática, que se traduce en pensar que cualquier persona mayor de 18 años "puede" votar. Esto es mentira, no todos están debidamente informados y por supuesto que no todas las opiniones valen lo mismo: unas son peores que otras y por muchas razones.

El segundo es el cortísimo recurso que nos impone la mirada maniquea que juzga que los malos son los que ejercen el poder, mediatizan con base en un fin ruin o legitiman a los idiotas y los buenos son "el pueblo". La realidad es que cada quien se mueve respecto a sus intereses, sean estos viles o no.

Se siguen de esto dos cosas: La primera (mi favorita) es que podemos considerar con toda verdad como inferior la opinión de quienes tengan en alta estima la persona de EPN, porque no se ha cansado de hacernos patente que resulta un ser repugnante, incapaz y deleznable. Eso sí, de los priístas NO podemos decir lo mismo, pues el criterio racional nos dicta que hay que limitarnos a hablar de lo que conocemos, y dicho Partido es de un tamaño tal que resulta imposible encasillar a la totalidad de sus militantes y simpatizantes en un juicio tan corto y lapidario.

La segunda es que debemos considerar que lo único realmente malo de estas elecciones ha sido permitir que 19 millones (más menos) de ciudadanos hayan considerado como su mejor opción a este pelmazo, y entre estos también contamos a los líderes del partido y quienes promovieron conductas lícitas o ilícitas en favor de esta causa, pues todas estas situaciones proceden de una sola problemática. Tales situaciones nos hacen sospechar del posible uso de esta persona como un parapeto para la consolidación de intereses más oscuros que involucran la disposición de recursos gubernamentales a manos llenas: si acaso esta es una jugada que pretende eliminar una presencia fuerte en el Ejecutivo.

Independientemente de ello, este hecho sólo evidencía, como hacía tiempo no se palpaba de manera tan trascendente, un defecto que compartimos todos como sociedad: nuestra pésima formación ética y educacional. Todavía se piensa en las cúpulas que la mejor forma de conducirse es teniendo en mente únicamente un sólo fin: la riqueza material individual. Y les tengo noticias, en el pueblo llano, esto no es diferente. De aquí que el voto sea intercambiable por diez mil pesos, un cargo público o tres kilos de frijoles, o que el político prostituya las labores que le hemos encomendado al mejor postor: NO existen, en ningún estrato social, las condiciones que nos permitan reflexionar con acierto sobre el infinito valor que constituye un compromiso social del tipo moral o político, como el voto o la toma de protesta en un cargo público, en esencia porque somos un pueblo ignorante.

En esta elección, la gran mayoría de quienes pensábamos diferente (y dejémonos aquí, por favor, de discusiones baladíes acerca de si fue acertado o no) depositamos nuestra confianza en AMLO, y según avalan las más diversas instituciones, desde la UNAM hasta el TEPJF, pasando por ONG's de todos orígenes, legalmente resultamos minoría. Esto puede discutirse o no, personalmente creo que no tiene caso porque ya hicimos ver que el verdadero problema es de orden distinto. Las cifras nos ilustrarán mejor:

Alrededor de 112 millones de personas habitan la república; de ellas, 75 millones podían votar; de estos alrededor de 50 millones votaron(contando sólo votos de las tres principales fuerzas políticas), y de ellos 15 para AMLO y 19 para Peña. Podemos ver entonces que ni Peña ni AMLO son portadores, en estricto sentido, de la voluntad general. Pero si juntamos a quienes no votaron con los que votaron por EPN, encontramos que cerca de 45 millones de personas consideran su mejor opción a este sujeto, o bien no les importa. Vemos de este modo, y no nos sorprende, que la consciencia sigue siendo minoría y la apatía mayoría, seguida muy de cerca por la coalición de la idiotez y el cinismo como segunda fuerza.

¿Así de qué diantres sirve ganar una silla? ¿De contrapeso o de primer paso? Si es así, ¿debe ser AMLO el primer paso? Es significativo que la opción que él representaba no solo fuera incapaz en campaña (no se necesitaba solamente ganar si es que en verdad se ganó, se necesitaba ganar indiscutiblemente) sino también en los tribunales, pues a pesar de la (presunta) abundancia de pruebas de los ilícitos cometidos por el adversario, no pudo articularse ningún recurso efectivo, ni siquiera apoyándose en los organismos nacionales e internacionales que vigilaron el proceso o en otros tribunales. Pudo hacerse más allí y menos en las calles: más litigio y más campaña, más trabajo y menos verborrea justificadora o señalatoria. En este sentido tenemos mucho que reprocharle al candidato y al movimiento, porque han defraudado nuestras esperanzas y desperdiciado nuestro apoyo: sabían a qué se enfrentaban y sus condiciones, y así se prometieron capaces de ganar, y sin embargo fueron incapaces.

No obstante quizá el (ex) candidato tenga razón en excusarse tras el argumento de que todo el sistema estaba en su contra. Eso es cierto a tal grado que incluso su propio Partido se vale de artimañas consideradas ilegales para asegurarse votos en territorios como el DF. En lo que no tiene razón es en fomentar el mito de que únicamente la cúpula tiene la culpa: este sí es un dogma de carácter populista que no hace más que fomentar la ignorancia y la indolencia general respecto a la responsabilidad propia, apostándole a agradar a los oídos del vulgo esperando obtener su legitimación. ¡Cuánta astucia!

Otra cifra ilustrativa a este asunto es la de percepción de la corrupción: de cero a diez, tres puntos; donde lo idóneo son diez, resulta bastante alta. Y de estos datos podemos ver que, si bien hay quienes se indignan (no deja de ser irónico que hasta genuinamente) en palabra, en acto solapan y conviven día a día en este estado de cosas. Como decía cierto profeta antiguo: quien esté libre de pecado, que lance la primera piedra.

Tristemente, nosotros los jóvenes habremos de pagar por todos estos errores de la generación que nos hereda esta "nación". Sin embargo, aunque somos los que debemos menos en todo esto, no estamos exentos de culpa: también somos en muchos sentidos una generación mediocre y enajenada que cotidianamente está conforme con eso. Tales hechos, a mi juicio, no pueden desestimarse o querer reivindicarse por la formación de un movimiento caótico, desenfrenado, desubicado y en general, nuevamente mediocre que lógicamente se ve superado por la fuerza de la costumbre, de las instituciones y del Estado mismo: no basta con las buenas intenciones.

Y me merece el apelativo de mediocre porque, entre otras cosas, el movimiento ha preferido la espontaneidad propia del carnaval, en vez de la planeación meticulosa que le requieren circunstancias como las nuestras a los actores políticos; a pesar de ser universitario, ha prevalecido en él una sensibilísima falta de aplicación de teoría política y sobre todo jurídica apostándole a ganar la batalla en las calles y con improvisada presión de cualquier tipo, todo ello para evitar comprometerse con principios que le generen estabilidad, eficacia y solidez política en detrimento de su número de integrantes, pretendiendo con esto la presuntamente fácil legitimación de la diversidad y la "demanda popular"; el que ellos siguen, como actor político, es un camino tan mediocre porque evita el conflicto y de manera utópica, como los niños que juegan, encaran una severa dificultad sin haber resuelto las propias, parecido a la liviandad del estudiante que no ha entregado su tarea, no pone atención a sus cursos y pretende obtener calificaciones aprobatorias.

Por esta falta de seriedad y preparación, que no puede atribuirse a la ignorancia sino más bien a la irresponsabilidad, porque en efecto son los individuos idóneos para hacer uso magistral de las herramienta humana más valiosa, a saber, el conocimiento, es por la que no nos merecen mayor estima: al final siguen siendo igual de indolentes que el pueblo que los vio nacer, ellos se sienten cómodos y heroicos, casi mártires, en las calles y de ahí no se moverán. No empujarán sus capacidades más allá ni intentarán algo distinto que los aleje del territorio que "conocen" (por ejemplo, un acercamiento o proyecto institucional o la expulsión de las alianzas o ideales que resultan un lastre), por miedo a perder su relevancia que, adelantamos, se irá disipando inevitablemente hasta que sea nula porque es precisamente por estas razones que son ampliamente superados por las circunstancias.

Por estas y otras consideraciones, cada vez me convenzo más de que nuestro avergonzante pueblo se merece este o cualquier otro gobierno de mierda y así dirigirse a su inevitable fracaso, al ocaso sin haber brillado. Eso, o bien despertar cuando ya todo haya sido saqueado por bandidos y ya no importe. La mediocridad nos está cobrando un alto precio por la comodidad que nos procura, nuestros intentos de pereza y enajenación resultaron ser como un escupitajo hacia el cielo. El costo de nuestras costumbres, nuestros mitos y nuestra comodidad individual esta vez fue la presidencia de EPN, con ella pagamos nuestras omisiones... ¿hasta dónde llegará la cuenta?, ¿hasta dónde aguantarán nuestra idiotez los recursos?

Feliz sexenio.

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