28 nov 2013

El día que volví a creer en joder al gobierno como fin en sí mismo

Soy Víctor Jiménez, hago esta relatoría de hechos por mi propia seguridad, esperando que pueda servir como prueba de mi inocencia en caso de ser necesario, y sabiendo que sirve como un testimonio más de todo lo sucedido en este proceso, que Dios sabe dónde vaya a terminar.

Dados los recientes conflictos en el país, es decir las reformas impopulares impulsadas desde el Ejecutivo y la creciente reacción en contra, he decidido asistir a la marcha más grande del país, aquí en la Ciudad capital, en calidad de espectador. Todo en busca de la información más directa posible, para tener el mejor y más justo de los criterios, apto para otorgar a ambas partes la correspondiente parte de culpa que les toca.

Tomé un camión que normalmente llegaría a Pino Suárez, sin embargo fue detenido antes de que San Antonio Abad se volviera 20 de Noviembre; antes de ese desnivel había un par de motos de la policía de tránsito con sus respectivos elementos desviando el tráfico hacia Eje Central. El pesero debía llegar a su base, vacío, y entonces todos los pasajeros empezamos a caminar sobre Izazaga, era más corto.

Al cruce con Fray Servando, sobre el desnivel, observamos que varios granaderos corrían bajo nosotros, en dirección al Eje 1. Teníamos un lugar privilegiado y sabíamos que algo iba a suceder, porque eran demasiados, unos 200 o 300 en ese momento. Los vimos seguir y apostarse sobre Fray Servando, como en una especie de maniobra de contención.

Otros curiosos estúpidos y yo seguíamos observando desde arriba, como si esa distancia constituyera una zona suficiente de seguridad; seguían llegando más y más granaderos. Se apostaron todos como una legión romana, pero con menos disciplina. Golpearon sus escudos contra el piso y gritaron al unísono, eran como guerreros... quizá más como bárbaros queriendo dar una impresión atemorizante. Corrieron y se formaron de nuevo.

Afortunadamente (creo), no iba solo, Gabriel y Delia me acompañaban ese día, el primero fue convencido por mi elocuencia (que no es mucha) y contagiado por mi interés (que sí era mucho); la segunda iba por invitación, y después se quedó por interés y quizá más por lealtad, lo cierto es que nunca supe exactamente qué hizo que no se fuera justo cuando vio las exageradas proporciones de lo que estaba a punto de suceder; ella evita todo lo que implique ponerse en riesgo a sí misma, y más por cosas así. Es una de esas convencidas del poder de la voluntad (y la comodidad) individual.

Gabriel y yo corrimos hacia un filo del desnivel para sentarnos y observar mejor lo que estaba pasando, teníamos entendido que la Coordinadora había organizado una marcha enorme hacia los Pinos, porque tuvieron que cambiar la agenda de última hora. Los líderes seccionales se habían enterado que habría una gran cantidad de elementos de policía resguardando la Cámara, por lo que era más efectivo acudir a los Pinos, donde también había actividad; más tarde sabríamos que la transformación de la Cámara en un búnker se debía a que ese día se votaría la reforma educativa. Hasta el día de hoy no sabemos exactamente la relación causal de esto, es decir si estaba planeado votar la reforma ese día (nada lo indicaba así), o si la vigilancia había sido tan efectiva que era conveniente dar ese paso; no obstante los hechos fueron que la Coordinadora quedó dividida y a merced de dos flancos.

Por esto nos parecía raro y excesivo el movimiento de los elementos que veíamos, pero todo se tornó más comprensible cuando a través de redes sociales pude leer que los 132 sí se dirigían hacia la Cámara; más tarde, haciendo seguimiento pude averiguar que también "una sección del campamento" de la Coordinadora los acompañaba. En eso, alcé la cara y escuche un ruido, un eco en el puente de gritos al unísono.

Era la vanguardia de la marcha, encarando a la primera línea de policías. Ellos sólo retrocedían hacia sus compañeros, que formaban cerca de 15 o 20 líneas. Fue inútil, la marcha era enorme, y entonces entendimos las proporciones de la seguridad.

Conté alrededor de 7 u 8 minutos, quizás 10, y la marcha no se terminaba, numerosos contingentes (la mayoría de la Coordinadora) seguían atravesando el desnivel. Cada contingente, de algunos cientos de personas, tal vez mil o más, era dirigido por una camioneta con altavoces. La marcha era feroz, el grito era enérgico, uniforme y auténtico. La emoción de estar allí, observando al pueblo tomar lo que es suyo, su país, es indescriptible. Uno se deja llevar por lo que parece la revolución. Era bellísimo, ante la aplastante mayoría, los granaderos retrocedían impotentes, era como si el peso de la justicia finalmente le hiciera notar a la maldad lo pequeña que era (perdóneme por la ocasión, lector, las vulgares dicotomías). Era inevitable no ser feliz y contagiarse de esa muestra sincera de odio por nuestro gobierno, ese que da asco.

Nos cansamos de esperar y temimos quedar demasiado atrás en la marcha, entonces decidimos que era buen momento para integrarnos, yo revisé el GPS de mi teléfono y observé que lo más probable era que el contingente decidiera entroncar con Eje 1 y doblar a la izquierda para seguir hasta el Congreso. Eso veía mientras corríamos para alcanzar a la vanguardia y para no quedarnos muy atrás (aunque seguían saliendo contingentes, yo conté al menos 5 camionetas con sus respectivos miles de personas, más estudiantes, más anarquistas, más agremiados de otros colectivos, etc.). Gabriel y yo pensábamos que si llegaba la acción, estaría en la vanguardia, que ya había logrado hacer retroceder a los gorilas azules. Mientras corríamos, Delia me preguntaba cosas acerca de la situación política y de por qué estábamos ahí y no comiendo en algún buen restaurante. Fui paciente y expliqué lo mejor que pude, intenté exponer mis convicciones, y de paso las de los compañeros, de un modo que fuera fácil para empatizar. Quizás dio resultado.

Caminamos y caminamos, la gente no se terminaba. Nos percatamos entonces del abrasador Sol y de la gracia de tener algunos árboles que dieran sombra. Había algunos vendedores de aguas y refrescos, paseándose en sus bicicletas como si aquello fuese un carnaval, no los culpo. Negocios son negocios y hambre es hambre.

La marcha era tan grande que una vez más nos desesperamos y giramos en el eje paralelo antes del nuestro (donde se encuentra la Merced), decidí que era buena idea adelantar camino por allí para alcanzar a la vanguardia después de que giraran, o incluso llegar antes al Congreso y conseguir una buena vista para observar todo lo que sucedería. Fue una de las decisiones más idiotas que tomé ese día, y nadie se opuso. Era idiota porque para cualquiera que hubiera estado en un evento de esas características, era obvio que cerrarían los otros accesos al edificio. Así fue.

Dimos vuelta a la Merced en vano, intentamos entrar por una calle aledaña y evidentemente fracasamos. Había vallas metálicas de tres metros y camiones de la policía haciendo barricadas que impedían el paso por cualquier flanco. En verdad era un cuartel, la imagen de otro golpe dictatorial a la democracia. Nos perdimos, yo iba bastante nervioso porque era un lugar poco agradable. El olor era siempre fuerte y avinagrado. Las personas siempre trabajando, en lo cotidiano, como si a escasas cuadras no estuvieran miles de paisanos encabronados y desesperados por conservar sus empleos y las pocas garantías que habían logrado ganarse con justicia. Algunos comerciantes y aledaños me parecían hostiles, de hecho la cultura barrial de ciertos puntos de la Ciudad capital es famosa por ser hostil con los extraños desorientados y confianzudos. Por eso yo iba nervioso, alerta y listo para actuar con cualquier reflejo que pudiera favorecerme frente a un ataque.

Gabriel platicaba con Delia atrás (para calmarla, o para evitar que se alterara supongo) mientras me seguían, por momentos notaba que bromeaban acerca de mi persona, lo que me parecía excelente porque mantenía las cosas en un tono jovial, controlado y tranquilo que a su vez nos mantenía dentro de los límites de la cordura a pesar de estar perdidos y en (pensábamos prejuiciosamente) flagrante peligro. En algún punto, después de haber pasado por diversos puestos ambulantes de ropa, comida y otras muchas cosas, prostíbulos clandestinos y callejones destinados al almacenamiento de materias primas legales e ilegales, decidimos volver.

De regreso, vimos a un contingente de policías, unos 25, armados y sin equipo antimotines. Vimos que tenían la intención de emprender desde aquel rincón hacia la marcha, y, paradójicamente, allí creo que todos nos sentimos seguros: es casi universal, cuando eres un habitante urbano, que si estás en un lugar desconocido y que juzgas poco seguro, ver un policía te hace sentir automáticamente protegido (no importa lo corruptos que sean). El alivio nos cayó de maravilla, si nuestro primer plan había fallado, el regreso era perfecto porque iríamos escoltados, al menos hasta la avenida que nos parecía un tanto más segura por encontrarse también vigilada y cerrada al tránsito no local.

Habiendo completado la salida de aquellos callejones, nos dispusimos a regresar lo andado y volver a la gran columna de la marcha, esperando no haber perdido demasiado terreno, Gabriel y yo queríamos observar a la vanguardia y la confrontación. Nos incorporamos al contingente, que parecía haber disminuido su velocidad, nos preguntábamos por qué lo habíamos alcanzado, parecía no haberse movido. No se había movido.

Más tarde, cuando llegamos hasta el frente de los contingentes, supimos las razones que hicieron posible que los alcanzáramos a pesar de la media hora perdida. Justo al frente, antes de que comenzara la avenida Congreso, estaban apostadas la mayor cantidad de fuerzas policiales que yo haya visto nunca en cualquier otra marcha.

Los elementos que vimos con anterioridad en el desnivel habían formado dos unidades, una de ellas había hecho un círculo a la izquierda de la enorme columna de la marcha. Estaban rodeando a los anarquistas, que habían sido entregados por las propias filas magisteriales. La otra unidad se unió a más o menos la misma cantidad de elementos capitalinos apostados delante de las vallas de contención. Tras ellos, había policía montada y al parecer algunos vehículos. Tras las vallas había más o menos la misma cantidad de federales; tras ellos podían verse un par de camiones de la policía local haciendo una barricada; si aún pareciese poco, tras ellos había otro nutrido contingente de federales con algunas patrullas; inmediatamente después, elementos federales de inteligencia que tenían a su control los drones/helicópteros que monitoreaban la marcha desde el aire. Finalmente, detrás de todo aquel brutal aparato, como la joya de la corona, unas tanquetas de agua de la policía federal, listas para arremeter contra cualquier intento por llegar al palacio legislativo.

Por esto las cosas estaban tensas, este fue uno de los momentos más álgidos de aquel día. Los líderes de sección hicieron un rápido balance y decidieron (sabiamente, me parece) que sería imposible continuar sin un costo para el que no estaban preparados. Pienso que quizás fue una decisión difícil, en aquel momento no hubiera sido extraño dejarse llevar por las emociones: a pesar del número de elementos de seguridad, no parecía que estuviéramos realmente en desventaja, más bien, nadie saldría limpio si había confrontación. Y eso hubiese sido bastante revolucionario y un gran primer paso para cimbrar los pilares del statu quo; o hubiese sido bastante irresponsable, como parecen haber juzgado finalmente.

Justo en el momento que se anunciaba que la Coordinadora sólo haría un meeting en su ubicación actual, precisaría unos puntos e intentaría volver al zócalo, la policía capitalina implementaba técnicas de control de masas, habían encapsulado al enorme contingente que ahora se desperdigaba por la inacción: relativamente pocos de sus elementos marchaban por atrás de la marcha para que nadie pudiese retroceder y estaban logrando comprimirnos, como si fuésemos ganado. Para este momento ya había ciertos gritos que reflejaban caos y angustia entre nuestras filas.

"¡No te salgas!", "si te vas a ir, no te vayas sola, sigue a los demás"... "¡no!, no podemos irnos, no podemos dejar a los compañeros solos, nosotros ya habíamos votado quedarnos". Y es que ser acorralado (aunque sea por una ridícula fila de panzones embotados en trajes de plástico, que con el poder de la misma masa hubiesen retrocedido sin remedio) no es una sensación agradable, y la policía sabe que esta técnica es útil para dispersar y aligerar la marcha, porque causa desunión y desesperación entre los inconformes.

Mientras esto sucedía, los tres fuimos a ver cómo seguían marchando los elementos que ya nos rodeaban, para este momento muchos integrantes parecían haberse retirado: había huecos en la calle que otrora hubiera sido imposible observar. Y entonces escuchamos una explosión y vimos correr a una parte de la marcha hacia nosotros, la explosión provenía de donde tenían encapsulados a los anarquistas. Por seguridad de Delia (la excusa que nos dábamos), decidimos acercarnos cautelosa y lentamente. La verdad es que todos los presentes teníamos miedo.

Es más, por aquel momento recuerdo que pensé, "vaya lugar peligroso donde estamos". El ambiente general era tenso y frágil, se podía sentir que a la menor provocación de cualquier bando, las cosas podrían salirse de control y estallaría el caos. No habría  piedad. Me preocupaban mis amigos que, pensaba, no sabrían lidiar con algo de esta magnitud, quizás ni siquiera yo mismo sabía.

Los anarquistas no ayudaban a preservar la calma que la mayoría en ambos bandos consideraba prudente (¡vayan a saber ustedes si esto ayudaba a la lucha!). Por esto fueron entregados y por esto había conflictos, ellos querían salir del cerco policiaco. Cabe aclarar ahora, que días después supe que habían sido ellos quienes a la altura del Caballito de Reforma, habían logrado abrir (violentamente claro) un cerco policiaco similar al que ahora contenía a la marcha, para que todos pudiesen avanzar, cosa nada fácil y de un mérito y valor considerables, porque la orden era frenar a la masa allí mismo, y las fuerzas estatales lo tenían hecho.

Una vez más nos acercábamos a la vanguardia para ver cómo iba todo, y en eso vimos una ambulancia pasar hasta donde había ocurrido la explosión, iba escoltada por un par de motocicletas de la policía de tránsito. Estas motos normalmente se dedicaban a patrullar toda la calle involucrada. La ambulancia volvió, era del ERUM, y supusimos que llevaba a algún policía. Se escucharon algunas confrontaciones más, todas ellas menores y ya no llamaron nuestra atención, era como si la masa misma hubiera decidido que no reaccionar ante estos sucesos era lo más seguro para todos en vista del desorden reinante (¿será el mismo pensamiento el que rige en todo el país?); el meeting continuaba y ahora era turno de las organizaciones políticas externas para manifestar su apoyo a través de unas palabras.

En redes sociales podían leerse las notas sobre los enfrentamientos, la cantidad de policías y la decisión de la Coordinadora de volver pronto al zócalo. Llegando a la vanguardia, donde se encontraba la camioneta que encabezaba el primer cuadro de la marcha, pude ver a Silvia haciendo apología de otras causas y de la organización política en la que milita. Más tarde publicarían sus fotografías, de las cuales una se hizo particularmente famosa: ella gritando mientras la nariz y la boca le sangraban aparatosamente. El drama y la autenticidad del momento fueron perfectamente captados, esa foto sería un gran retrato de la marcha de aquel día. Así como gritaba en aquella foto, convencida y animosa, encendida, así la vi tras el megáfono de la camioneta; y así, vapuleada, salía aquel día la juventud popular. Y así también la vimos después, ser abusada por el Estado y los agentes, pero sin perder jamás esa llama.

-Ella va conmigo al seminario de comunismo.- Le dije a Gabriel.

Pasó un rato mientras las agrupaciones terminaban de pronunciarse, a manera de cierre del evento (cosa rara, como si la retirada o la respectiva llegada al zócalo estuvieran fuera de la lucha de aquel día, como si fuera seguro emprender así). Los tres decidimos que sería buen momento para descansar y nos sentamos en la banqueta; todo lo que nos rodeaba ya había mermado nuestra condición, el estrés era patente y también era verdad que habíamos caminado una distancia considerable. Yo tenía algo de sed y fui con uno de aquellos refresqueros a comprar agua mineral. Fue una sabia decisión.

De regreso hacia la banqueta, me encontré a un compañero más, era Ángel, un futuro abogado (y filósofo, espero) muy comprometido con la causa comunista. Estaba sólo, me imaginé que se disponía a retirarse y que su presencia se explicaba por el apoyo que estaría brindando a algún grupo político. Se le veía nervioso y activo.

-No te vayas solo.- Me espetó como consejo (era un buen consejo, irse sólo de estos eventos jamás es buena idea). Lo agradecí mucho porque supe que se preocupaba por mí. Cosa rara, pensé, pues no éramos muy cercanos. Seguramente algo tenía que ver con la euforia que ya había desatado la propia gente, por alguna razón todos estábamos unidos en esta empresa, y más tarde lo comprobaría.

Una vez terminados los formalismos y menesteres políticos, la marcha emprendió con intenciones de volver sobre Fray Servando hasta Pino Suárez para entrar al zócalo. La policía no lo permitió. Si no mal recuerdo, el contingente tomó Roldán hasta San Pablo, para, entonces sí, dar vuelta en Pino Suárez y girar en Carranza hacia la izquierda, y de ese modo entrar al cuadro mayor desde todas las calles posibles, de tal modo que fuese ágil. Nosotros estábamos una calle atrás y decidimos alcanzar a la marcha en San Pablo. Caminamos sobre una calle paralela a Roldán y pasamos justo frente a una estación de policía, y entonces sí sentí miedo de los cuerpos de seguridad.

Sobre San Pablo, al parecer íbamos dentro del contingente de la sección de Tlaxcala, o de Ocotepec,  Oaxaca, no recuerdo. Todo iba relativamente tranquilo y se sentía que de algún modo lo peor había terminado. El calor era tremendo y agotador, nuevamente nos percatamos de la brutalidad del sol. Yo decidí usar mi suéter como una protección para mi cabeza. Gabriel me siguió. Esta caminata fue bastante tranquila, al punto de que sólo entonces nos permitimos planear qué haríamos después de llegar al zócalo, o dónde nos desviaríamos para comer y discutir sobre lo visto, su contexto y sus repercusiones. Gabriel y yo queríamos ser testigos de más confrontaciones, o "cerciorarnos de que todo terminara sin más impacto", pues hasta entonces todo había parecido demasiado ordenado y pacífico, cosa que no estimábamos acorde a los ánimos que habíamos visto encendidos en la gente.

Llegando a 20 de Noviembre, sobre Venustiano Carranza, la marcha se dividió, una parte continuó hasta la siguiente calle para entrar por todos los lugares posibles y hacerlo con rapidez. Yo aún tenía mi suéter rojo en la cabeza y Gabriel el suyo, color negro. Pero no fue hasta que, mientras yo seguía a los compañeros que entraban por 20 de noviembre, un policía me dijo -Oye tú, ¿de dónde eres?-, que yo pensé "¡carajo!, los anarquistas están encapuchados, y ante cualquiera, la similitud de ello y el suéter escandalosa y combativamente rojo sobre mi cabeza era demasiado para ser casual; lo mismo para Gabriel y su desafortunada prenda negra". Y luego, casi de inmediato pensé. "¡Qué desafortunada pregunta, no hay respuesta correcta!".

El hombre se dirigió a mí únicamente, mis amigos parecían estar fuera de aquel asunto. Luego dijo:

-¡Ustedes tres, sus credenciales!

Mis amigos estaban dispuestos a colaborar, porque no conocían a la policía de la capital en esta faceta, ni habían tratado con cualquiera que deseara comprometerlos legalmente. Por lo que a mí respecta, debo revelarles ahora a todos los lectores lo siguiente, a fin de que no caigan en esa costosa ingenuidad: ellos no tienen poder sobre ti, mientras no sepan quién eres y mientras no tengan manera física de obligarte a cumplir sus demandas. Afortunadamente yo lo sabía y dije, nervioso y sin mucha elocuencia.

-No, ¿por qué?

Aceleré, el paso, Gabriel y Delia no me siguieron, pensaban que era peligroso hacerlo (y lo era, pero no tanto como quedarse) y confiaban en que no debían: aquí erraba su diagnóstico. Entonces el policía que me había gritado que me identificara se acercó hasta mí y estiró el brazo para agarrarme, yo troté un par de pasos y no lo logró. Vi su cara un par de segundos, vi cómo se dilataban sus ojos y su boca articulaba el grito que sellaba mi suerte mientras volteaba a ver a sus compañeros.

-¡Agárrenlo! - Gritó con todas sus fuerzas mientras arrancaba la persecución. Entonces yo supe que no había marcha atrás y corrí todo lo que pude. Pensaba "mi amiga Patricia (hija de un alto rango del ejército) me ha dicho que no debería correr si una autoridad está en guardia, porque sólo los que tienen algo que ocultar corren". Y me decía "¡mierda!, no hay vuelta atrás, en verdad no la hay, si no lo logras te golpearán e irás a la cárcel, como una estadística más del día, como una comisión más para los granaderos".

Corrí gritando como una chica, con la voz quebrada y llena de pánico -¡Auxilio, me quieren agarrar!- Y entonces casi mágicamente (porque de verdad no sé cómo explicar ese grado de coordinación) las filas se abrían para que yo pasara por el medio e inmediatamente se cerraban para que los policías tardaran más en su recorrido. Gabriel, que vio todo sin necesidad de correr, me informó después que 6 uniformados me perseguían como si no hubiese un mañana.

Yo sólo pude ver un par, cuando, en alguno de esos segundos, me detuve un instante (o la mitad de un instante) para no aplastar a una señora mientras cruzaba por debajo de un cable que aparentemente sostenía una tienda de campaña apostada casi en la esquina del circuito que rodea la Plaza y 20 de Noviembre. Logré pasar entre la señora y el cable, y al mismo tiempo voltear porque creí que habían dejado de seguirme. Vi la realidad tan crítica y seguí, ¡tenía un policía a escasos dos o tres pasos de mí!, pasé sobre un puesto de artesanías y aplasté algunas. Confieso, sin ninguna relevancia para ustedes, pero mucha para mí, que todavía me siento mal por haber destrozado algo del sustento de aquella artesana; en mi defensa puedo decir que era estrictamente necesario y que si hubiese habido oportunidad de explicarle, ella sin duda consentiría que mi libertad valía algunos pesos que se perdieron en mi pisada maestra. Yo sabía (o más bien tenía la esperanza) que llegando a la gran carpa, ninguno de esos hijos de puta se atrevería a seguirme para detenerme. Estaba en lo cierto.

Parece ser que ése fue el obstáculo ineludible de aquel escape. Después de pasar por donde no se podía, llegué al enorme campamento de la Coordinadora, justo bajo la enorme lona que tenía de largo una distancia cercana a la que abarca la plancha. Mi corazón latía desbocado, y una grandísima alegría me invadió cuando pude voltear hacia atrás y no había nadie siguiéndome. ¡Lo había logrado!, no estaba preso ni me estaban golpeando, con más suerte de la que merecía burlé a las fuerzas estatales. Me tiré en la improvisada cama de algún colega, nadie en el campamento pareció alarmarse con mi presencia u oponerse a ella. Pude respirar y en verdad me sentí feliz de no verme limitado ni maltratado (o no con ese grado propio para los detenidos). La libertad, aunque sea en nuestra maltrecha sociedad, sabe muy bien.

Eso y más pasaba por mi mente, yo trataba de calmarme porque mi corazón latía con mucha fuerza y apenas podía creer que se hubieran rendido en algún punto del camino sin alcanzarme. Recuerdo que también pensaba que yo hubiera corrido hasta donde pudiera por escapar, si me iban a agarrar quería que les costara más trabajo que nunca. Me sentí heroico; pero mi creciente narcisismo se vio interrumpido por un pensamiento altruista. ¡Mis amigos! ¿Los habrán detenido? No tenía la menor idea de qué podría haberles pasado. Pensé que en cuanto fuera seguro salir, les hablaría y buscaría.

De pronto, un sonido familiar salió de mi pierna. Era mi teléfono, contesté y del otro lado era Gabriel. Se escuchaba realmente preocupado (una vez más agradecí que también mis amigos fueran muy leales). -Me los chingué, me les pelé.- Le dije, tomando aire.

-Pinche Víctor, creí que te estaba golpeando uno que se agachó.
-Seguro que lo hubieran hecho, ¡pinches puercos!... Bueno, ahorita hablamos, ¿dónde andan? Yo llegué al campamento y estoy dentro de una de las carpas grandes. ¿¡Ustedes!?
-Ahorita te vemos, nosotros estamos entrando.
-Sale.

Sentí mucho alivio y todavía no concebía cómo es que había salido todo tan bien. Pasó otro momento, no aparecían pero pensé que ya sólo era cuestión de tiempo. Llamé a Delia. También se escuchaba preocupada y aliviada, como una madre que sabe que su hijo ha hecho algo tremendamente estúpido pero que ahora se encuentra fuera de peligro. Lo primero que hizo fue preguntarme si estaba bien y acto seguido reclamarme mi imprudencia. Yo argüí, por las razones que ya comentaba, que fue lo más prudente en todo caso. Después de unos minutos de búsqueda, nos encontramos en la carpa donde estaba. Para llegar había que pasar otra sección de tiendas mucho más pequeña, en la cual minutos antes yo creía que todavía me seguían.

Me abrazaron y yo respondí, como cuando se recibe a alguien que regresa de un largo viaje. La alegría se notaba. Un espectador (que quizás vigilaba el campamento) me interpeló mientras salía a hacer algo, se le veía ocupado:

-Te les pelaste, mano.
-¡Sí!-, dije con auténtica satisfacción y aun hiperventilando.
-Qué bueno, algunos compañeros obstruyeron a los policías, ¡qué suerte eh!

Gabriel continuó la plática sobre este punto y me aseguró que él vio a uno agachándose y pensó que estarían sometiéndome en el piso, pero que ahora todo tenía sentido. Los compañeros se habían cerrado después de mi paso y habían jalado y hecho tropezar a las fuerzas del orden. Yo pregunté por qué ellos no habían corrido y por qué seguían libres. Me indicaron que después de aquel grito de "¡Agárrenlo!", nadie más que yo fue el centro de atención, y ellos ya ni siquiera tuvieron necesidad de identificarse. Me contó también que todos volvieron a su guardia desilusionados y desencajados, algunos maldiciendo. Yo no cabía de júbilo, y ese júbilo fue interrumpido una vez más por sus reclamos. Ambos estaban convencidos de que yo había sido muy imprudente.

Mientras discutíamos aquello y yo les exponía las razones básicas de por qué no hay que confiar en un policía en aquella situación, o mejor dicho, por qué sólo son confiables en contadas ocasiones, resolvimos ir a comer al local que era propiedad de quien se decía inventor de las tortas.

Expuse calmadamente que las fuerzas del orden tienen la obligación de reprimir, ser brutales y hacer detenciones ejemplares para desmotivar la manifestación de aquellos que pudieran estar inconformes con el Estado. Expuse también que no había que ser un genio para saber que las detenciones son arbitrarias y se dan en contextos rápidos, donde los detenidos están desorientados y son obligados en segundos a ceder a las demandas de los uniformados; esto por la sencilla razón de que, una vez más, en estos eventos importan las cifras (casi seguro que también les dan algún bono por detención) y el espectáculo: entre más brutal y más detenidos, mejor se da el mensaje y (algunos) más disfrutan las detenciones. También hablé de nuestra posible identificación como anarquistas, por los suéteres que nos habíamos colocado en la cabeza. Y por último les hice notar que a la interpelación de aquel elemento no había respuesta correcta: ¿de dónde éramos?, era una pregunta que requería que nos frenáramos y fuéramos vulnerables ante sus otros 15 compañeros (mínimo), sin tener en cuenta que si no éramos parte del magisterio, automáticamente éramos sospechosos; y el magisterio era reticente a abrir sus filas (cosa patente con los anarquistas, ¡hacía apenas unos minutos!), por lo que si nos identificábamos como maestros, corríamos el riesgo de ser entregados, y si nos identificábamos como cualquier otra cosa (y más como estudiantes), seríamos detenidos al instante.

Parecí haberlos convencido con aquello, a pesar de haberme trabado un poco mientras lo decía, ello porque no dejaba de experimentar cierta paranoia después de aquel suceso: sentía que cada policía que nos veía me reconocería y me pediría detenerme. Ahora, yo no tenía más fuerzas para huir, y además ya no era necesario, mi contexto (creía) apuntaba más a mi inocencia que a mi culpa: ya con los suéteres abajo, ninguno de nosotros tenía pinta de "revoltoso", caminábamos sobre Madero como cualquiera y nos veíamos tranquilos, por azares del destino nos desviamos, y al llegar a Eje central, constatamos que habían cerrado Madero a esa altura, con más vallas metálicas. Fuera la calle que fuera, yo sentía muchas miradas de los elementos aún, afortunadamente no hubo más altercados hasta el restaurante.

Mientras tanto, yo seguía al pendiente de las noticias en redes sociales, los últimos y más confiables reportes informaban sobre las detenciones arbitrarias que habían comenzado desde que la marcha se dirigía al zócalo de regreso. Los puercos aprovecharon la entrada segmentada del contingente por las calles que rodean la plaza para tener dando vueltas a buena parte de los manifestantes, haciendo pesquisas como la que intentaron contra nosotros. Ese día no se detuvieron maestros, incluso creo que se detuvieron sólo estudiantes, entre ellos Silvia, en cuya detención se realizó la famosa foto.

Informaban también de intervenciones a las estaciones e incluso a los trenes del metro, con tal de capturar "sospechosos". Para ser "sospechoso" sólo se requería pinta de universitario, pues ya en el metro no había manera de comprobar absolutamente ninguna participación. Con toda esta información, no nos costó trabajo formular la teoría de que, una vez que la marcha logró debilitarse (después del meeting), la policía (o el alto mando, el gobierno) decidió fragmentarla y tenerla dando vueltas por las calles aledañas a la plaza, filtrando maestros y "sospechosos"; creemos también que en la táctica usaron una especie de anillo por las calles, para no dejar pasar a nadie más: era como una especie de corral para desmoralizar y desintegrar mientras daban vueltas, hacerlos sentir perseguidos y ante el menor intento de salirse del lugar o entrar al zócalo (es decir, de ponerse a salvo), hacer uso de la fuerza.

Hubo lujo de violencia y tortura; múltiples videos, fotografías, documentos y procesos legales constatan todo esto. Todavía hoy se encuentran detenidos algunos que, a juicio de la autoridad y a pesar de numerosas pruebas, no lograron "acreditar su inocencia"....Ese pinche gobierno cabrón.

En cuanto a nosotros, comimos deliciosamente y volvimos a casa. Yo jamás había valorado tanto la libertad, pero precisamente por eso, estoy seguro que volveré a participar en esto muy pronto, porque no voy a dejar ganar al opresor así: una cosa es que las marchas estén, por lo general, condenadas a la irrelevancia, y otra es que una camarilla de mafiosos fascistas pretendan que tirándole sus perros al pueblo se vuelven intocables y capaces de desmantelar el país para beneficio de sus sucios bolsillos. Si nos metieron al chiquero, por lo menos limpios no van a salir; y si el único descanso que tengo es gritarles lo que valen para mí, y manifestarles mi opinión sobre su desempeño, no me voy a callar. Y si en una de todas esas ocasiones, casi por pura probabilidad, logramos hacer que se tambaleen y nos teman, o algo más, todo fracaso habrá valido las pérdidas.

12 nov 2013

Ustedes ganan


Estos sí que han sido días oscuros.
¿Años?
Quién sabe...
Estos sí que han sido momentos horribles.

No ha pasado nada trágico,
es sólo una desilusión por aquello que habla,
un desencanto en términos totales,
que se vuelve cotidiano.

Que se bebe mi café,
se fuma mis cigarrillos
y me deshilacha desde dentro con paciencia.

No creo que valga la pena andar por ahí
queriendo cambiar las cosas
y queriendo ser mejor.

Un saco de mierda haría mejor este trabajo.
"Renuncio como filósofo",
gritaré
y una vez más, nadie escuchará.

Me consuela, que a ustedes no les queda mucho.
Sólo espero subsistir para verlos
agonizar.
Gritaré
"¡Venganza!"
y todos pensarán
que me volví loco.

Seré ese eco sordo de la podredumbre urbana
que día a día ignoran los aludidos,
una voz entre miles,
un hijo del tiempo.

Un vagabundo que pudo haber sido
el siguiente Mesías.

A los viles sufrientes

Quisiera condenar a todos los sufrientes
porque los estimo vergüenza de la Vida,
pero (afortunadamente) no soy juez.
Todos somos libres,
o eso dicen los maestros.

Quisiera poder emanar mis verdades
como el Sol hace con su luz,
como las cascadas cristalinas y refrescantes
se me antoja que los hombres saboreen estas aguas;
pero hasta el amor del Astro frena al tocar la copa de los árboles
y la cascada encuentra cauce que no conviene desviar.
¡Santo el Sol de infinita luz, santas las aguas de implacable arrastre,
que aún poseyendo tan magno poder se ciñen al mundo!

Dar(se como) lo más grande jamás ha sido fácil,
aquello que sobreabunda,
resulta un atributo que pocos elegidos pueden recibir,
un bien que pocos medios pueden reiterar.
Es preciso crecer montaña entre los valles
y atalaya entre los pueblos.
Porque lo semejante atrae a lo semejante,
o eso dicen los maestros.

Por eso para algunos (viles) soy más bien un halcón,
que en su divina soledad ha tomado secreto rumbo y encontrado paz:
de vez en cuando me disparo hacia la pradera
para volver a las alturas con un ratón sobajado por mis garras,
lo despedazo al vuelo, bebo su sangre tibia,
finalmente trago su espíritu como última compasión.
Así es mi compromiso, según mi alianza y mi consagración.
¡Santo se me antoja el deber de los halcones!

A quienes me muestro como hombre,
soy de esos que parecen verdugos de pesadilla,
mi forma presenta un espectro vigilante, errante...
omnipresente (la esquizofrenia);
el Insondable, el Terrible y el Potente se me ha querido llamar.
Siempre estoy acechante,
tras (en, a través de...) un reflejo,
en la inmensidad de las pupilas del observador
o en medio de profundos signos de interrogación.
(¡Mírame!)
Otros me llaman con razón el Tabú,
me confunden con cierto Príncipe Oscuro,
pero en verdad que no soy más de lo que necesitan
ante la hora más larga, ante la hora más violenta.
Porque soy infinita luz e implacable arrastre,
y aún poseyendo tan magno poder me ciño al mundo.

A veces incluso soy las mentiras que nos susurramos
a nosotros mismos,
el sigiloso coraje o el estruendoso odio de los que se suicidan
y las traiciones más rastreras, pútridas y obscenas;
unas veces más soy el piso que se mueve mientras estén borrachos,
y otras soy unas cuantas voluntades quebradas por el azar;
la noche siempre es más negra antes del amanecer,
o eso dicen los maestros.

Porque la crueldad es hermosa
cuando la sufre aquel de ojos altivos y mirada sublime,
la desgracia prueba mejor que nada
lo lejos que han de llegar los de marcha perseverante.

Quien sabe verse en mí,
será su propio halcón,
entenderá que los ratones sólo son alimento.
Comprenderá (el amor) en torno a existir
no dirá palabra alguna;
empero será la copa de los árboles,
el cauce de las cascadas y los ríos,
crecerá montaña entre los valles
y atalaya entre los pueblos:

En su divina soledad, tomará secreto rumbo y encontrará paz;
volará a través de un viento tan frío
que todo lo profano en él sucumbirá.
Se disparará hacia la pradera
para volver a las alturas con el miedo sobajado por sus garras,
lo despedazará al vuelo, beberá su sangre tibia,
finalmente tragará su espíritu como última compasión.
Así será su compromiso, según su alianza y su consagración.
¡Santo será su deber!

28 oct 2013

Sobre el mal

El mal tiene muchas formas para manifestarse, muchos medios y muchos lugares de donde asirse. Forma parte de nuestras psique y es un arma poderosa, no obstante huimos de él porque es lo digno de evitarse por antonomasia, y porque estamos acostumbrados a la medianía. Son dos motivaciones que a veces parecen la misma, pero son en verdad diferentes: temor o rechazo a lo prohibido -a transgredir a la autoridad, al otro poderoso- y temor o repulsión a la grandeza -a ser la autoridad.

Hay una relación considerable entre el mal y la osadía que pocos han examinado, resulta que la maldad sólo proviene de las intenciones de dañar a sí mismo o a otros, algo que no parece serle natural a ningún ser vivo, la sutileza está precisamente en que la vida daña por supervivencia: pasar por encima de otros es un medio y no un fin, un medio para permanecer. Dicho de otro modo, siempre que sea posible vivir sin estar por encima de otros, así sucederá. Se entiende que esto es problemático, y para muestra basta lo siguiente, casi todos los seres vivos necesitan comer otros seres vivos para subsistir, pero no por eso pueden calificarse de malvados, aún dañando a otros no se es necesariamente malo.

El mal requiere una estructura cognitiva compleja, es más propio identificarlo con los humanos; aún habiendo especies capaces de emular comportamientos tan complejos como mentir -hay estudios que así lo afirman, dudamos que los animales sean o puedan ser malvados. El mal requiere gozar con el daño, dañar por dañar. Decimos que esta tendencia es también antinatural porque la reacción de repulsión cuando se presencia un acto de crueldad es unánime, cualquier ser con cierta actividad mental mínima mostrará naturalmente su rechazo -ira, tristeza o incluso asco- ante el daño no justificado.

Respecto de la medianía, este es un tema excelentemente tratado en El lobo estepario, de Hesse, y obviamente no sólo pasa con la maldad, también la bondad está muy lejos de los mediocres. Bien decía Nietzsche que aquel que pretenda crear primero debe destruir, y entonces hasta el mejor de los hombres parecerá el más malo. El Zaratustra entero es una guía más que pertinente para entender a qué nos referimos cuando decimos que lo mediocre no puede ser bueno ni malo, sino nulo, a lo mucho una carga.

En cuanto a lo argumentado por Hanna Arendt, diremos que el mal no está precisamente en la medianía o en la mediocridad que ella diagnosticaba por causa, después de haber vivido de cerca el proceso judicial de un criminal de guerra nazi; más bien parece que el mal tiene su raíz en el exceso de esa misma medianía: la excepcional indiferencia que deviene no criticismo voluntario. Además, no podemos perder de vista que estos sujetos estaban en medio -como engranes- de un régimen que se enfocó en hacer sufrir seres humanos y hacer pasar esta medida como si fuera necesaria para alcanzar un objetivo metafísico: la hegemonía de la raza aria.

Para decirlo con Zizek, estos sujetos trascendentales -la nación, el bien del Estado, el pueblo, etc.- siempre son la base política que justifica medidas maquiavélicas y que no pocas veces en realidad persiguen intereses mucho más terrenales y particulares, y esto nos lleva a abundar en una consideración: el mal no es asunto de consecuencias sino, como ya dijimos, de intenciones. El acierto o el error son los verdaderos artífices de los resultados; este par de pequeñas afirmaciones sería suficiente para originar sendos tratados desde diversas disciplinas, sin embargo aquí sólo abordaremos las dificultades que presenta juzgar algo como malvado de modo atinado.

El ejemplo nazi resulta paradigmático. Decíamos que el exceso de mediocridad produjo el mal que Hanna Arendt veía como resultado de lo banal; de fondo existe una intención tremendamente violenta contra la psique misma: suprimirla. Dado que estamos dotados de capacidad crítica, el dejarse llevar enteramente y sin cuestionamientos como parte de algo más grande es violento y antinatural, ello estaba inducido por el propio sistema y los aparatos ideológicos que ya explicamos a nivel político.

A nivel psicológico, disfrutar el mal requiere de prácticas sostenidas que nos habitúen a la crueldad como medio para el placer o la felicidad; usualmente la causa de buscar voluntariamente estas prácticas, o de buscar inducir a otros, como activos o como pasivos, al goce del mal, es un suceso que ha rebasado las capacidades mentales de asimilación y nos obliga a encarar el mundo con alguna disfunción psíquica, sensación de pérdida o de herida.

A nivel lógico, existe un proceso argumental -usualmente falaz- donde nos permitimos deducir que el otro debe ser castigado y con ello obtendremos placer o equilibrio. Ojo, de fondo este es el principal móvil de la búsqueda de justicia y de la venganza. Lo político no es la excepción, en lo más profundo también está motivado por las emociones, por éstas emociones.

¿No suena todo esto familiar a los orígenes del holocausto? algunos europeos estaban verdaderamente resentidos por el adverso contexto post-guerra -la primera- y buscaban nivelar las cosas para no sentirse abusados. Ello es prístino en textos como Mi lucha o en la creación de asociaciones de corte racista.

La segunda parte del proceso es aún más interesante, porque implica el nacimiento de lo que hoy conocemos como publicidad y mercadotecnia. Inducir a otros al goce de la crueldad requería sofisticados aparatos de manipulación psíquica y emocional que hicieran aceptable el mal. Había que crear la necesidad del mal en quien no la tenía.

Después de todo ¿aquél mediocre era culpable? Por supuesto que sí, porque siempre se tiene elección. Aquí es donde Arendt acierta, y entonces adquiere importancia aquello que decíamos sobre la mediocridad como carga: lo mediocre es una fuerza neutral y puede ser usada para apoyar una u otra causa. Los afectos de los acríticos son fácilmente manipulables y la masa es acrítica por excelencia.

Ahora, nuestra tesis es que la casi completa erradicación del mal es política, del mismo modo que lo es su consolidación; pero más allá del debido proceso mediático, social y político de deslegitimación del mal, que además es fácilmente deducible de lo hasta ahora dicho, la verdadera dimensión política del mal está en el devenir natural de las emociones que lo originan: el mal es una relación, implica por lo menos dos sujetos, uno que daña y otro dañado.

Aquel que daña debe ser atendido, conforme a sus demandas y necesidades por un sujeto capaz, puede que incluso el propio receptor del daño sea decisivo para la recuperación del presunto agraviado. Aquel sujeto que es dañado no puede ser pasivo -no se puede "poner la otra mejilla"- ni reactivo -buscar venganza. Este sujeto debe buscar el diálogo y la negociación que restablezca la confianza o los pactos mínimos que permitan una convivencia o una coexistencia fructífera. Y aquel tercero capaz de brindar ayuda debe ser algo muy parecido a los negociadores profesionales en situación de rehenes o a los mediadores de paz de la ONU, sus conocimientos deben permitirle influir efectivamente en el cese de daños y la conformidad de los involucrados.

No dejamos de tener presente que seguramente en la mayoría de las ocasiones esto será mucho más difícil que lo hasta ahora dicho, pues el proceso implica una especie de reeducación, nuevos paradigmas de justicia, honor y libertad, estabilidad emocional y una gran valoración propia. Este proceso es equivalente a la legitimación y no deja de ser problemático si tenemos en cuenta las intuiciones foucaultianas acerca del ejercicio del poder. En el fondo, la intención de erradicar el mal no deja de ser tremendamente utilitarista y por ello, sobre todo si se lleva a cabo sin el bagaje teórico y ético necesario, puede ser violenta con las minorías y sus identidades.

Lo que sigue pareciendo más inquietante de todo es que mencionamos la posibilidad de la casi erradicación del mal, porque erradicarlo por completo es imposible. No estamos exentos de ver alzarse a un hombre que solo desee destruir, el personaje The Joker es muy ilustrativo en este punto, y es más importante porque encarna nuestro profundo miedo a la sinrazón y el caos que evidentemente tenemos presente siempre, como parte de nuestra potencialidad social e individual.

"Hay hombres que sólo quieren ver arder el mundo", le advierte Alfred a Bruce, y también resulta un gran ejemplo porque este mismo arquetipo repite nuestra ciega creencia en la causalidad: al parecer The Joker ha sufrido y busca una retribución para equilibrarse con el mundo, pero esta retribución no es más que el daño por el daño mismo. Las historias que nos permiten asomarnos a nuestras creencias acerca de cómo funciona el mal son reveladoras porque jamás trascendimos un miedo todavía más profundo, detrás del mal, lo inquietante es el descontrol y el sinsentido: de la misma manera que no podemos concebir que llueva y no llueva en el mismo lugar al mismo tiempo, no podemos concebir que alguien desee la destrucción sin causas ni intenciones ulteriores, queremos creer que hay algo que lo explica, un Gran Otro que lo regula todo.

Ya Zizek habló elocuentemente en aquella famosa conferencia sobre Matrix acerca de lo perverso que es concebir un mundo regulado arbitrariamente y los problemas que ello acarrea para la libertad. ¿Tenemos opciones para concebir lo real? La triada sobre lo real que el mismo Zizek propone es pertinente porque más que señalar el camino de la salvación, nos permite disolverlo todo en nuevas preguntas. Y la idea es erradicar el daño, sobre todo el autoinflingido.

7 ago 2013

La Casa Roja

Existía en la calle Wallace una deteriorada casona de aspecto clásico y que era completamente acorde a las demás del centro de la ciudad, pero que, en ese barrio, era totalmente excepcional. Su fachada era de un rojo cobrizo y opaco, resultado tanto del óxido desprendido de la herrería de sus amplios ventanales cuanto de la pintura que alguna vez fue de un alegre tono carmesí que inundaba de color la pupila del visitante. Por entre los vidrios rotos de los ventanales enmarcados en madera ahora podrida, podían verse unas elegantes y apolilladas cortinas que impedían el paso de miradas indiscretas. Dentro, nadie sabía lo que había.

Algunos hacían la probable conjetura de imaginar muebles viejos al interior, otros más la imaginaban infestada de toda clase de plagas, los más ilusos colocaban en ella a algún par de ancianos disfrutando de sus últimos días, y los más ociosos coincidían en que la casa era albergue de toda clase de espectros del inframundo.

La realidad es que nadie había entrado ahí desde hacía varios años, ni salido. Buen rato tenían de sepultados los dueños, quienes no la testaron; sin embargo la Casa Roja (como le decían desde mucho tiempo atrás, los habitantes de aquel barrio) permanecía ahí sola, sin intervención alguna, casi sagrada, como si materializara alguna clase de mito intocable.

Los dueños eran personas bastante boyantes; ésa era la casa de descanso, pues en sus tiempos de juventud estaba fuera del alcance urbano. Ahí pasaban alegres sus veranos y confortados sus inviernos, pues la Casa Roja tiene una chimenea que alguna vez brindó calor a sus huéspedes para pasar aquellas brutales heladas, y un valle que era perfectamente transitable a caballo en otras tardes de colorido espectáculo.

No recuerdo en qué verano (o invierno), llegó un hombre que arruinaría la tranquilidad de aquella envidiable residencia. No recuerdo tampoco cómo era, y menos quiero recordar su pasado, y haré tremenda excepción contándoles cómo le arruino la vida a esa buena familia; así mismo quisiera pedirles que si divulgan lo que les voy a contar, sea intentando no alterar las palabras, para acallar los rumores y satisfacer la mórbida curiosidad popular y que de ese modo nadie se vea motivado a entrar en la casona.

***

Una tarde tranquila (y tal vez de colorido espectáculo), previamente amarrado el imponente caballo azabache, un hombre se acerca a la puerta de la Casa Roja con una encomienda lapidaria: cobrar el impuesto para el Regente, que desde hacía buen tiempo no había cesado de subir al punto de ser casi impagable hasta para los más afortunados. Tres golpeteos a la puerta, seguidos de unos pasos a ritmo de espuelas, rechinido de puerta y voces saludatorias. Café de bienvenida, charla cotidiana y pretexto de expiación... tensión en la sala.

-¡Pero cómo que no! Usted sabe que estas cosas son imperdonables, yo no puedo regresar con las manos vacías, es usted o yo.
-Pues será usted si se deja porque yo no, ese Regente es más bandido que gobernador, indíquele por favor que venga él mismo, que al menos se muestre para cometer tan caras atrocidades.
-Señor, yo le advierto, esta conducta no es apropiada, al Regente no le va a gustar su resistencia y menos la va a disculpar cuando es evidente que usted puede pagar esa o incluso una suma superior.
-¡Qué! Tal cosa ni a usted ni a su Señor le incumben, bástele saber que considero una villanía ese cobro y no pretendo cubrirlo, si le dí una explicación fue cortesía, si usted desea ponerla en duda es afrenta. La decisión está tomada, por lo que si no existe otro asunto para el que pueda auxiliarle, le suplico que prontamente se retire.

La despedida fue un portazo y con él comenzó la siguiente discusión, esta vez entre pareja, esposa y esposo. Se habló de la insensatez tanto del cobro como de no haber guardado apropiadamente algún dinero. Se cuestionó la frivolidad de gastar en un vestido encaje y tela francesa en boga de ese medio año, o del otro corsé rosa y ajustado a pedido muy propio para las reuniones informales y paseos del parque, pero de hace dos años; no obstante se reviró aludiendo al Quijote empolvado y traído de la Madre Patria, cuya presunta fecha era anterior al s.XVIII y que jamás había sido abierto (mucho menos leído) en esa casa, y también a la excesiva petición de tres litros de bourbon a la semana que entraban a la oficina como si ése fuera el combustible que permitiera responder las cartas, hacer las finanzas y generar el inventario. Finalmente, después de severas e infernales horas de reclamos y de una frustrada noche sin puritano y miserable coito de misionero en fondo y camisón, en tirantes y calcetas, se llegó a la inevitable conclusión de que ya no eran ricos: había que huir antes de que se supiera la ridícula situación.

A estas alturas los Betancourt se hubieran escandalizado, o se hubieran burlado o simplemente hubieran ayudado, igual que los Escandón o los Gómez-Rioja... quién sabe y mejor aún, no importa. Lo que importa es mantener la imagen de ostentoso cacique, de poderoso señor igual o mejor que los de aquellas nobles casas.

Se pensó entonces que bien podían vestirse y vivir como campesinos o servidumbre de la Casa hasta la próxima visita, para saber cómo seguían las cosas, pero sobre todo para irse habituando a la vida humilde y para no despilfarrar recursos. Sí que era humillante tratar con los criados, comer, dormir y orinar donde ellos, sin embargo era mucho más tolerable que la opinión del Corregidor, íntimo amigo que seguro se desilusionaría y los haría expulsar del club. A partir de la prevista visita del Cobrador, se tenía contemplado o bien dar el paso definitivo y con los últimos ahorros zarpar hacia París y comenzar de nuevo o bien deshacerse del Cobrador a como diera lugar y de la forma que fuera. Aquí cabe mencionar que nuestra pareja no planeaba ningún asesinato o cosa parecida, ellos pensaban únicamente en un golpe político o policíaco que despojara al Cobrador de su autoridad.

***

Bajóse de un carruaje hermoso y elegantísimo, un pie altivo y muy soberano, de ostentosos atavíos. Era el Regente en persona caminando hacia la Casa Roja, respondiendo al reto que le habían lanzado al Cobrador; con rostro de evidente indignación: estaba consternado y decidido a no salir de allí sin su dinero, ¡porque claro que ya lo concebía completamente como su propiedad!

Toque de puerta, anuncio, rechinido de bisagra, voces saludatorias y adentro todos. Sin café de bienvenida, corta e incómoda charla entre aquellos sirvientes que no sabían el paradero de sus patrones y un molesto Regente, alegatos varios y:

-¡Qué diantres se cree usted! ¿Acaso no sabe quien soy? Estoy seguro que su patrón no le permitiría negarse a mi petición, después de todo ustedes son deudores del Estado. Sí, ustedes también.
-Señor Regente, entiéndame, tenemos estrictas órdenes, el patrón tiene muy mal carácter, esto podría costarnos el sustento.
-Y si usted no me permite quedarme aún más seguramente perderá sus ingresos, mi querido siervo.- Dijo con una cínica sonrisa.-Si su patrón se negare a aceptarme como huésped  ciertamente que revocaríamos hoy mismo sus títulos y propiedades, su conducta es imperdonable y tengo la consigna firme de esperar su regreso ¡No podrá escapar tan fácilmente de nosotros! Así es que por su propio bien, el de su patrón y el mío, ya no me haga perder la paciencia en charlas inútiles y haga bajar mis valijas del carro y luego desempaque en una habitación apropiada... o yo le haré perder mucho más que su tiempo.-Dijo in crescendo el Regente hasta llegar a los gritos, ya con visible molestia.

Fue de este modo que el dueño de la casona no tuvo más remedio que tragarse su orgullo, sopesar su desfavorable situación y aceptar ese trato, digno de una piltrafa. Había comprendido que no tenía opciones. Pero no todo fue negativo, pues se dio cuenta del semblante de su poderoso adversario, que con la excepción de su buen gusto para la costura y el teatro barroco francés, por lo demás era bastante primitivo, voluble y disgustante. Al menos ya sabía eso, pensaba mientras desempacaba las cosas del Regidor en el cuarto O'Gorman, con ayuda de su esposa, quien pasado poco tiempo no dio oportunidad a que se alargara la espera por otra ocasión de privacidad y, con el más agudo y dramático tono que pudo sostener, dijo:

-Y ahora, ¿qué haremos? ¡Ya está aquí!, si "nuestros patrones" no aparecen pronto, el honorable Regidor se quedará con todas nuestras posesiones, ¡Y de una forma tan fácil! ¡Ay de mí, ay de mí! En la calle y todo por confiar en un desgraciado dipsómano, fracasado jurista, blando pastorsucho que se hace el contador y se piensa como incansable trabajador, un barbaján pelagatos que no tiene sufic... - Y así siguió por un desgastante rato, interrumpida ciertas veces por su enfurecido esposo que además de extrañar su dignidad, extrañaba su Casa, su bourbon, sus hojas de inventario, sus pantuflas, ¡todo!... el hombre estaba devastado. Afortunadamente nosotros podemos omitir tan molesto e inútil episodio.

Después de tan fructífera plática, de hecho después de varios días de calma y cierta resignación, quizás una semana... nuestra pareja quedó convencida de que podrían burlar al Regente y a todo su séquito, que intuían estaba pronto a llegar (como máximo una semana más). Después de cierta observación rutinaria, de minucioso estudio y de aprender a la mala a saber discutir un asunto sin pelearlo personalmente, habían ideado un plan completamente redondo y sin fallas, perfecto. Sólo tenía un pequeño detalle: dependía completamente de que no llegaran visitas a la casona, pues de ser así, el Regente pediría que abrieran la puerta y entonces serían reconocidos por sus amistades tras el mandil y el esmoquin barato y polvoriento. Todo se vendría abajo y aparecerían como los indiscutibles dueños del lugar, y acto seguido dejarían de serlo.

***

El Regente desayunaba a veces huevos estrellados, recién traídos del gallinero y acompañados con salsa martajada y pan del día (las tortillas le repugnaban, le recordaban su origen) que la esposa ahora sirvienta se encargaba de traer del molino. A veces incluía una copa de vino joven o un poco de fruta, pero lo más común era acompañar con una taza bien caliente de chocolate de agua. Sí, como dije, a pesar de ser el Regente y un Bandido, era hombre de gustos sencillos. Otras veces se decantaba por chilaquiles verdes con queso también fresco y una guarnición de carne importada, pues por más ordinario que sea un hombre, suele tener buen paladar de depredador.

Esta vez había ordenado una copa de vino y huevos estrellados, que nuestra pareja serviría buscando su adulterio. Tenían en algún rincón mohoso de las cavas algo de residuo de vino con altísimo grado de alcohol (y otros químicos de los que ellos no sabían), de ese asqueroso menjurje sobrante de la fermentación que usualmente se desechaba, pero que ellos habían estado guardando durante varios días en un cubo para leche. La idea era adormilar al Regente y anular su voluntad sin que se diera cuenta, pero obviamente ese sabor no ayudaba ni aunque fuera rebajado. Decidieron entonces que la salsa debería ser extremadamente picante y entonces solo añadieron un tomate con algo de caldo y varias decenas de pequeños chiles secos locales, sin desvenar y asados, desde luego. Así tenían la esperanza de que el Regente bebería su copa de un sólo trago sin fijarse con la esperanza de apagar su devastada lengua.

El ardid salió a pedir de boca literalmente: a pesar de que el Regente constantemente pedía, ya fuera a ellos mismos o a otros probar sus alimentos para evitar ser envenenado. Sólo tenían que asegurarse de que serían ellos los que probarían para no beber demás y para no revelar a sus sirvientes el plan, pues a estas alturas ya no resultaban muy confiables por la cooptación y tortura del poder. Tenían que mantenerse inermes y sin ninguna mueca después de probar el trago o la salsa, aguantar el picor y hacer como si hubiesen bebido cantidad suficiente y no beber casi nada y entonces todo habría pasado. Debía ser ahora o nunca, pues como hemos dicho, más temprano que tarde hasta sus más leales sirvientes sucumbirían a la tortura o al soborno, incluso a la pura traición sin más, y ellos lo sabían.

Todo hecho, desayuno servido, probar de todo sin hacer muecas, Regente comiendo salvajemente, lengua pulverizada, trago grosero y caudaloso de vino y menjurje, regaño por la comida horrible, impertinencia, frentazo a la tabla de la mesa y desmayo. Ahora sí, era momento de amarrar al Regente sin que se notara, desnudarlo, meterlo a la cama con una criada y hacer traer a su esposa para que lo viera.

***

El Regente despertó con una severa resaca, desnudo, amordazado y maniatado en la cama de sus deudores. Estaba solo, todo se veía apacible, quizás sólo había sido un descuido, pensó, una farra monumental. Como pudo pidió ayuda y sus sirvientes (que ya no eran sus sirvientes) llegaron, le desataron y lo golpearon antes de echarlo al empedrado de fuera, donde ahora es la calle. Se molestó muchísimo, gimió durante todo el proceso pero fue inútil; luego, como una revelación, pensó que quizás lo habían descubierto después de la farra y que algo tenía que ver todo esto. Este retraso en los planes no estaba previsto. Algo falló, pero desde aquí las cosas comienzan a tornarse menos claras.

Su Esposa se encontraba tomando el té en la Regencia, y ya que los dueños se habían vuelto a ganar la lealtad de su servidumbre, pudieron enviar hasta allí por ella. Mientras tanto, el Regente seguía siendo golpeado por algunos criados, ellos procuraban pellizcarle el cuello para dejarle verdugones. Finalmente le hicieron beber más vino en mal estado, lo rociaron con un poco (para asegurar un olor incriminatorio) y lo llevaron de vuelta hasta la cama, donde lo pusieron al lado de una moza semidesnuda que normalmente se encargaba de las gallinas, ella era la más atractiva de las criadas. Es curioso mencionar que ella decidió voluntariamente beber un poco del menjurje para estar a tono y para soportar la desnudez nada agradable del Regente.

Todo hubiera salido perfectamente a no ser porque la Esposa sabía que su marido era incapaz de algo así. Ella lo vio todo y no dio crédito a ello, en seguida culpó a los presentes. Ella se mostraba enojada, reacia y desconfiada de cualquiera; intentó despertar a su esposo (en quien tampoco confiaba totalmente, por obvias razones) y logró incorporarlo y recargarlo parcialmente en la cabecera de la cama.

Intentó dialogar, sólo recibió incoherencias a cambio, le pareció sospechoso verlo intoxicado, luego notó a la bella moza, todavía yacía inconsciente y semidesnuda al lado, no quiso dar mucha importancia a esto a pesar de que sí la hizo sentir celosa (pero más de su juventud que del Regente). Pensó que independientemente de lo que hubiera sucedido no debía encolerizarse: si ella tenía paciencia y ocultaba todo a otras familias, muy pronto se harían con esa propiedad y entonces sí, habría manera de ajustar cuentas de modo privado y sin dar pié a desprestigios. ¡Ya lo imaginaba!, podría comprarse tantos vestidos y demás cosas bonitas gracias al chantaje. Fue feliz de nuevo por un momento.

Sin embargo, un criado astuto que había sido encomendado a vigilar, observó que la Esposa cavilaba demasiado y decidió no arriesgarse; sin orden previa de sus patrones, determinó que lo mejor era asesinar a la Esposa y hacerle creer al Regente que había sido él mismo. Lógicamente el mozo no estaba pensando mucho en las consecuencias, creyó que la propiedad era tan grande y silenciosa que no sería difícil ocultar el crimen y desaparecer las huellas. Creyó también que sus patrones estarían felices.

Pasos sigilosos hacia la cocina, cuchillo deslizándose fuera del cajón, pasos sigilosos de vuelta, un puño negro que envuelve un cuchillo se alza mientras el otro puño prensa una manija y abre la puerta, extremo cuidado, un grito femenino sordo y corto, cuchillo entrando, sangre corriendo, cuchillo saliendo, risa y miedo, repetición de la operación. Reordenación de la escena del crimen, listo. Reporte a los patrones.

- Señores, ya está.- Dijo el criado.
- ¿La esposa ha logrado llevárselo? preguntó el dueño.
- No exactamente, señor...
- ¡Habla ya, criado!...

Así siguió la discusión, tensándose cada vez más. Todos allí presentían que algo siniestro había ocurrido, es lógico suponer que todos escucharon el grito de la Esposa. Lo que ninguno de los presentes supo en ese primer momento fue que, independientemente de la información que ahí se intercambiara, el asunto ya estaba resuelto. Por lo menos uno de los presentes en la Casa (el asesino), incluyendo al resto de la servidumbre, estaba previamente enterado de todo y había mandado por la policía, que ya tenía buen rato de venir en camino y llegaría en cualquier momento. Nuestro personaje sabía que lo más conveniente era quedarse con todo y culpar a los demás, implicándolos del modo más evidente posible, para no compartir ningún beneficio y no depender del silencio de nadie.

Volviendo a la discusión, ésta se convirtió en pelea por más factores nebulosos, el cuchillo se había vuelto a cubrir de sangre: dos heridos de gravedad y un muerto más. Los heridos morían lentamente y se deseaban lo peor en el mundo venidero. El Regente despertó y observó la escena, pues ello sucedía en el cuarto donde había sido instalado y entrampado; luego giró un poco la vista y pudo ver a su Esposa cruelmente apuñalada y cubierta de sangre, yacía en el piso con una mirada fría, desencajada y vacía, ya estaba muerta. Giró todavía más y llamó su atención el cuchillo ensangrentado que permanecía a su lado, como un recordatorio.

Eso bastó para sacar de la intoxicación al Regente, se levantó y fue desesperado a preguntar a los agonizantes qué había pasado, ellos se mantuvieron fieles a la idea del criado y le dijeron al Regente que todo había sido obra suya, bajo los efectos de bebidas espirituosas (después de todo, nadie salvo la Esposa muerta tenía intenciones de que la Casa fuera del Regente). No le avisaron de la policía.

El Regente quería huir, pero tampoco sabía qué creer, su intuición le decía que era prudente actuar con rapidez; no recordaba mucho, estaba realmente desconcertado e inestable, se sentía emboscado y culpable. Reconsideró lo sucedido, intentó recapitular, y vio nuevamente el cuchillo en la cama, como diciéndole algo, como si la sangre de su esposa le hablase. El Regente no caviló demasiado (era hombre de pocas luces), sólo concluía una y otra vez que ahora no había tiempo de raciocinios; corrió hasta el cuchillo, lo empuño fuertemente, se movió hacia una posición conveniente y finalizó la tarea.

***

La policía no encontró mucho, sólo un desastre y varios cuerpos, todos desmembrados. Nunca se supo exactamente si eran 4 ó 5: alguien había lanzado a la chimenea las partes que podían proporcionar esa información. No se sabe si el Regente se suicidó, hirió a alguien más o sólo huyó; tampoco se sabe si alguien más intervino la escena, la servidumbre cuestionada siempre negó haber estado enterada de aquello, como si temiesen que sus patrones pudieran venir a despedirlos todavía, o como si en verdad no hubieran visto nada. El cuchillo jamás fue hallado.

Respecto a nuestro testimonio, podemos decir que ninguno de los allí finados logra descansar en paz y que no sabemos quién hizo exactamente qué después del asesinato de la Esposa. Pero tampoco importa, al menos para la versión oficial, pues todos los involucrados acabaron muertos. Nosotros sabemos que es, cuando menos, posible que uno de ellos haya escapado o se haya escabullido para hacerse de los bienes allí salvaguardados.

Naturalmente, esta tragedia bastó para hacer de la Casa Roja un lugar oscuro donde ya nadie se pudo sentir bienvenido en su sano juicio, por lo que fue un terreno que nadie compró ni visitó después de lo sucedido, al menos oficialmente. Empero es digno de mención que la Casa haya sufrido saqueos relativamente poco tiempo después de lo sucedido, y que algunos vecinos hayan reportado ciertos movimientos extraños en sus alrededores por la noche. Ello también nos permite sospechar de algún sujeto familiarizado con la Casa, el criminal fugitivo, ciertos espectros o vaya usted a saber qué entidades, o simplemente ladrones oportunistas.

Por si no bastara, es todavía más notable que la Casa original se haya derrumbado poco tiempo después de los saqueos, e inmediatamente un nuevo dueño mandase levantar una que la remplazara usando piedras de los muros caídos y demás material disponible en la propiedad para hacer una fidedigna réplica a escala. Todo esto hizo que fuera imposible investigar cómo sucedieron exactamente los hechos que aquí hemos relatado. La nueva Casa Roja quedó más cerca de la calle, y es la que ahora se observa e incita a todos los curiosos. Todo apunta a que tal dueño no es identificable, y hay una alta probabilidad de que también haya fallecido en circunstancias oscuras.

Lo que sí tienen de cierto los rumores del populacho, y fue comprobado mucho antes de que comenzaran los misteriosos saqueos, es que en la propiedad una especie de pesadez invade al huésped, lo rodea como sus cuatro paredes, consecuencia directa de los terribles sucesos (algunos incluyen el derrumbe entre las consecuencias).

La Casa y sus avatares están impregnados de intranquilidad y maldad, han sido sellados a distintos niveles para que sus componentes no pudran lo que yace alrededor y para que nadie traspase sus marchitas e impuras puertas. No obstante que es lícito suponer algunas riquezas todavía ocultas tras muros y bajo pisos, sea cual sea la suma que logren, no valen la expedición. También para ilustrar este punto tenemos historias que sería bueno contar en otro momento.

10 jun 2013

Metafísica


Cínica ligereza,
paso de paloma
así eres, mitad de la humanidad.

Dulzura mortal,
inocente consciencia,
sagaz intuición.

Cálida apertura,
estremecedora sensualidad,
hogar del contraste.

Oxímoron hecho carne,
peligro de cara amable
pura Mater, llama de amor.

Estoy contigo, soy contigo
porque solo estaría helado,
solo, crearía brutalidad.

Este mundo no sería mundo,
sería devorado por los demonios
por Asmodeo vuelto falo

por el toro sería embestido,
por los brazos de Heracles estrangulado...
no habría tierra para la simiente,
no existiría fertilidad.

Se vive y se muere
por ti.
Y se hace correctamente.

Ídolo eterno,
hacia ti van dirigidos todos los cantos,
eres el humus del mundo,

eres Diosa que se ve y se oye,
que ve y oye ese Dios que la ve y oye.
Eres puente y receptáculo de la adoración.

Confianza prístina, juguetona
te vas y vuelves,
escapas tímida de mi ser escrutador.

Por ti se hace necesario el paso,
causa final de los sentidos,
porque empapas todo de placer.

¿qué se hace en esta vida sin placer?
¿qué es la vida sino placer?
¿qué es la materia sino receptáculo-placer?

Brota éste de ti, eres la fuente inagotable,
emana un caudal de vida,
nos arrastras al goce y llamamos a eso deseo...
voluntad, pureza y alegría.

Hay en todo esto una moraleja:
No puedes confiar jamás
en un hombre que no coloque el universo alrededor de ti,
mujer, absoluta sonrisa.

13 mar 2013

Apología de un amor dislocado


          ¿Quién dijo que hay una manera sana de amar? Acaso aquellos puritanos que se llenan la boca y se vacían el pecho diciendo que el ser humano debe aspirar a la felicidad completa e individualista que nos ofrece -ilusoriamente- la configuración del mundo actual; este mundo “otro”, moderno -y a veces también el posmoderno, cuyo mito fundacional es la omnipotencia del individuo, y por tanto la objetivación de lo demás, incluyendo a los demás individuos. De aquí provienen las censuras más patéticas a lo total y caótico de la existencia, es decir, al hombre que deviene, con el otro, en el amor.

El amor es locura, es desenfreno e insensatez. Pero este amor no es cualquier tipo de locura: es la manía por el otro, es nuestro total reconocimiento en él mismo y viceversa, es la pérdida del yo individual; en última instancia, es el reconocimiento genuino de que somos completos sólo como parte de algo más grande que nuestro cuerpo y mente. Teniendo esto en cuenta, habría que quebrar las nociones de deber ser acerca del amor, pues él se desenvuelve de modo incomprensible para el concepto, está más allá de éste porque no se subordina a la lógica de la identidad. Es puro y libre devenir entre amante y amado, es nosotros.

Es cultural -y por cultural entiendo aquí el egoísmo que nos inculca Occidente, impuesto por el contexto, que regresemos momentáneamente a la cordura, a nuestra individualidad y a la racionalidad, para hacer las veces de sujeto funcional y que la sociedad no se venga abajo; pero vale preguntarse ¿no será esto lo desajustado?, ¿no es una paradoja haber descubierto lo humano en el otro y tener que volver a uno mismo para que los otros subsistan y para uno mismo subsistir como los otros… como lo otro, ajeno y cosificado? En tanto los otros subsistan como otros -y uno con ellos, sólo agrandamos los abismos infernales que nos empequeñecen y beneficiamos al statu quo, que en esencia es una cruel ironía: al pretender preservarnos, sólo matamos lo humano que tenemos. La consciencia siempre fluctúa y desea, sólo eso, el constante salir de sí, es natural. Amar como cristalización del salir de sí mismo, es decir, del deseo, es una de las formas de ser humanos.

Bien decía Freud que la cultura nos aliena y nos reprime, nos frustra. Hubiéramos añadido que todavía más la cultura del individuo, su teología: la modernidad y el capitalismo. Ésta sí es una desafortunada patología, que además se oculta bajo la fachada de la sobriedad y la moral protestante del trabajo y la buena vida: a tal modo coarta nuestra humanidad, nuestra naturaleza, que basada en ficciones nos convence de la existencia de nuestra libertad. Y cuanto más convencidos, más presos estamos, más nos encadenamos a sus paradigmas y a su sistema de dominación. Y no es casual que entonces amemos menos.

El individuo es tan impotente en soledad que ni siquiera existe como tal, somos antes un conglomerado de influencias; pretender lo contrario nos vuelve autómatas y tiranos: ideológicamente despreciamos a los semejantes y además negamos lo común que obviamente nos conforma; así atomizados, no somos más que un producto. Vacíos e incompletos al interior, si nos damos cuenta, seremos infelices, quizá hasta paranoicos. En este sentido, el amor es tan revolucionario como necesario, por ser dignificador y restaurador de vínculos. Quiebra ideológicamente al sistema, nos compromete con algo más grande que nuestra estúpida existencia.

¿Nos es lícito condenar al amor por su desvarío?: ¿nos es lícito condenar al místico por su vocación, su llamado irrefrenable hacia Dios?, ¿es aceptable pensar que el artista desperdicia su vida en las obras?, ¿condenaremos al loco por vivir el mundo de otro modo? ¿No suena todo esto más a una lógica del poder que disgrega, que aísla y que dicta arbitrariamente lo correcto -o como gusta nuestra época, lo sano?

            Nosotros creemos que algo esencial que comparten éstas manifestaciones de la diferencia es el impulso erótico, el más intenso que alguien pudiese vivir alguna vez. Bien decía Bukowski "Find what you love and let it kill you". Y aquellos que creen que es indigno que dicha obsesión haya sido provocada por otra persona, en realidad no creen en el hombre: ahí está la misantropía hecha carne, ahí están los puritanos que se conforman con su existencia castrada. Más aún, aquellos que condenan cualquiera de las maneras amorosas, son más cobardes que humanos, la sensatez los hizo mediocres y pusilánimes. ¿Por qué es más lícito condenar al amor demente que el culto igualmente demente al yo? ¿Por qué morir consagrado al otro es peor que morir consagrado a sí mismo? Sólo a una época tan decadente como la nuestra se le pudo ocurrir algo así.

No es lícito condenar al amor demente, no al menos por la salud que predica este tiempo; él tiene su origen en una experiencia que se da más allá de la racionalidad, una experiencia fracturadora de lo racional, y por ello más allá del paradigma actual. En este sentido es mucho más real y empírica que cualquier elucubración acerca de “los intereses del individuo”. Estos intereses son ficciones, el amor es fáctico, es construcción de la voluntad, es la coherencia del ser en tanto que se nos revela como expansión.

¿Y qué derecho tengo yo a proyectar mi ser en lo demás, y viceversa? Se pregunta todavía el escéptico. ¡Pero si es tan evidente! El hombre no es otra cosa que lo que hace, hacer es unificarse con lo dado, dar sentido es volverlo propio y volverse algo dentro del mundo. Tenemos no ya un derecho, sino un deber -que realmente no podemos eludir- en el otro y con el otro: el deber de ser. Deber que se nos ha impuesto naturalmente, pues la vida misma lo incluye, y además nos impulsa a ello. Y ahí radica el origen del amor, y por tanto su validez… quizá hasta su verdad.

En cuanto a la elección del depositario de nuestro amor, no se piense que es una elección azarosa porque sucede bajo el claroscuro de la manía. Más bien constituye la máxima expresión de la voluntad del individuo que se desata del pesado yugo de sí, es el deseo cristalizado del ser por devenir en completud, y por ello en caos que escapa del orden de la razón, y que escapa de mi solo cuerpo. Quienes aman al mundo son filósofos (no es gratuita la etimología), y quienes aman al otro, además son felices. ¿Aparece por aquí la razón, esa que lo calcula todo? Felizmente, no.

Pero no estamos contra toda razón, sólo aquella que desea garantizarle al otro un paso ascético por este mundo, una experiencia ajena y objetivadora, donde sólo importa el sí mismo y todo es un cálculo para autoprotegerse. Esa razón medio muerta que no se atreve a vivir, esa razón de la que debe librarse la filosofía, y la época misma. ¿A qué sujeto lo suficientemente cuerdo le importa ya la “salud mental” y otras fruslerías de la psicología cuando ha visto el amor, cuando ha sido dentro de este proceso expansor? Es un absurdo ir en contra de los impulsos ontológicos únicamente armados con estéril y arbitraria racionalidad; por esto la batalla no se gana, por esto las sobrepobladas urbes, epítome de la organización moderna y de su progreso material y cultural, estaban condenadas a la soledad -y con ello a la incompletud- desde su origen.

El precio de no abrazar el caos es la indignidad, pero el precio de ser es abrazar el caos. Por ello, diremos con Nietzsche que el amor está más allá del bien y del mal: hay que aceptar este devenir en el otro, porque la propia destrucción de lo que somos, es decir de nuestros paradigmas, es ya nuestra propia superación, completud y felicidad. Hay que ser incondicionalmente en la locura erótica porque es la única manera de ser, libre.