28 oct 2013

Sobre el mal

El mal tiene muchas formas para manifestarse, muchos medios y muchos lugares de donde asirse. Forma parte de nuestras psique y es un arma poderosa, no obstante huimos de él porque es lo digno de evitarse por antonomasia, y porque estamos acostumbrados a la medianía. Son dos motivaciones que a veces parecen la misma, pero son en verdad diferentes: temor o rechazo a lo prohibido -a transgredir a la autoridad, al otro poderoso- y temor o repulsión a la grandeza -a ser la autoridad.

Hay una relación considerable entre el mal y la osadía que pocos han examinado, resulta que la maldad sólo proviene de las intenciones de dañar a sí mismo o a otros, algo que no parece serle natural a ningún ser vivo, la sutileza está precisamente en que la vida daña por supervivencia: pasar por encima de otros es un medio y no un fin, un medio para permanecer. Dicho de otro modo, siempre que sea posible vivir sin estar por encima de otros, así sucederá. Se entiende que esto es problemático, y para muestra basta lo siguiente, casi todos los seres vivos necesitan comer otros seres vivos para subsistir, pero no por eso pueden calificarse de malvados, aún dañando a otros no se es necesariamente malo.

El mal requiere una estructura cognitiva compleja, es más propio identificarlo con los humanos; aún habiendo especies capaces de emular comportamientos tan complejos como mentir -hay estudios que así lo afirman, dudamos que los animales sean o puedan ser malvados. El mal requiere gozar con el daño, dañar por dañar. Decimos que esta tendencia es también antinatural porque la reacción de repulsión cuando se presencia un acto de crueldad es unánime, cualquier ser con cierta actividad mental mínima mostrará naturalmente su rechazo -ira, tristeza o incluso asco- ante el daño no justificado.

Respecto de la medianía, este es un tema excelentemente tratado en El lobo estepario, de Hesse, y obviamente no sólo pasa con la maldad, también la bondad está muy lejos de los mediocres. Bien decía Nietzsche que aquel que pretenda crear primero debe destruir, y entonces hasta el mejor de los hombres parecerá el más malo. El Zaratustra entero es una guía más que pertinente para entender a qué nos referimos cuando decimos que lo mediocre no puede ser bueno ni malo, sino nulo, a lo mucho una carga.

En cuanto a lo argumentado por Hanna Arendt, diremos que el mal no está precisamente en la medianía o en la mediocridad que ella diagnosticaba por causa, después de haber vivido de cerca el proceso judicial de un criminal de guerra nazi; más bien parece que el mal tiene su raíz en el exceso de esa misma medianía: la excepcional indiferencia que deviene no criticismo voluntario. Además, no podemos perder de vista que estos sujetos estaban en medio -como engranes- de un régimen que se enfocó en hacer sufrir seres humanos y hacer pasar esta medida como si fuera necesaria para alcanzar un objetivo metafísico: la hegemonía de la raza aria.

Para decirlo con Zizek, estos sujetos trascendentales -la nación, el bien del Estado, el pueblo, etc.- siempre son la base política que justifica medidas maquiavélicas y que no pocas veces en realidad persiguen intereses mucho más terrenales y particulares, y esto nos lleva a abundar en una consideración: el mal no es asunto de consecuencias sino, como ya dijimos, de intenciones. El acierto o el error son los verdaderos artífices de los resultados; este par de pequeñas afirmaciones sería suficiente para originar sendos tratados desde diversas disciplinas, sin embargo aquí sólo abordaremos las dificultades que presenta juzgar algo como malvado de modo atinado.

El ejemplo nazi resulta paradigmático. Decíamos que el exceso de mediocridad produjo el mal que Hanna Arendt veía como resultado de lo banal; de fondo existe una intención tremendamente violenta contra la psique misma: suprimirla. Dado que estamos dotados de capacidad crítica, el dejarse llevar enteramente y sin cuestionamientos como parte de algo más grande es violento y antinatural, ello estaba inducido por el propio sistema y los aparatos ideológicos que ya explicamos a nivel político.

A nivel psicológico, disfrutar el mal requiere de prácticas sostenidas que nos habitúen a la crueldad como medio para el placer o la felicidad; usualmente la causa de buscar voluntariamente estas prácticas, o de buscar inducir a otros, como activos o como pasivos, al goce del mal, es un suceso que ha rebasado las capacidades mentales de asimilación y nos obliga a encarar el mundo con alguna disfunción psíquica, sensación de pérdida o de herida.

A nivel lógico, existe un proceso argumental -usualmente falaz- donde nos permitimos deducir que el otro debe ser castigado y con ello obtendremos placer o equilibrio. Ojo, de fondo este es el principal móvil de la búsqueda de justicia y de la venganza. Lo político no es la excepción, en lo más profundo también está motivado por las emociones, por éstas emociones.

¿No suena todo esto familiar a los orígenes del holocausto? algunos europeos estaban verdaderamente resentidos por el adverso contexto post-guerra -la primera- y buscaban nivelar las cosas para no sentirse abusados. Ello es prístino en textos como Mi lucha o en la creación de asociaciones de corte racista.

La segunda parte del proceso es aún más interesante, porque implica el nacimiento de lo que hoy conocemos como publicidad y mercadotecnia. Inducir a otros al goce de la crueldad requería sofisticados aparatos de manipulación psíquica y emocional que hicieran aceptable el mal. Había que crear la necesidad del mal en quien no la tenía.

Después de todo ¿aquél mediocre era culpable? Por supuesto que sí, porque siempre se tiene elección. Aquí es donde Arendt acierta, y entonces adquiere importancia aquello que decíamos sobre la mediocridad como carga: lo mediocre es una fuerza neutral y puede ser usada para apoyar una u otra causa. Los afectos de los acríticos son fácilmente manipulables y la masa es acrítica por excelencia.

Ahora, nuestra tesis es que la casi completa erradicación del mal es política, del mismo modo que lo es su consolidación; pero más allá del debido proceso mediático, social y político de deslegitimación del mal, que además es fácilmente deducible de lo hasta ahora dicho, la verdadera dimensión política del mal está en el devenir natural de las emociones que lo originan: el mal es una relación, implica por lo menos dos sujetos, uno que daña y otro dañado.

Aquel que daña debe ser atendido, conforme a sus demandas y necesidades por un sujeto capaz, puede que incluso el propio receptor del daño sea decisivo para la recuperación del presunto agraviado. Aquel sujeto que es dañado no puede ser pasivo -no se puede "poner la otra mejilla"- ni reactivo -buscar venganza. Este sujeto debe buscar el diálogo y la negociación que restablezca la confianza o los pactos mínimos que permitan una convivencia o una coexistencia fructífera. Y aquel tercero capaz de brindar ayuda debe ser algo muy parecido a los negociadores profesionales en situación de rehenes o a los mediadores de paz de la ONU, sus conocimientos deben permitirle influir efectivamente en el cese de daños y la conformidad de los involucrados.

No dejamos de tener presente que seguramente en la mayoría de las ocasiones esto será mucho más difícil que lo hasta ahora dicho, pues el proceso implica una especie de reeducación, nuevos paradigmas de justicia, honor y libertad, estabilidad emocional y una gran valoración propia. Este proceso es equivalente a la legitimación y no deja de ser problemático si tenemos en cuenta las intuiciones foucaultianas acerca del ejercicio del poder. En el fondo, la intención de erradicar el mal no deja de ser tremendamente utilitarista y por ello, sobre todo si se lleva a cabo sin el bagaje teórico y ético necesario, puede ser violenta con las minorías y sus identidades.

Lo que sigue pareciendo más inquietante de todo es que mencionamos la posibilidad de la casi erradicación del mal, porque erradicarlo por completo es imposible. No estamos exentos de ver alzarse a un hombre que solo desee destruir, el personaje The Joker es muy ilustrativo en este punto, y es más importante porque encarna nuestro profundo miedo a la sinrazón y el caos que evidentemente tenemos presente siempre, como parte de nuestra potencialidad social e individual.

"Hay hombres que sólo quieren ver arder el mundo", le advierte Alfred a Bruce, y también resulta un gran ejemplo porque este mismo arquetipo repite nuestra ciega creencia en la causalidad: al parecer The Joker ha sufrido y busca una retribución para equilibrarse con el mundo, pero esta retribución no es más que el daño por el daño mismo. Las historias que nos permiten asomarnos a nuestras creencias acerca de cómo funciona el mal son reveladoras porque jamás trascendimos un miedo todavía más profundo, detrás del mal, lo inquietante es el descontrol y el sinsentido: de la misma manera que no podemos concebir que llueva y no llueva en el mismo lugar al mismo tiempo, no podemos concebir que alguien desee la destrucción sin causas ni intenciones ulteriores, queremos creer que hay algo que lo explica, un Gran Otro que lo regula todo.

Ya Zizek habló elocuentemente en aquella famosa conferencia sobre Matrix acerca de lo perverso que es concebir un mundo regulado arbitrariamente y los problemas que ello acarrea para la libertad. ¿Tenemos opciones para concebir lo real? La triada sobre lo real que el mismo Zizek propone es pertinente porque más que señalar el camino de la salvación, nos permite disolverlo todo en nuevas preguntas. Y la idea es erradicar el daño, sobre todo el autoinflingido.

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