Soy Víctor Jiménez, hago esta relatoría de hechos por mi propia seguridad, esperando que pueda servir como prueba de mi inocencia en caso de ser necesario, y sabiendo que sirve como un testimonio más de todo lo sucedido en este proceso, que Dios sabe dónde vaya a terminar.
Dados los recientes conflictos en el país, es decir las reformas impopulares impulsadas desde el Ejecutivo y la creciente reacción en contra, he decidido asistir a la marcha más grande del país, aquí en la Ciudad capital, en calidad de espectador. Todo en busca de la información más directa posible, para tener el mejor y más justo de los criterios, apto para otorgar a ambas partes la correspondiente parte de culpa que les toca.
Tomé un camión que normalmente llegaría a Pino Suárez, sin embargo fue detenido antes de que San Antonio Abad se volviera 20 de Noviembre; antes de ese desnivel había un par de motos de la policía de tránsito con sus respectivos elementos desviando el tráfico hacia Eje Central. El pesero debía llegar a su base, vacío, y entonces todos los pasajeros empezamos a caminar sobre Izazaga, era más corto.
Al cruce con Fray Servando, sobre el desnivel, observamos que varios granaderos corrían bajo nosotros, en dirección al Eje 1. Teníamos un lugar privilegiado y sabíamos que algo iba a suceder, porque eran demasiados, unos 200 o 300 en ese momento. Los vimos seguir y apostarse sobre Fray Servando, como en una especie de maniobra de contención.
Otros curiosos estúpidos y yo seguíamos observando desde arriba, como si esa distancia constituyera una zona suficiente de seguridad; seguían llegando más y más granaderos. Se apostaron todos como una legión romana, pero con menos disciplina. Golpearon sus escudos contra el piso y gritaron al unísono, eran como guerreros... quizá más como bárbaros queriendo dar una impresión atemorizante. Corrieron y se formaron de nuevo.
Afortunadamente (creo), no iba solo, Gabriel y Delia me acompañaban ese día, el primero fue convencido por mi elocuencia (que no es mucha) y contagiado por mi interés (que sí era mucho); la segunda iba por invitación, y después se quedó por interés y quizá más por lealtad, lo cierto es que nunca supe exactamente qué hizo que no se fuera justo cuando vio las exageradas proporciones de lo que estaba a punto de suceder; ella evita todo lo que implique ponerse en riesgo a sí misma, y más por cosas así. Es una de esas convencidas del poder de la voluntad (y la comodidad) individual.
Gabriel y yo corrimos hacia un filo del desnivel para sentarnos y observar mejor lo que estaba pasando, teníamos entendido que la Coordinadora había organizado una marcha enorme hacia los Pinos, porque tuvieron que cambiar la agenda de última hora. Los líderes seccionales se habían enterado que habría una gran cantidad de elementos de policía resguardando la Cámara, por lo que era más efectivo acudir a los Pinos, donde también había actividad; más tarde sabríamos que la transformación de la Cámara en un búnker se debía a que ese día se votaría la reforma educativa. Hasta el día de hoy no sabemos exactamente la relación causal de esto, es decir si estaba planeado votar la reforma ese día (nada lo indicaba así), o si la vigilancia había sido tan efectiva que era conveniente dar ese paso; no obstante los hechos fueron que la Coordinadora quedó dividida y a merced de dos flancos.
Por esto nos parecía raro y excesivo el movimiento de los elementos que veíamos, pero todo se tornó más comprensible cuando a través de redes sociales pude leer que los 132 sí se dirigían hacia la Cámara; más tarde, haciendo seguimiento pude averiguar que también "una sección del campamento" de la Coordinadora los acompañaba. En eso, alcé la cara y escuche un ruido, un eco en el puente de gritos al unísono.
Era la vanguardia de la marcha, encarando a la primera línea de policías. Ellos sólo retrocedían hacia sus compañeros, que formaban cerca de 15 o 20 líneas. Fue inútil, la marcha era enorme, y entonces entendimos las proporciones de la seguridad.
Conté alrededor de 7 u 8 minutos, quizás 10, y la marcha no se terminaba, numerosos contingentes (la mayoría de la Coordinadora) seguían atravesando el desnivel. Cada contingente, de algunos cientos de personas, tal vez mil o más, era dirigido por una camioneta con altavoces. La marcha era feroz, el grito era enérgico, uniforme y auténtico. La emoción de estar allí, observando al pueblo tomar lo que es suyo, su país, es indescriptible. Uno se deja llevar por lo que parece la revolución. Era bellísimo, ante la aplastante mayoría, los granaderos retrocedían impotentes, era como si el peso de la justicia finalmente le hiciera notar a la maldad lo pequeña que era (perdóneme por la ocasión, lector, las vulgares dicotomías). Era inevitable no ser feliz y contagiarse de esa muestra sincera de odio por nuestro gobierno, ese que da asco.
Nos cansamos de esperar y temimos quedar demasiado atrás en la marcha, entonces decidimos que era buen momento para integrarnos, yo revisé el GPS de mi teléfono y observé que lo más probable era que el contingente decidiera entroncar con Eje 1 y doblar a la izquierda para seguir hasta el Congreso. Eso veía mientras corríamos para alcanzar a la vanguardia y para no quedarnos muy atrás (aunque seguían saliendo contingentes, yo conté al menos 5 camionetas con sus respectivos miles de personas, más estudiantes, más anarquistas, más agremiados de otros colectivos, etc.). Gabriel y yo pensábamos que si llegaba la acción, estaría en la vanguardia, que ya había logrado hacer retroceder a los gorilas azules. Mientras corríamos, Delia me preguntaba cosas acerca de la situación política y de por qué estábamos ahí y no comiendo en algún buen restaurante. Fui paciente y expliqué lo mejor que pude, intenté exponer mis convicciones, y de paso las de los compañeros, de un modo que fuera fácil para empatizar. Quizás dio resultado.
Caminamos y caminamos, la gente no se terminaba. Nos percatamos entonces del abrasador Sol y de la gracia de tener algunos árboles que dieran sombra. Había algunos vendedores de aguas y refrescos, paseándose en sus bicicletas como si aquello fuese un carnaval, no los culpo. Negocios son negocios y hambre es hambre.
La marcha era tan grande que una vez más nos desesperamos y giramos en el eje paralelo antes del nuestro (donde se encuentra la Merced), decidí que era buena idea adelantar camino por allí para alcanzar a la vanguardia después de que giraran, o incluso llegar antes al Congreso y conseguir una buena vista para observar todo lo que sucedería. Fue una de las decisiones más idiotas que tomé ese día, y nadie se opuso. Era idiota porque para cualquiera que hubiera estado en un evento de esas características, era obvio que cerrarían los otros accesos al edificio. Así fue.
Dimos vuelta a la Merced en vano, intentamos entrar por una calle aledaña y evidentemente fracasamos. Había vallas metálicas de tres metros y camiones de la policía haciendo barricadas que impedían el paso por cualquier flanco. En verdad era un cuartel, la imagen de otro golpe dictatorial a la democracia. Nos perdimos, yo iba bastante nervioso porque era un lugar poco agradable. El olor era siempre fuerte y avinagrado. Las personas siempre trabajando, en lo cotidiano, como si a escasas cuadras no estuvieran miles de paisanos encabronados y desesperados por conservar sus empleos y las pocas garantías que habían logrado ganarse con justicia. Algunos comerciantes y aledaños me parecían hostiles, de hecho la cultura barrial de ciertos puntos de la Ciudad capital es famosa por ser hostil con los extraños desorientados y confianzudos. Por eso yo iba nervioso, alerta y listo para actuar con cualquier reflejo que pudiera favorecerme frente a un ataque.
Gabriel platicaba con Delia atrás (para calmarla, o para evitar que se alterara supongo) mientras me seguían, por momentos notaba que bromeaban acerca de mi persona, lo que me parecía excelente porque mantenía las cosas en un tono jovial, controlado y tranquilo que a su vez nos mantenía dentro de los límites de la cordura a pesar de estar perdidos y en (pensábamos prejuiciosamente) flagrante peligro. En algún punto, después de haber pasado por diversos puestos ambulantes de ropa, comida y otras muchas cosas, prostíbulos clandestinos y callejones destinados al almacenamiento de materias primas legales e ilegales, decidimos volver.
De regreso, vimos a un contingente de policías, unos 25, armados y sin equipo antimotines. Vimos que tenían la intención de emprender desde aquel rincón hacia la marcha, y, paradójicamente, allí creo que todos nos sentimos seguros: es casi universal, cuando eres un habitante urbano, que si estás en un lugar desconocido y que juzgas poco seguro, ver un policía te hace sentir automáticamente protegido (no importa lo corruptos que sean). El alivio nos cayó de maravilla, si nuestro primer plan había fallado, el regreso era perfecto porque iríamos escoltados, al menos hasta la avenida que nos parecía un tanto más segura por encontrarse también vigilada y cerrada al tránsito no local.
Habiendo completado la salida de aquellos callejones, nos dispusimos a regresar lo andado y volver a la gran columna de la marcha, esperando no haber perdido demasiado terreno, Gabriel y yo queríamos observar a la vanguardia y la confrontación. Nos incorporamos al contingente, que parecía haber disminuido su velocidad, nos preguntábamos por qué lo habíamos alcanzado, parecía no haberse movido. No se había movido.
Más tarde, cuando llegamos hasta el frente de los contingentes, supimos las razones que hicieron posible que los alcanzáramos a pesar de la media hora perdida. Justo al frente, antes de que comenzara la avenida Congreso, estaban apostadas la mayor cantidad de fuerzas policiales que yo haya visto nunca en cualquier otra marcha.
Los elementos que vimos con anterioridad en el desnivel habían formado dos unidades, una de ellas había hecho un círculo a la izquierda de la enorme columna de la marcha. Estaban rodeando a los anarquistas, que habían sido entregados por las propias filas magisteriales. La otra unidad se unió a más o menos la misma cantidad de elementos capitalinos apostados delante de las vallas de contención. Tras ellos, había policía montada y al parecer algunos vehículos. Tras las vallas había más o menos la misma cantidad de federales; tras ellos podían verse un par de camiones de la policía local haciendo una barricada; si aún pareciese poco, tras ellos había otro nutrido contingente de federales con algunas patrullas; inmediatamente después, elementos federales de inteligencia que tenían a su control los drones/helicópteros que monitoreaban la marcha desde el aire. Finalmente, detrás de todo aquel brutal aparato, como la joya de la corona, unas tanquetas de agua de la policía federal, listas para arremeter contra cualquier intento por llegar al palacio legislativo.
Por esto las cosas estaban tensas, este fue uno de los momentos más álgidos de aquel día. Los líderes de sección hicieron un rápido balance y decidieron (sabiamente, me parece) que sería imposible continuar sin un costo para el que no estaban preparados. Pienso que quizás fue una decisión difícil, en aquel momento no hubiera sido extraño dejarse llevar por las emociones: a pesar del número de elementos de seguridad, no parecía que estuviéramos realmente en desventaja, más bien, nadie saldría limpio si había confrontación. Y eso hubiese sido bastante revolucionario y un gran primer paso para cimbrar los pilares del statu quo; o hubiese sido bastante irresponsable, como parecen haber juzgado finalmente.
Justo en el momento que se anunciaba que la Coordinadora sólo haría un meeting en su ubicación actual, precisaría unos puntos e intentaría volver al zócalo, la policía capitalina implementaba técnicas de control de masas, habían
encapsulado al enorme contingente que ahora se desperdigaba por la
inacción: relativamente pocos de sus elementos
marchaban por atrás de la marcha para que nadie pudiese retroceder y estaban logrando comprimirnos, como si fuésemos ganado. Para este momento ya había ciertos gritos que reflejaban caos y angustia entre nuestras filas.
"¡No te salgas!", "si te vas a ir, no te vayas sola, sigue a los demás"... "¡no!, no podemos irnos, no podemos dejar a los compañeros solos, nosotros ya habíamos votado quedarnos". Y es que ser acorralado (aunque sea por una ridícula fila de panzones embotados en trajes de plástico, que con el poder de la misma masa hubiesen retrocedido sin remedio) no es una sensación agradable, y la policía sabe que esta técnica es útil para dispersar y aligerar la marcha, porque causa desunión y desesperación entre los inconformes.
Mientras esto sucedía, los tres fuimos a ver cómo seguían marchando los elementos que ya nos rodeaban, para este momento muchos integrantes parecían haberse retirado: había huecos en la calle que otrora hubiera sido imposible observar. Y entonces escuchamos una explosión y vimos correr a una parte de la marcha hacia nosotros, la explosión provenía de donde tenían encapsulados a los anarquistas. Por seguridad de Delia (la excusa que nos dábamos), decidimos acercarnos cautelosa y lentamente. La verdad es que todos los presentes teníamos miedo.
Es más, por aquel momento recuerdo que pensé, "vaya lugar peligroso donde estamos". El ambiente general era tenso y frágil, se podía sentir que a la menor provocación de cualquier bando, las cosas podrían salirse de control y estallaría el caos. No habría piedad. Me preocupaban mis amigos que, pensaba, no sabrían lidiar con algo de esta magnitud, quizás ni siquiera yo mismo sabía.
Los anarquistas no ayudaban a preservar la calma que la mayoría en ambos bandos consideraba prudente (¡vayan a saber ustedes si esto ayudaba a la lucha!). Por esto fueron entregados y por esto había conflictos, ellos querían salir del cerco policiaco. Cabe aclarar ahora, que días después supe que habían sido ellos quienes a la altura del Caballito de Reforma, habían logrado abrir (violentamente claro) un cerco policiaco similar al que ahora contenía a la marcha, para que todos pudiesen avanzar, cosa nada fácil y de un mérito y valor considerables, porque la orden era frenar a la masa allí mismo, y las fuerzas estatales lo tenían hecho.
Una vez más nos acercábamos a la vanguardia para ver cómo iba todo, y en eso vimos una ambulancia pasar hasta donde había ocurrido la explosión, iba escoltada por un par de motocicletas de la policía de tránsito. Estas motos normalmente se dedicaban a patrullar toda la calle involucrada. La ambulancia volvió, era del ERUM, y supusimos que llevaba a algún policía. Se escucharon algunas confrontaciones más, todas ellas menores y ya no llamaron nuestra atención, era como si la masa misma hubiera decidido que no reaccionar ante estos sucesos era lo más seguro para todos en vista del desorden reinante (¿será el mismo pensamiento el que rige en todo el país?); el meeting continuaba y ahora era turno de las organizaciones políticas externas para manifestar su apoyo a través de unas palabras.
En redes sociales podían leerse las notas sobre los enfrentamientos, la cantidad de policías y la decisión de la Coordinadora de volver pronto al zócalo. Llegando a la vanguardia, donde se encontraba la camioneta que encabezaba el primer cuadro de la marcha, pude ver a Silvia haciendo apología de otras causas y de la organización política en la que milita. Más tarde publicarían sus fotografías, de las cuales una se hizo particularmente famosa: ella gritando mientras la nariz y la boca le sangraban aparatosamente. El drama y la autenticidad del momento fueron perfectamente captados, esa foto sería un gran retrato de la marcha de aquel día. Así como gritaba en aquella foto, convencida y animosa, encendida, así la vi tras el megáfono de la camioneta; y así, vapuleada, salía aquel día la juventud popular. Y así también la vimos después, ser abusada por el Estado y los agentes, pero sin perder jamás esa llama.
-Ella va conmigo al seminario de comunismo.- Le dije a Gabriel.
Pasó un rato mientras las agrupaciones terminaban de pronunciarse, a manera de cierre del evento (cosa rara, como si la retirada o la respectiva llegada al zócalo estuvieran fuera de la lucha de aquel día, como si fuera seguro emprender así). Los tres decidimos que sería buen momento para descansar y nos sentamos en la banqueta; todo lo que nos rodeaba ya había mermado nuestra condición, el estrés era patente y también era verdad que habíamos caminado una distancia considerable. Yo tenía algo de sed y fui con uno de aquellos refresqueros a comprar agua mineral. Fue una sabia decisión.
De regreso hacia la banqueta, me encontré a un compañero más, era Ángel, un futuro abogado (y filósofo, espero) muy comprometido con la causa comunista. Estaba sólo, me imaginé que se disponía a retirarse y que su presencia se explicaba por el apoyo que estaría brindando a algún grupo político. Se le veía nervioso y activo.
-No te vayas solo.- Me espetó como consejo (era un buen consejo, irse sólo de estos eventos jamás es buena idea). Lo agradecí mucho porque supe que se preocupaba por mí. Cosa rara, pensé, pues no éramos muy cercanos. Seguramente algo tenía que ver con la euforia que ya había desatado la propia gente, por alguna razón todos estábamos unidos en esta empresa, y más tarde lo comprobaría.
Una vez terminados los formalismos y menesteres políticos, la marcha emprendió con intenciones de volver sobre Fray Servando hasta Pino Suárez para entrar al zócalo. La policía no lo permitió. Si no mal recuerdo, el contingente tomó Roldán hasta San Pablo, para, entonces sí, dar vuelta en Pino Suárez y girar en Carranza hacia la izquierda, y de ese modo entrar al cuadro mayor desde todas las calles posibles, de tal modo que fuese ágil. Nosotros estábamos una calle atrás y decidimos alcanzar a la marcha en San Pablo. Caminamos sobre una calle paralela a Roldán y pasamos justo frente a una estación de policía, y entonces sí sentí miedo de los cuerpos de seguridad.
Sobre San Pablo, al parecer íbamos dentro del contingente de la sección de Tlaxcala, o de Ocotepec, Oaxaca, no recuerdo. Todo iba relativamente tranquilo y se sentía que de algún modo lo peor había terminado. El calor era tremendo y agotador, nuevamente nos percatamos de la brutalidad del sol. Yo decidí usar mi suéter como una protección para mi cabeza. Gabriel me siguió. Esta caminata fue bastante tranquila, al punto de que sólo entonces nos permitimos planear qué haríamos después de llegar al zócalo, o dónde nos desviaríamos para comer y discutir sobre lo visto, su contexto y sus repercusiones. Gabriel y yo queríamos ser testigos de más confrontaciones, o "cerciorarnos de que todo terminara sin más impacto", pues hasta entonces todo había parecido demasiado ordenado y pacífico, cosa que no estimábamos acorde a los ánimos que habíamos visto encendidos en la gente.
Llegando a 20 de Noviembre, sobre Venustiano Carranza, la marcha se dividió, una parte continuó hasta la siguiente calle para entrar por todos los lugares posibles y hacerlo con rapidez. Yo aún tenía mi suéter rojo en la cabeza y Gabriel el suyo, color negro. Pero no fue hasta que, mientras yo seguía a los compañeros que entraban por 20 de noviembre, un policía me dijo -Oye tú, ¿de dónde eres?-, que yo pensé "¡carajo!, los anarquistas están encapuchados, y ante cualquiera, la similitud de ello y el suéter escandalosa y combativamente rojo sobre mi cabeza era demasiado para ser casual; lo mismo para Gabriel y su desafortunada prenda negra". Y luego, casi de inmediato pensé. "¡Qué desafortunada pregunta, no hay respuesta correcta!".
El hombre se dirigió a mí únicamente, mis amigos parecían estar fuera de aquel asunto. Luego dijo:
-¡Ustedes tres, sus credenciales!
Mis amigos estaban dispuestos a colaborar, porque no conocían a la policía de la capital en esta faceta, ni habían tratado con cualquiera que deseara comprometerlos legalmente. Por lo que a mí respecta, debo revelarles ahora a todos los lectores lo siguiente, a fin de que no caigan en esa costosa ingenuidad: ellos no tienen poder sobre ti, mientras no sepan quién eres y mientras no tengan manera física de obligarte a cumplir sus demandas. Afortunadamente yo lo sabía y dije, nervioso y sin mucha elocuencia.
-No, ¿por qué?
Aceleré, el paso, Gabriel y Delia no me siguieron, pensaban que era peligroso hacerlo (y lo era, pero no tanto como quedarse) y confiaban en que no debían: aquí erraba su diagnóstico. Entonces el policía que me había gritado que me identificara se acercó hasta mí y estiró el brazo para agarrarme, yo troté un par de pasos y no lo logró. Vi su cara un par de segundos, vi cómo se dilataban sus ojos y su boca articulaba el grito que sellaba mi suerte mientras volteaba a ver a sus compañeros.
-¡Agárrenlo! - Gritó con todas sus fuerzas mientras arrancaba la persecución. Entonces yo supe que no había marcha atrás y corrí todo lo que pude. Pensaba "mi amiga Patricia (hija de un alto rango del ejército) me ha dicho que no debería correr si una autoridad está en guardia, porque sólo los que tienen algo que ocultar corren". Y me decía "¡mierda!, no hay vuelta atrás, en verdad no la hay, si no lo logras te golpearán e irás a la cárcel, como una estadística más del día, como una comisión más para los granaderos".
Corrí gritando como una chica, con la voz quebrada y llena de pánico -¡Auxilio, me quieren agarrar!- Y entonces casi mágicamente (porque de verdad no sé cómo explicar ese grado de coordinación) las filas se abrían para que yo pasara por el medio e inmediatamente se cerraban para que los policías tardaran más en su recorrido. Gabriel, que vio todo sin necesidad de correr, me informó después que 6 uniformados me perseguían como si no hubiese un mañana.
Yo sólo pude ver un par, cuando, en alguno de esos segundos, me detuve un instante (o la mitad de un instante) para no aplastar a una señora mientras cruzaba por debajo de un cable que aparentemente sostenía una tienda de campaña apostada casi en la esquina del circuito que rodea la Plaza y 20 de Noviembre. Logré pasar entre la señora y el cable, y al mismo tiempo voltear porque creí que habían dejado de seguirme. Vi la realidad tan crítica y seguí, ¡tenía un policía a escasos dos o tres pasos de mí!, pasé sobre un puesto de artesanías y aplasté algunas. Confieso, sin ninguna relevancia para ustedes, pero mucha para mí, que todavía me siento mal por haber destrozado algo del sustento de aquella artesana; en mi defensa puedo decir que era estrictamente necesario y que si hubiese habido oportunidad de explicarle, ella sin duda consentiría que mi libertad valía algunos pesos que se perdieron en mi pisada maestra. Yo sabía (o más bien tenía la esperanza) que llegando a la gran carpa, ninguno de esos hijos de puta se atrevería a seguirme para detenerme. Estaba en lo cierto.
Parece ser que ése fue el obstáculo ineludible de aquel escape. Después de pasar por donde no se podía, llegué al enorme campamento de la Coordinadora, justo bajo la enorme lona que tenía de largo una distancia cercana a la que abarca la plancha. Mi corazón latía desbocado, y una grandísima alegría me invadió cuando pude voltear hacia atrás y no había nadie siguiéndome. ¡Lo había logrado!, no estaba preso ni me estaban golpeando, con más suerte de la que merecía burlé a las fuerzas estatales. Me tiré en la improvisada cama de algún colega, nadie en el campamento pareció alarmarse con mi presencia u oponerse a ella. Pude respirar y en verdad me sentí feliz de no verme limitado ni maltratado (o no con ese grado propio para los detenidos). La libertad, aunque sea en nuestra maltrecha sociedad, sabe muy bien.
Eso y más pasaba por mi mente, yo trataba de calmarme porque mi corazón latía con mucha fuerza y apenas podía creer que se hubieran rendido en algún punto del camino sin alcanzarme. Recuerdo que también pensaba que yo hubiera corrido hasta donde pudiera por escapar, si me iban a agarrar quería que les costara más trabajo que nunca. Me sentí heroico; pero mi creciente narcisismo se vio interrumpido por un pensamiento altruista. ¡Mis amigos! ¿Los habrán detenido? No tenía la menor idea de qué podría haberles pasado. Pensé que en cuanto fuera seguro salir, les hablaría y buscaría.
De pronto, un sonido familiar salió de mi pierna. Era mi teléfono, contesté y del otro lado era Gabriel. Se escuchaba realmente preocupado (una vez más agradecí que también mis amigos fueran muy leales). -Me los chingué, me les pelé.- Le dije, tomando aire.
-Pinche Víctor, creí que te estaba golpeando uno que se agachó.
-Seguro que lo hubieran hecho, ¡pinches puercos!... Bueno, ahorita hablamos, ¿dónde andan? Yo llegué al campamento y estoy dentro de una de las carpas grandes. ¿¡Ustedes!?
-Ahorita te vemos, nosotros estamos entrando.
-Sale.
Sentí mucho alivio y todavía no concebía cómo es que había salido todo tan bien. Pasó otro momento, no aparecían pero pensé que ya sólo era cuestión de tiempo. Llamé a Delia. También se escuchaba preocupada y aliviada, como una madre que sabe que su hijo ha hecho algo tremendamente estúpido pero que ahora se encuentra fuera de peligro. Lo primero que hizo fue preguntarme si estaba bien y acto seguido reclamarme mi imprudencia. Yo argüí, por las razones que ya comentaba, que fue lo más prudente en todo caso. Después de unos minutos de búsqueda, nos encontramos en la carpa donde estaba. Para llegar había que pasar otra sección de tiendas mucho más pequeña, en la cual minutos antes yo creía que todavía me seguían.
Me abrazaron y yo respondí, como cuando se recibe a alguien que regresa de un largo viaje. La alegría se notaba. Un espectador (que quizás vigilaba el campamento) me interpeló mientras salía a hacer algo, se le veía ocupado:
Me abrazaron y yo respondí, como cuando se recibe a alguien que regresa de un largo viaje. La alegría se notaba. Un espectador (que quizás vigilaba el campamento) me interpeló mientras salía a hacer algo, se le veía ocupado:
-Te les pelaste, mano.
-¡Sí!-, dije con auténtica satisfacción y aun hiperventilando.
-¡Sí!-, dije con auténtica satisfacción y aun hiperventilando.
-Qué bueno, algunos compañeros obstruyeron a los policías, ¡qué suerte eh!
Gabriel continuó la plática sobre este punto y me aseguró que él vio a uno agachándose y pensó que estarían sometiéndome en el piso, pero que ahora todo tenía sentido. Los compañeros se habían cerrado después de mi paso y habían jalado y hecho tropezar a las fuerzas del orden. Yo pregunté por qué ellos no habían corrido y por qué seguían libres. Me indicaron que después de aquel grito de "¡Agárrenlo!", nadie más que yo fue el centro de atención, y ellos ya ni siquiera tuvieron necesidad de identificarse. Me contó también que todos volvieron a su guardia desilusionados y desencajados, algunos maldiciendo. Yo no cabía de júbilo, y ese júbilo fue interrumpido una vez más por sus reclamos. Ambos estaban convencidos de que yo había sido muy imprudente.
Mientras discutíamos aquello y yo les exponía las razones básicas de por qué no hay que confiar en un policía en aquella situación, o mejor dicho, por qué sólo son confiables en contadas ocasiones, resolvimos ir a comer al local que era propiedad de quien se decía inventor de las tortas.
Expuse calmadamente que las fuerzas del orden tienen la obligación de reprimir, ser brutales y hacer detenciones ejemplares para desmotivar la manifestación de aquellos que pudieran estar inconformes con el Estado. Expuse también que no había que ser un genio para saber que las detenciones son arbitrarias y se dan en contextos rápidos, donde los detenidos están desorientados y son obligados en segundos a ceder a las demandas de los uniformados; esto por la sencilla razón de que, una vez más, en estos eventos importan las cifras (casi seguro que también les dan algún bono por detención) y el espectáculo: entre más brutal y más detenidos, mejor se da el mensaje y (algunos) más disfrutan las detenciones. También hablé de nuestra posible identificación como anarquistas, por los suéteres que nos habíamos colocado en la cabeza. Y por último les hice notar que a la interpelación de aquel elemento no había respuesta correcta: ¿de dónde éramos?, era una pregunta que requería que nos frenáramos y fuéramos vulnerables ante sus otros 15 compañeros (mínimo), sin tener en cuenta que si no éramos parte del magisterio, automáticamente éramos sospechosos; y el magisterio era reticente a abrir sus filas (cosa patente con los anarquistas, ¡hacía apenas unos minutos!), por lo que si nos identificábamos como maestros, corríamos el riesgo de ser entregados, y si nos identificábamos como cualquier otra cosa (y más como estudiantes), seríamos detenidos al instante.
Parecí haberlos convencido con aquello, a pesar de haberme trabado un poco mientras lo decía, ello porque no dejaba de experimentar cierta paranoia después de aquel suceso: sentía que cada policía que nos veía me reconocería y me pediría detenerme. Ahora, yo no tenía más fuerzas para huir, y además ya no era necesario, mi contexto (creía) apuntaba más a mi inocencia que a mi culpa: ya con los suéteres abajo, ninguno de nosotros tenía pinta de "revoltoso", caminábamos sobre Madero como cualquiera y nos veíamos tranquilos, por azares del destino nos desviamos, y al llegar a Eje central, constatamos que habían cerrado Madero a esa altura, con más vallas metálicas. Fuera la calle que fuera, yo sentía muchas miradas de los elementos aún, afortunadamente no hubo más altercados hasta el restaurante.
Mientras tanto, yo seguía al pendiente de las noticias en redes sociales, los últimos y más confiables reportes informaban sobre las detenciones arbitrarias que habían comenzado desde que la marcha se dirigía al zócalo de regreso. Los puercos aprovecharon la entrada segmentada del contingente por las calles que rodean la plaza para tener dando vueltas a buena parte de los manifestantes, haciendo pesquisas como la que intentaron contra nosotros. Ese día no se detuvieron maestros, incluso creo que se detuvieron sólo estudiantes, entre ellos Silvia, en cuya detención se realizó la famosa foto.
Informaban también de intervenciones a las estaciones e incluso a los trenes del metro, con tal de capturar "sospechosos". Para ser "sospechoso" sólo se requería pinta de universitario, pues ya en el metro no había manera de comprobar absolutamente ninguna participación. Con toda esta información, no nos costó trabajo formular la teoría de que, una vez que la marcha logró debilitarse (después del meeting), la policía (o el alto mando, el gobierno) decidió fragmentarla y tenerla dando vueltas por las calles aledañas a la plaza, filtrando maestros y "sospechosos"; creemos también que en la táctica usaron una especie de anillo por las calles, para no dejar pasar a nadie más: era como una especie de corral para desmoralizar y desintegrar mientras daban vueltas, hacerlos sentir perseguidos y ante el menor intento de salirse del lugar o entrar al zócalo (es decir, de ponerse a salvo), hacer uso de la fuerza.
Hubo lujo de violencia y tortura; múltiples videos, fotografías, documentos y procesos legales constatan todo esto. Todavía hoy se encuentran detenidos algunos que, a juicio de la autoridad y a pesar de numerosas pruebas, no lograron "acreditar su inocencia"....Ese pinche gobierno cabrón.
En cuanto a nosotros, comimos deliciosamente y volvimos a casa. Yo jamás había valorado tanto la libertad, pero precisamente por eso, estoy seguro que volveré a participar en esto muy pronto, porque no voy a dejar ganar al opresor así: una cosa es que las marchas estén, por lo general, condenadas a la irrelevancia, y otra es que una camarilla de mafiosos fascistas pretendan que tirándole sus perros al pueblo se vuelven intocables y capaces de desmantelar el país para beneficio de sus sucios bolsillos. Si nos metieron al chiquero, por lo menos limpios no van a salir; y si el único descanso que tengo es gritarles lo que valen para mí, y manifestarles mi opinión sobre su desempeño, no me voy a callar. Y si en una de todas esas ocasiones, casi por pura probabilidad, logramos hacer que se tambaleen y nos teman, o algo más, todo fracaso habrá valido las pérdidas.
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