15 may 2014

Bucle de ocho minutos en un día cualquiera

Cierro los ojos y me imagino dramático, romántico y mediocre, vuelto loco; que el colchón debajo mío se extiende por toda la habitación, todas las paredes son así para que no me mate (porque lo haría). Escucho música apropiada. Y antes sonaba Pink Floyd, su disco del 94, que es mi favorito. Y ahora los Artic Monkeys, que sonarán en mi cabeza un buen rato.

El ruido rebota en las paredes, nada se escapa, todo vuelve a mis oídos, y a la grabadora que está conectada en un contacto desvencijado de la pared. En realidad las paredes no son de colchón, por si te lo preguntabas, y tampoco me volví loco. Mi cuarto es bastante común, quizás más de lo que usualmente me place aceptar. Me gusta.

Como mi musíca, mis otros gustos también son harto comunes, y mis sensaciones lo mismo. Visto pantalones promedio y una camiseta ordinaria, de esas que hacen por montones para gente como yo. Pero me gusta, me hace sentir distinto, justo como a otros. Bueno, me gusta hasta que me doy cuenta.

Mañana comienzan mis vacaciones, será un verano maravilloso, y eso sí que es digno de celebrarse. Pero tengo miedo, de mí y de mis idioteces, aunque eso siempre sea un riesgo, y aunque no pueda hacer otra cosa, ¡porque no quiero pues! ¿qué somos sino nuestras decisiones? Eso me recuerda, debería dormir un poco, hay labores mañana temprano, y aún no termino las de ayer ni las de hoy.

Igual no deseo contenerme, y ni siquiera me preocupan en verdad las estupideces (eso sería estúpido), más bien me preocupa la depresión post-idioteces que suelo experimentar. Si pudiera omitir ese paso (y de hecho varios más) todo sería más fácil, ni siquiera pensaría en el futuro... igual y también acabaría matándome, pero no de tristeza. Y pensándolo bien, tampoco pienso, ni mucho ni bien, en el futuro, porque no vale la pena; primero, jamás lo hice ¿por qué empezar ahora?; segundo, es azaroso e inseguro, más fácil sería ganarse la lotería que hacer un plan de verdad. Hacer planes sí es venderle el alma al diablo, es como ponerse grilletes y encerrarse, o abrirse las nalgas frente a un sátiro, ¡y por nada! Uno jamás sabe si eso va a resultar, es más, uno puede morir en el intento. Y si no en ese plan, en otro. De todos modos, lo difícil siempre es ganarse la lotería, me pregunto entonces algo que parece no dejar nada a salvo: ¿para qué?

"Find what you love, and let it kill you". Cuánta razón tenía ese vejete borracho, quien a juzgar por su vida, tampoco planeaba demasiado. Es un señorón que respeto más de lo que él aceptaría que merece; diría que soy otro lamebotas como cualquiera, y quizás también un pelmazo, un iluso y un mantenido (y por esto último quizás me tendría algo de estima). Mañana mismo me dirigiré a hacerle los honores pertinentes, a vivir la vida como es debido y a despojarme de mis ídolos (incluido él), a menos que mi voluntad me lleve en otra dirección, que es lo más seguro. Y seré feliz, como ahora que imaginaba que estaba loco; o por lo menos durante un momento brevísimo, ese de éxtasis donde eres rebasado por fuerzas oscuras y no tienes poder para sopesar nada, fui feliz.

Esas barbas blancas pegadas a un alambique con patas sentenciaban de igual modo que escribir es un pecado, a menos que esté rugiendo dentro de ti, que algo incontenible puje por salir. Está saliendo y lo siento, es el culmen de mi pobrísima edad y de lo mejor que puedo hacer. Y me gusta, muchísimo, casi diría que estoy orgulloso. Hago una pausa, respiro lentamente, vuelvo hasta mi cuarto que es normal y no tiene paredes de manicomio, vuelvo de la historia presente y de la compañía de la muerte o de su idea, con el alma entera o casi entera; pero eso sí, más muerto, con varios segundos menos de vida y con un rugido más sabio y sólido. He intentado que valga la pena, pero eso no será así hasta que alguien me lea, porque siempre se escribe para otro así como se es para otro (es decir, por otro), aunque ese otro sea uno mismo, en otro momento y en otro lugar, a distancia de las letras y de las huellas que en esencia son lo mismo.

Prosigo, aquí es necesario que pueda controlarme... ¿es necesario? No, miento porque sigo teniendo miedo de mí, y de arrastrarme como debería, de enlodarme como me lo exige la vida y la muerte; miedo de ser y de hacer, miedo natural. Mañana concluyo las obligaciones que tenía con las personas que esperaban algo de mí filosófica faceta, en dos meses vuelvo a esa dinámica, que también termina matándome poco a poco, pero que no es tan mala como otro tipo de muertes, de seres y de compañías. Tengo tiempo para revolcarme, ¿tengo cojones para ello?

La muerte es una constante, es el infierno que, como una impertinente y monumental juerga (porque se alegra de joder), no deja dormir a sus vecinos del paraíso. También es el barranco de la carretera, es algo oscuro, rabioso e indeciso. No me gusta, es demasiado recalcitrante, es demasiado paciente, acechante, casi como un torturador, como un perverso. Fíjate:

Fumo un cigarro y ahí se posa, en las frágiles cenizas; a veces, para joder más, me las tira encima, justo donde no se pueden sacudir; o me hace voltear a verme, ahí donde tengo impotencia o un defecto, muerto y gris como la ceniza del pitillo... "fumar causa cáncer". Yo sólo pienso, "Qué imprudencia".

A veces también aparece en el fondo de mi vaso, con alguna treta parecida; y en la orilla de las pizzas tampoco me salvo, en la última letra de esta historia, o en el orgasmo caliente de la pareja que no tengo, etc., ahí está. Uno jamás está solo, ahí está la muerte, susurrando, moviendo los árboles o la tierra, o cantando implacable a capella. Ella sabe que la escuchamos, que la tenemos encima y le hacemos servicios, la llevamos a donde quiera, la acurrucamos al lado nuestro, le cantamos también y jugamos al dominó o al parchís. Nos gana.

Sería bueno no recordarla unos minutos, ser animales vivaces y espontáneos, lunáticos y glotones. Esa bondad nos causaría felicidad extrema, tanto o más que la morfina u otra de esas cosas que sacan lo peor de nosotros: el olvido. Un olvido tan reconfortante que posibilite una sonrisa inocente, de niño idiota, idiota en serio por no saber ni querer saber nada. Ya volví a mi cuarto, perdón por el abrupto, pero recordé algo que no viene al caso. Siento mis manos, y las teclas, y una melodía que me pone de buenas, que quiero cantar con alguien, ahora, con alguien menos con la muerte.

Veo el espejo, me veo a mí. Estoy solo, porque soy egoísta, porque no veo que en verdad no lo estoy. Me acompañan otros como yo, pequeños lisiados esperando morir, oyendo y viendo cómo sucede, cómo ya casi llegan; pequeños incompletos, y entre más incompletos, mejores en este mundo, vivaces y ambiciosos cerdillos estafadores, se pelean por llegar al matadero primero. Caminamos juntos, o en contra, o corremos; nos tomamos en serio y nos ofendemos, o nos reímos porque nos tomamos más en serio creyendo que al no hacerlo somos mejores. Algún día llegará la hora y el lugar, y ahí sí estará la muerte. Aquí no, sólo está el espejo y yo, pero yo cada vez más viejo y más confundido. Quien tenga seguridades después de haber pasado mucho tiempo acá es un mentiroso o un pendejo, no le hagas caso a menos que te haga reír, eso sí es honesto, sólo así se puede aceptar un dogma.

Pienso, y me interrumpe un sonido grave y potente, me aturde. Me estremezco con su saludo. La muerte trama fiestas por la vida. Nunca han estado separadas, pero sí son distintas. Una termina donde empieza la otra. Es como sonido y silencio... ¿cuál será cuál? No es tan predecible, no es para nada obvio que el sonido sea la vida. El silencio es mucho más rico y vivo, es pletórico, es asquerosamente abundante, tanto así que no lo soportamos. El ruido es pura e impertinente interrumpción a su majestuosa y abundante aparición. El día que nos respetemos a nosotros mismos, o que nos resignemos, nos vamos a callar, o vamos a apagar la luz, porque pasa lo mismo con la oscuridad.

Pero también lo otro es verdad, "nada vale temer a la muerte; mientras yo estoy, ella no está, cuando ella llega, yo ya no estoy". La muerte nunca acaba de llegar, se anuncia, grita y calla que viene, y se ve y no se ve acercarse; se escucha el ruido o el silencio sordo, absorbente, envolvente, desgraciado y total. Roza la oreja, rebana el flequillo y traba los párpados, pero no termina de hacer contacto, no sonríe aún para que la siga, no pasa de la puerta aunque la invite y no me jode a quemarropa; en realidad no la vi y no la oí, porque no sé qué es ni cuándo va a llegar, sólo sé que soy demasiada carga, algún día habrá que dejar de existir.

¿Setenta años después? ¿Ahora? Acabado y siendo muy sabio, habiendo criado seres que tendrán el mismo destino, cual sacrificio pagano, como guiar cerdos a un matadero. A mi me importa bien poco porque ya me voy y porque llevo veinte años de ventaja; por fin la voy a conocer, si no se me escapa, o si no me escapo yo. Ninguna de las dos pinta mal, pero tampoco es la gran cosa, mi cuarto es un colchón gigante.

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