23 ene 2016

Tiempos de guerra




Estimado Coronel:

Es bien sabido que el conflicto amoroso le es más afín a cierto tipo de hombre que a otros, y es probable que la siguiente historia constituya una bella excepción, aunque se trate de una tragedia. Queda usted advertido.

Contábase el mes décimo del año catorce cuando dos jovencitos se conocieron. Ella era un grandioso ejemplo de lo que uno imagina cuando se pronuncia con inspiración la palabra mujer. Y yo era prácticamente lo que sigo siendo ahora, después de que todo ha terminado: un joven ambicioso e insulso que de lo único que puede estar seguro es de dudar por siempre y en todo momento acerca de cualquier cosa, al menos potencialmente.

La historia comienza cuando por casualidad soy invitado a un café o a una tienda de vinos por la señorita en cuestión. Ahí me di cuenta de que además era una persona muy interesante. Será bueno decir que yo ya había notado el brillo de su inteligencia y alguna que otra jocosa contradicción que me produjera curiosidad. En fin, todo aquel conjunto hizo que me decidiera a seguir con el intento firme y tácito (casi secreto) de dejar de estar solos.

Pasaron los días uno a uno, lentamente. Por muchas razones, a mí me parecían como ráfagas, oleadas de tiempo que ni tenía en mente con claridad ni podía sobrellevar. Una de aquellas razones es que esta historia tuvo su drama accesorio. Fue un amor de coyuntura, un amor de barricadas (si las hubiera habido) y marchas, un amor fugaz y potente. Fue un amor más auténtico, pero destinado a morir; usted sabe, algo ideal y breve, romántico en todo sentido. Cuarenta y tres desaparecidos en Iguala, Guerrero. Con anuencia del gobierno. ¡Qué golpazo! Y en nuestra escuela, unos levantados y un tiroteo, eran momentos realmente inestables. Y al calor de todo aquello nos conocimos mucho más, pero debo volver a la historia que contaba.

Opinando sobre lo sucedido y lo posiblemente venidero, en aquel café, pasaban la tarde un par de almas condenadas, un par de pies sin cabeza. Sabían que la izquierda tenía problemas y que tenía que ser renovada, discutían al respecto. ¿Qué haría la facultad? ¿Cómo haremos que se involucren? Y así estuvieron un buen rato. También hablaron de poesía, bueno, ella habló un buen rato y yo sólo escuché.

Por momentos en verdad parecía que eso tenía futuro, había opiniones que agradaban del uno al otro, había unas ganas carnales inocultables, había amor. Era inevitable, aunque por puras buenas costumbres me reserve los detalles, sí es lícito decir que consumar aquel vínculo fue muy placentero. Tampoco tuve tiempo de pensarlo, y mejor. Resumo entonces.

Esa noche, Ella me contó bajo unas sábanas translúcidas y con voz de sirena milenaria, lo siguiente:
"Yo vengo de un lugar lejano y allá he sufrido mucho, yo vengo porque tengo esperanza y porque soy más fuerte que la vida y que la muerte. Yo vengo porque he sobrevivido para vivir. Vengo porque quiero tu compañía, vengo porque te quiero."

Y yo enmudecí, callé atónito como si mirase el mar a medianoche. No supe qué decir. Por supuesto que la quiero, pensé. Por supuesto que me gusta. Más bien que no encontraba ninguna razón para oponerme y aun así algo me decía que debía hacerlo. ¿Era acaso mi oscuro hábito oposicionista otra vez, ese que jamás me ha dejado en paz y que me obliga a actuar contra los idiotas? ¿Operaba ahora contra mí mismo?

Tal vez, pero nunca he podido negarme a aquella dulce y punzocortante voz. Y no empezaría en esta ocasión; valían más mis profundas y casi inermes convicciones, valía más yo y mi esteparia soledad (si se me permite un guiño). ¿Sí? ¿No le estaba cerrando la puerta a algo tremendamente prometedor con base en cualquier cosa? Tal vez sí, tal vez no. No lo sabremos hasta que tenga la fuerza (o la certeza) para dudar de mis propias dudas.

Pero no todo fue decidido en la intemperie de las alturas conceptuales, ni en las arenas de la pureza y los altos motivos. Yo le contaría, Coronel, los pormenores de mi decisión (que si ella grita demasiado, que si a mí me gusta demorarme en muchas cosas, que si ella tiene un carácter difícil, que si yo soy huraño, etc.), pero ahora me parecen tan irrelevantes que los confino incompletos a un paréntesis. Y por una buena razón: se los hubiera perdonado a cualquiera, los hubiera pasado por alto por cualquiera, lo he hecho. ¿Qué es distinto ahora?

Imagínese, Coronel, que recorremos el tiempo dos meses hacia adelante. Año catorce y último mes. Ella y yo seguimos saliendo pero, por ejemplo, he vuelto a hablar con mi pareja anterior, en un intento desesperado por escapar al compromiso que intuyo posible, sólido y duradero.

Vivo en constante desilusión porque mi doncella no materializa mis inmaduros ideales, o eso creerá quien no esté de mi lado. Vivo en desilusión y desesperanza porque no he logrado transmitirle mis ganas de estar, de vivir y hacer. Vaya que lo he intentado. A tal punto que aquí la versión es que ella no es precisamente una mujer que pueda hacerme realmente feliz. Para colmo, ni siquiera me gusta tanto como me gustaba cuando comencé toda esta campaña, ahora no sé cómo retirarme. Me siento como Napoleón en Waterloo, y es por esta inmanejable crisis estratégica que le escribo.

Mi apuesta más fuerte hasta ahora es que tengo que esperar a ser derrotado, esperar la muerte en el corazón del invierno. Hace mucho que descartamos una salida digna y decorosa.

Hasta la victoria, siempre.

                                                                                              Comandante de las tropas del Frente Oriente.

22 ene 2016

Los minotauros del laberinto



Recientemente he comenzado a pensar que yo no soy yo, o mejor dicho, qué pasaría si yo no fuera yo. O no exactamente que yo no fuera yo, más bien que yo no sólo soy yo. Pero entonces, ¿quién o qué sería yo?
He creído toda mi vida que soy el mismo, pero últimamente se me sugieren personalidades completas, un cúmulo de sensaciones con sentido propio que predican como mejor pueden y pugnan porque su apreciación se imponga sobre las demás configuraciones posibles que se manifiestan o se me ocurren. Divagan dentro de mí hombres distintos, a veces mitad bestias y otras veces totalmente salvajes, todos dan de tumbos esperando salir, hacerse del trono dorado de la consciencia y alzarse sobre la confusión. Pero eso está bien, se supone que como filósofo estoy facultado para manejar ese tipo de quimeras mentales, incluso es deseable que me ocurra para no perder la práctica. Es como si para todas mis fieras se me hubiese obsequiado un látigo con mi título de graduado.
Pero cierto día un minotauro me tomó por sorpresa y, para evitar que me atravesara el esternón de una cornada, le revelé el secreto para salir del laberinto. Se trata de creer en uno mismo, de formar identidad y hacerse con las riendas del cuerpo. Las ideas se vuelven uno mismo a un precio altísimo: una vez que tienes claro el camino dejarás paulatinamente de aprender, a menos que estés dispuesto a cuestionarlo todo, y con ello a modificar lo que eres.
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Pero cuando uno mira que, aun habiendo ganado el trono y con el látigo en la mano, no se es un juez entre las partes, sino una modesta pieza a merced del contexto, que evalúa según una humilde y limitada perspectiva, entiendes lo importante que es formar un criterio propio, una especie de mirador ideológico en el que vigilas todo lo que en verdad crees y, según tú, ha pasado por los filtros más altos que ha podido ponerle tu propia razón, en la que confías todo lo que es posible porque no encontraste otra cosa mejor.
Luego entiendes que esa explicación palidece si prestas atención monacal (o perversa, obsesiva, ninfómana, da igual) al objeto mismo, a sus movimientos, a sus manifestaciones y a lo cercano de él que percibes frecuentando su presencia, y sólo entonces es probable que estés capacitado para hablar sobre la verdad. Pues de este modo híbrido entre la estimulación y la razón es como se crean las versiones del mundo, las personalidades y los seres, las aficiones y los odios, y todo cuanto acontece según la condición humana, nos demos cuenta o no.
Aparentemente, de este modo el compromiso teórico de cualquier afirmación se pone severamente en entredicho, por las implicaciones inevitables de los factores subjetivos. Lo que sucede en realidad es que todo está impregnado de localidad, cada explicación debe hacerse según el contexto, de acuerdo con las características específicas de los individuos en cuestión. En este orden de las cosas no hay sinsentidos sino retratos incompletos o imprecisos, pues no hay universales más allá de un conjunto de individuos diferenciados, que no son más que algunos de los posibles resultados de las reglas de funcionamiento natural. Reglas accesibles a los hombres y expresables según constantes dentro de sistemas de variables, pero también difuminadas y achatadas por las interferencias naturales de la comunicación. Variables interpretadas según sistemas de fluidos, regulados según la química de la vida. Y así de sistema en sistema, de nivel en nivel, repitiendo la misma estructura, formando otro extremo del enorme fractal universal.
Esa es la (LA) verdad universal, la que se trafica en lo oscuro de la teología bajo nombres secretos y estrafalarios, la que prometen los filósofos impotentes, la que intuyen las matemáticas y la que puede visualizar la razón por sí misma frente al espejo del mundo, en el clímax de su locura y probablemente sin poder conservar más que un boceto, una fórmula o unos números, al fin una descripción fría y mortificante. Sin saberlo, por ella han vendido su alma algunos hombres, y lo seguirán haciendo los que se dejen convencer con facilidad por su orgullo y avaricia intelectual.
Así la lógica primigenia prevalecerá comandando tras las sombras y entre el silencio para la mayoría, pero de entre quienes la ven, la gran mayoría de esa minoría quedarán ciegos, incapaces de volver a ver otra cosa durante su corta existencia que no sea su especulación rebotando en la inmensidad de lecturas posibles de la inmensidad de variables involucradas en la explicación de la totalidad: resulta que quien en verdad eres permite que lo entiendas de mil formas distintas, según consideres la unidad de los cuerpos que lo conforman.
Para cada respuesta humana, siempre habrá cien formas alternativas igualmente razonables y probables para explicar el fenómeno en cuestión. Para cada palabra que pronuncie un iniciado, habrá una contraria totalmente válida que él mismo conocerá o debería conocer. Pero entre toda esa palabrería de sabios habrá oculto un latido, un gruñido animalesco, una estructura que florece.
Se trata ni más ni menos que de la esencia de las cosas, aquello que lo atraviesa todo, y es todo, desde la eternidad. La esencia de las cosas aquí, la esencia de las cosas allá. Esta esencia es compartida por todo lo existente y es realmente sencilla de comprender. Se trata de aquello natural e incuestionable que impulsa a todo lo que es a seguir siendo, a resistir a las fuerzas que constantemente lo ponen a prueba y lo desgastan. Una ciega voluntad, un decir sí. Para quienes son malos con las palabras, esta es la otra cara de la moneda que les resultará inconfundible y conocida, esta es la verdadera (y única) identidad. Sólo vayan a la naturaleza, observen cómo todas las criaturas buscan imponerse unas sobre otras, cómo todas las fuerzas se prueban.

Unas sobre otras, como una progresión, como una constante, como (otra vez) una expresión universal. Unas sobre otras como sólo puede ser posible en esta realidad. Unas sobre otras como las olas del mar, como los desatinos de tu vida amorosa, como los tornados en el desierto, como las responsabilidades sobre tus hombros, como tus pies encima de otros, etc.