quiero ser condenado.
Porque mi pluma no se calla,
pero a según, grita o susurra.
Escribe aún sobre cadenas
y trepa muros de silencio.
La censura es para ella
lo que Atila para el Papa.
Ella reteja los valles y montañas,
y aunque no muy hábil,
su inocente espíritu la acerca
a los cielos y a los pozos
a lo que estruja corazones
y a lo que deja sin aliento.
Mi pluma libre sufre mucho
y llora lo que no lloran tus ojos.
Mi pluma vuela alto y ligero,
mi pluma garza de las costas.
Ama con furioso incendio,
le gustan los sueños gigantescos.
Para siempre busca y deja
cuenta entera del pasado.
Como quien grabase en arena olvidadiza
unas huellas que el camino
recibió como sordos martillazos.
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