Mi generación, como todas, está aqui para romper paradigmas. Si bien vivimos usualmente entre cosas que son algo vacío, de ellas emergen grandes columnas de últimos sentidos: sendos gritos de existencia y de batalla. No solo queremos espacio, queremos ser sin más, y porque sí.
El mundo jamás ha visto mayor pérdida de tiempo que tener que hacer defensa de la pureza, de las intenciones verdaderamente valientes y buenas. Por ello, el modo de ser que nos corresponde va más allá, no se trata de responder sino de retirar la pregunta y de volver al origen, sin por ello dejar de reconocer el camino andado. Se trata de literalmente co-rresponder.
Esta consciencia, este volver, hace que seamos auténticamente, sin más que lo que siempre hemos sido y lo que llevamos ocultando tras siglos y siglos de civilización, tras magníficas construcciones e inacabables tratados: pura voluntad y puro deseo.
Deseo de esto o aquello, deseo incesante. En consumarlo nos consumimos, y somos felices. Esa será acaso la luz que hemos de dejar a otros seres perdidos en la existencia, serán las huellas de cada uno de nuestros pasos sobre aquello que quisimos caminar como un camino. Breves pero profundas, críticas e implacables pero también amorosas y honestas. Si Dios quiere, jamás nos apagaremos, y brillaremos en otros como siempre ha brillado la rebeldía, dejándose entrever y saboteando el orden, haciendo grietas en el edificio perfecto, desbaratando sus cimientos de cínica mentira.
Por eso, si te repugna lo que ves, si no te llena lo que tienes, y si preferirías estar muerto o, mejor dicho, ver morir la decadencia que te rodea, eres mi hermano. Reconoceme y reconocete, sólo nos tenemos a nosotros, somos un puñado de sal que flota aleatoriamente por las aguas. Y prendernos fuego es prenderle fuego al mundo, al pinche mundo.

