26 may 2014

Irse y quedarse

"Este mundo nunca ha sido de los miedosos", o eso decía mi Padre, a quien odio profundamente. Cierta mañana yo me disponía a partir hacia la escuela, abrí la puerta y giré para despedirme genéricamente, entonces solo pude maldecir internamente (o a gritos, no recuerdo) a mi Padre, que moría sentado a la mesa, su cabeza caía justo entre su plato y una caja de cereal. Lo vi en sus ojos, vi su horrible cuerpo caer sin vida en la tabla, vi al infarto llevándose el aire de su cuerpo.

Pude haber corrido hacia él, hacia lo que quedaba de él, pero me quedé helada, la tristeza me invadía; nunca pude decirle cuanto lo quería... no puedo más que odiarlo con todas mis fuerzas, ¿por qué se fue así? La crueldad de aquel momento me hizo deshacerme de mi fe y de cualquier esperanza: un Dios de verdad jamás permitiría esas tragedias. ¿No es nacer una tragedia?, ¿no es nacer para estas cosas una tragedia? Llamamos a una ambulancia para probar suerte, y nada cambió. Yo ya sabía, yo lo vi irse, casi a la fuerza pero sin hacer alboroto, más bien dejándose llevar por quién sabe qué fuerzas, yéndose irresponsablemente, agotado y egoísta.

Desde esa mañana hasta hoy, canalizo mi odio, me lo trago, lo saco a gritos, a susurros, en oraciones. Nada sucede. Dios no responde, y menos mi Padre. La vida es detestable, la vida hiede.

¿La vida es detestable? La pregunta ofende, no me voy a poner a filosofar. La filosofía hizo de mi Padre un valiente, lo hacía un hombre reflexivo, pero tal parece que no lo hacía inmortal, vamos, ni siquiera le permitió quedarse y arreglarse conmigo. Escribir sobre él no me cura. No hay cura. "Este mundo nunca ha sido de los miedosos", y hay que continuar, o eso diría ese feliz vejete que se lo había ganado todo, que nos restregaba su éxito.

Pero estaba exagerando, la verdad es que sí pude decirle cuánto lo quería, sólo que esa mañana no pude. Nos habíamos peleado, era de esas peleas que una cree que se solucionan al final del día o de la semana. Sería demasiado chantajista y lastimero que les dijera aquí que la moraleja es no pelear con los seres queridos. Sería ingenuo de mi parte... sería una pendejada. Esto sólo es mala suerte que la llena a una de dolor, ciertas casualidades que revelan la injusticia intrínseca del mundo. El misterioso azar que tanto resulta en la más feliz de las comedias, como en la más decadente de las tragedias.

Los humanos no somos pacíficos, hacemos cosas sin pensar suficientemente y somos agresivos. Creemos tener razón y sólo eso nos importa, hay vanidad en cada fibra de nuestro ser. Y lo peor:  a pesar del azar, solemos lastimar mucho más a los seres más importantes, es casi como una relación proporcional precisa y meticulosa. Él también tuvo la culpa (odio que haya tenido la culpa).

Fueron las llaves del auto, o la hora en que llegué, o mi falda demasiado corta, ¿qué más da? Fue un asunto de mi persona y su retorcida visión del mundo, quizá una disputa en la cena. Mi Padre y yo jamás nos llevamos bien, jamás nos llevamos. Acaso era como una parodia de los vínculos humanos naturales,  era una relación donde uno pedía y el otro daba, ya fuera comprensión, dinero, indulgencias, consejos, etc., tampoco importa.

Es cierto: me da miedo, y esa frase resuena en mí. Estas líneas me confiesan. He pensado en alcanzarlo, pero soy muy joven, y tengo miedo. No estoy lista para el mundo, no estoy lista para irme ni para quedarme, no puedo decidir. La gente suele creer que soy valiente porque estoy sola, pero no. La gente suele creer que no tengo miedo porque no me acerco al mundo, pero "este mundo nunca ha sido de los miedosos". Ahí está la profundidad, ahí está el vínculo con mi Padre, una disputa, una diferencia de enfoques. Eso éramos mi Padre y yo.

¿Y luego, qué esperan encontrar aquí? ¿Un final feliz, un final triste? Esto no tiene final, esto es el intermedio, una historia de entremés, mía y ahora de ustedes. Esto es lo que hay, y cuando se acaba no es un juego, no es un divertimento literario, cuando se acaba ya no hay nada que escribir ni que decir. Cuando esto termina, lo único que se puede hacer es guardar un silencio sepulcral, como mi Padre y su asquerosa expresión de cadaver. No se tomen tan en serio porque el final es nada, es permanecer inmóvil a cualquier provocación, es ser innecesario. Mejor, cuando acaben de leer esto, tomen sus cosas y salgan a vivir, no se queden pensando.

Mi madre sigue aquí, y mi hermano. No los odio, pero son irrelevantes, porque todo está bien con ellos. ¿Ayudarlos, por qué no? Pero no puedo ni conmigo misma, además ellos están bien dentro de lo posible: son fuertes y no temen. A ellos no les importa que haya que seguir aquí de modo inevitable, que uno tenga que pararse y encarar la alteridad; es como si tuvieran un instinto que los guía hacia ello mientras se sacuden el dolor como si fuera polvo, es como si no hubiera espejos capaces de reflejarlos. La reflexión no existe para ellos, no hay autoimagen, sólo un camino adelante, muchos pasos por dar hacia el futuro brillante. No los odio, a veces los envidio.

Por eso a mi Padre le gustaba mi madre, le encantaba su ingenuidad de niña estúpida, y mi hermano le producía ternura. Yo me parecía a él, solíamos no poder salir de nosotros a pesar de cualquier contexto. Así tuviéramos un paisaje hermoso enfrente, siempre volvíamos a la revisión de nuestros espíritus, a menudo éramos tachados de antipáticos y solitarios. Eramos hasta cierto punto rivales, iguales que se repelen, competíamos por la virtud. Pero no más, "este mundo nunca ha sido de los miedosos", pues no quiero estar en él.

¿Le importa a alguien? Lo mejor es hacerse tonta. "Este mundo nunca ha sido de los miedosos", ¿de verdad es lo único que me dejó? Esa frase, esa pinche frase ¿es todo lo que pudo decir? Parece que se burla de mí, que me toma a menos, me subestima. No sabe a quién crió... ¿por qué me crió?, ¿estoy obligada a estar de buen ánimo en un lugar donde jamás quise estar? Mi madre llora y mi hermano también, se duelen por lo sucedido pero están bien, yo viceversa. Yo intento comprender por qué mi Padre era valiente, por qué nunca se rindió, y lo más triste, por qué jamás me enseñó esas cosas. ¿Qué me enseñó? Quizá él también tenía miedo, quizá presencié su rendición, lo que ví era un escape y no una muerte.

Bueno y qué, me quiero quedar de todos modos (a veces no es tan distinto de huir), pero no porque me guste este lugar: en realidad es lo más sencillo. Tomaré mis cosas e iré a la escuela el lunes. Hoy voy a llorar hasta quedarme completamente dormida. Me voy a enojar hasta que no tenga sentido y voy a fingir que todo está mal al lado de mi familia. Les diré "este mundo nunca ha sido de los miedosos" y entonces sonreirán y podrán continuar sus vidas sobre los cimientos míticos de mi Padre, el sabio y valiente.

Dentro


I

A veces mi pesimismo se enoja
con el mundo y con vosotros.
Porque me dejáis a solas,
en la más cruda indiferencia.

Porque os volvéis para no mirar,
o me miráis como de pasada,
con esa mirada vacía que todo lo aplana.
Sus silencios me resuenan dolorosos.

 A veces incluso os dresprecio,
porque me es difícil hacer y callar,
y todavía más ser y ser escuchado.

Me duele quereros como os quiero
porque me obligáis a encarar mis abismos.
Y no os merecéis mi mejor esfuerzo.

II

¿Pero qué derecho tengo de pediros algo,
si mi soberbia os abandonó en principio?:
Os reclamo airadamente porque quiero ser como vosotros
porque mi cobardía me pide desandar los pasos;
mas si en verdad me estimáis como hombre,
dejaréis a mis demonios aullando, una vez más, sin hacerles caso.

Y si os muevo a pena, ¡acudid al otro llamado!:
Os traigo la guerra porque anheláis la paz,
os traigo utopía porque prefieréis la medianía,
y os confundo porque queréis estar seguros.

En realidad os pido, os suplico que no me dejéis allí,
y que no me obliguéis a ser como vosotros:
Pido que vengáis y os volváis imposibles y locos.

Y si así no os convenzo,
vedme brillar, caer y morir, como siempre, a solas.
Emocionadse como si eso fuere algo importante.

15 may 2014

Bucle de ocho minutos en un día cualquiera

Cierro los ojos y me imagino dramático, romántico y mediocre, vuelto loco; que el colchón debajo mío se extiende por toda la habitación, todas las paredes son así para que no me mate (porque lo haría). Escucho música apropiada. Y antes sonaba Pink Floyd, su disco del 94, que es mi favorito. Y ahora los Artic Monkeys, que sonarán en mi cabeza un buen rato.

El ruido rebota en las paredes, nada se escapa, todo vuelve a mis oídos, y a la grabadora que está conectada en un contacto desvencijado de la pared. En realidad las paredes no son de colchón, por si te lo preguntabas, y tampoco me volví loco. Mi cuarto es bastante común, quizás más de lo que usualmente me place aceptar. Me gusta.

Como mi musíca, mis otros gustos también son harto comunes, y mis sensaciones lo mismo. Visto pantalones promedio y una camiseta ordinaria, de esas que hacen por montones para gente como yo. Pero me gusta, me hace sentir distinto, justo como a otros. Bueno, me gusta hasta que me doy cuenta.

Mañana comienzan mis vacaciones, será un verano maravilloso, y eso sí que es digno de celebrarse. Pero tengo miedo, de mí y de mis idioteces, aunque eso siempre sea un riesgo, y aunque no pueda hacer otra cosa, ¡porque no quiero pues! ¿qué somos sino nuestras decisiones? Eso me recuerda, debería dormir un poco, hay labores mañana temprano, y aún no termino las de ayer ni las de hoy.

Igual no deseo contenerme, y ni siquiera me preocupan en verdad las estupideces (eso sería estúpido), más bien me preocupa la depresión post-idioteces que suelo experimentar. Si pudiera omitir ese paso (y de hecho varios más) todo sería más fácil, ni siquiera pensaría en el futuro... igual y también acabaría matándome, pero no de tristeza. Y pensándolo bien, tampoco pienso, ni mucho ni bien, en el futuro, porque no vale la pena; primero, jamás lo hice ¿por qué empezar ahora?; segundo, es azaroso e inseguro, más fácil sería ganarse la lotería que hacer un plan de verdad. Hacer planes sí es venderle el alma al diablo, es como ponerse grilletes y encerrarse, o abrirse las nalgas frente a un sátiro, ¡y por nada! Uno jamás sabe si eso va a resultar, es más, uno puede morir en el intento. Y si no en ese plan, en otro. De todos modos, lo difícil siempre es ganarse la lotería, me pregunto entonces algo que parece no dejar nada a salvo: ¿para qué?

"Find what you love, and let it kill you". Cuánta razón tenía ese vejete borracho, quien a juzgar por su vida, tampoco planeaba demasiado. Es un señorón que respeto más de lo que él aceptaría que merece; diría que soy otro lamebotas como cualquiera, y quizás también un pelmazo, un iluso y un mantenido (y por esto último quizás me tendría algo de estima). Mañana mismo me dirigiré a hacerle los honores pertinentes, a vivir la vida como es debido y a despojarme de mis ídolos (incluido él), a menos que mi voluntad me lleve en otra dirección, que es lo más seguro. Y seré feliz, como ahora que imaginaba que estaba loco; o por lo menos durante un momento brevísimo, ese de éxtasis donde eres rebasado por fuerzas oscuras y no tienes poder para sopesar nada, fui feliz.

Esas barbas blancas pegadas a un alambique con patas sentenciaban de igual modo que escribir es un pecado, a menos que esté rugiendo dentro de ti, que algo incontenible puje por salir. Está saliendo y lo siento, es el culmen de mi pobrísima edad y de lo mejor que puedo hacer. Y me gusta, muchísimo, casi diría que estoy orgulloso. Hago una pausa, respiro lentamente, vuelvo hasta mi cuarto que es normal y no tiene paredes de manicomio, vuelvo de la historia presente y de la compañía de la muerte o de su idea, con el alma entera o casi entera; pero eso sí, más muerto, con varios segundos menos de vida y con un rugido más sabio y sólido. He intentado que valga la pena, pero eso no será así hasta que alguien me lea, porque siempre se escribe para otro así como se es para otro (es decir, por otro), aunque ese otro sea uno mismo, en otro momento y en otro lugar, a distancia de las letras y de las huellas que en esencia son lo mismo.

Prosigo, aquí es necesario que pueda controlarme... ¿es necesario? No, miento porque sigo teniendo miedo de mí, y de arrastrarme como debería, de enlodarme como me lo exige la vida y la muerte; miedo de ser y de hacer, miedo natural. Mañana concluyo las obligaciones que tenía con las personas que esperaban algo de mí filosófica faceta, en dos meses vuelvo a esa dinámica, que también termina matándome poco a poco, pero que no es tan mala como otro tipo de muertes, de seres y de compañías. Tengo tiempo para revolcarme, ¿tengo cojones para ello?

La muerte es una constante, es el infierno que, como una impertinente y monumental juerga (porque se alegra de joder), no deja dormir a sus vecinos del paraíso. También es el barranco de la carretera, es algo oscuro, rabioso e indeciso. No me gusta, es demasiado recalcitrante, es demasiado paciente, acechante, casi como un torturador, como un perverso. Fíjate:

Fumo un cigarro y ahí se posa, en las frágiles cenizas; a veces, para joder más, me las tira encima, justo donde no se pueden sacudir; o me hace voltear a verme, ahí donde tengo impotencia o un defecto, muerto y gris como la ceniza del pitillo... "fumar causa cáncer". Yo sólo pienso, "Qué imprudencia".

A veces también aparece en el fondo de mi vaso, con alguna treta parecida; y en la orilla de las pizzas tampoco me salvo, en la última letra de esta historia, o en el orgasmo caliente de la pareja que no tengo, etc., ahí está. Uno jamás está solo, ahí está la muerte, susurrando, moviendo los árboles o la tierra, o cantando implacable a capella. Ella sabe que la escuchamos, que la tenemos encima y le hacemos servicios, la llevamos a donde quiera, la acurrucamos al lado nuestro, le cantamos también y jugamos al dominó o al parchís. Nos gana.

Sería bueno no recordarla unos minutos, ser animales vivaces y espontáneos, lunáticos y glotones. Esa bondad nos causaría felicidad extrema, tanto o más que la morfina u otra de esas cosas que sacan lo peor de nosotros: el olvido. Un olvido tan reconfortante que posibilite una sonrisa inocente, de niño idiota, idiota en serio por no saber ni querer saber nada. Ya volví a mi cuarto, perdón por el abrupto, pero recordé algo que no viene al caso. Siento mis manos, y las teclas, y una melodía que me pone de buenas, que quiero cantar con alguien, ahora, con alguien menos con la muerte.

Veo el espejo, me veo a mí. Estoy solo, porque soy egoísta, porque no veo que en verdad no lo estoy. Me acompañan otros como yo, pequeños lisiados esperando morir, oyendo y viendo cómo sucede, cómo ya casi llegan; pequeños incompletos, y entre más incompletos, mejores en este mundo, vivaces y ambiciosos cerdillos estafadores, se pelean por llegar al matadero primero. Caminamos juntos, o en contra, o corremos; nos tomamos en serio y nos ofendemos, o nos reímos porque nos tomamos más en serio creyendo que al no hacerlo somos mejores. Algún día llegará la hora y el lugar, y ahí sí estará la muerte. Aquí no, sólo está el espejo y yo, pero yo cada vez más viejo y más confundido. Quien tenga seguridades después de haber pasado mucho tiempo acá es un mentiroso o un pendejo, no le hagas caso a menos que te haga reír, eso sí es honesto, sólo así se puede aceptar un dogma.

Pienso, y me interrumpe un sonido grave y potente, me aturde. Me estremezco con su saludo. La muerte trama fiestas por la vida. Nunca han estado separadas, pero sí son distintas. Una termina donde empieza la otra. Es como sonido y silencio... ¿cuál será cuál? No es tan predecible, no es para nada obvio que el sonido sea la vida. El silencio es mucho más rico y vivo, es pletórico, es asquerosamente abundante, tanto así que no lo soportamos. El ruido es pura e impertinente interrumpción a su majestuosa y abundante aparición. El día que nos respetemos a nosotros mismos, o que nos resignemos, nos vamos a callar, o vamos a apagar la luz, porque pasa lo mismo con la oscuridad.

Pero también lo otro es verdad, "nada vale temer a la muerte; mientras yo estoy, ella no está, cuando ella llega, yo ya no estoy". La muerte nunca acaba de llegar, se anuncia, grita y calla que viene, y se ve y no se ve acercarse; se escucha el ruido o el silencio sordo, absorbente, envolvente, desgraciado y total. Roza la oreja, rebana el flequillo y traba los párpados, pero no termina de hacer contacto, no sonríe aún para que la siga, no pasa de la puerta aunque la invite y no me jode a quemarropa; en realidad no la vi y no la oí, porque no sé qué es ni cuándo va a llegar, sólo sé que soy demasiada carga, algún día habrá que dejar de existir.

¿Setenta años después? ¿Ahora? Acabado y siendo muy sabio, habiendo criado seres que tendrán el mismo destino, cual sacrificio pagano, como guiar cerdos a un matadero. A mi me importa bien poco porque ya me voy y porque llevo veinte años de ventaja; por fin la voy a conocer, si no se me escapa, o si no me escapo yo. Ninguna de las dos pinta mal, pero tampoco es la gran cosa, mi cuarto es un colchón gigante.