Sería muy bueno deshacerse de un par de mitos en nuestro país. El primero es la igualdad democrática, que se traduce en pensar que cualquier persona mayor de 18 años "puede" votar. Esto es mentira, no todos están debidamente informados y por supuesto que no todas las opiniones valen lo mismo: unas son peores que otras y por muchas razones.
El segundo es el cortísimo recurso que nos impone la mirada maniquea que juzga que los malos son los que ejercen el poder, mediatizan con base en un fin ruin o legitiman a los idiotas y los buenos son "el pueblo". La realidad es que cada quien se mueve respecto a sus intereses, sean estos viles o no.
Se siguen de esto dos cosas: La primera (mi favorita) es que podemos considerar con toda verdad como inferior la opinión de quienes tengan en alta estima la persona de EPN, porque no se ha cansado de hacernos patente que resulta un ser repugnante, incapaz y deleznable. Eso sí, de los priístas NO podemos decir lo mismo, pues el criterio racional nos dicta que hay que limitarnos a hablar de lo que conocemos, y dicho Partido es de un tamaño tal que resulta imposible encasillar a la totalidad de sus militantes y simpatizantes en un juicio tan corto y lapidario.
La segunda es que debemos considerar que lo único realmente malo de estas elecciones ha sido permitir que 19 millones (más menos) de ciudadanos hayan considerado como su mejor opción a este pelmazo, y entre estos también contamos a los líderes del partido y quienes promovieron conductas lícitas o ilícitas en favor de esta causa, pues todas estas situaciones proceden de una sola problemática. Tales situaciones nos hacen sospechar del posible uso de esta persona como un parapeto para la consolidación de intereses más oscuros que involucran la disposición de recursos gubernamentales a manos llenas: si acaso esta es una jugada que pretende eliminar una presencia fuerte en el Ejecutivo.
Independientemente de ello, este hecho sólo evidencía, como hacía tiempo no se palpaba de manera tan trascendente, un defecto que compartimos todos como sociedad: nuestra pésima formación ética y educacional. Todavía se piensa en las cúpulas que la mejor forma de conducirse es teniendo en mente únicamente un sólo fin: la riqueza material individual. Y les tengo noticias, en el pueblo llano, esto no es diferente. De aquí que el voto sea intercambiable por diez mil pesos, un cargo público o tres kilos de frijoles, o que el político prostituya las labores que le hemos encomendado al mejor postor: NO existen, en ningún estrato social, las condiciones que nos permitan reflexionar con acierto sobre el infinito valor que constituye un compromiso social del tipo moral o político, como el voto o la toma de protesta en un cargo público, en esencia porque somos un pueblo ignorante.
En esta elección, la gran mayoría de quienes pensábamos diferente (y dejémonos aquí, por favor, de discusiones baladíes acerca de si fue acertado o no) depositamos nuestra confianza en AMLO, y según avalan las más diversas instituciones, desde la UNAM hasta el TEPJF, pasando por ONG's de todos orígenes, legalmente resultamos minoría. Esto puede discutirse o no, personalmente creo que no tiene caso porque ya hicimos ver que el verdadero problema es de orden distinto. Las cifras nos ilustrarán mejor:
Alrededor de 112 millones de personas habitan la república; de ellas, 75 millones podían votar; de estos alrededor de 50 millones votaron(contando sólo votos de las tres principales fuerzas políticas), y de ellos 15 para AMLO y 19 para Peña. Podemos ver entonces que ni Peña ni AMLO son portadores, en estricto sentido, de la voluntad general. Pero si juntamos a quienes no votaron con los que votaron por EPN, encontramos que cerca de 45 millones de personas consideran su mejor opción a este sujeto, o bien no les importa. Vemos de este modo, y no nos sorprende, que la consciencia sigue siendo minoría y la apatía mayoría, seguida muy de cerca por la coalición de la idiotez y el cinismo como segunda fuerza.
¿Así de qué diantres sirve ganar una silla? ¿De contrapeso o de primer paso? Si es así, ¿debe ser AMLO el primer paso? Es significativo que la opción que él representaba no solo fuera incapaz en campaña (no se necesitaba solamente ganar si es que en verdad se ganó, se necesitaba ganar indiscutiblemente) sino también en los tribunales, pues a pesar de la (presunta) abundancia de pruebas de los ilícitos cometidos por el adversario, no pudo articularse ningún recurso efectivo, ni siquiera apoyándose en los organismos nacionales e internacionales que vigilaron el proceso o en otros tribunales. Pudo hacerse más allí y menos en las calles: más litigio y más campaña, más trabajo y menos verborrea justificadora o señalatoria. En este sentido tenemos mucho que reprocharle al candidato y al movimiento, porque han defraudado nuestras esperanzas y desperdiciado nuestro apoyo: sabían a qué se enfrentaban y sus condiciones, y así se prometieron capaces de ganar, y sin embargo fueron incapaces.
No obstante quizá el (ex) candidato tenga razón en excusarse tras el argumento de que todo el sistema estaba en su contra. Eso es cierto a tal grado que incluso su propio Partido se vale de artimañas consideradas ilegales para asegurarse votos en territorios como el DF. En lo que no tiene razón es en fomentar el mito de que únicamente la cúpula tiene la culpa: este sí es un dogma de carácter populista que no hace más que fomentar la ignorancia y la indolencia general respecto a la responsabilidad propia, apostándole a agradar a los oídos del vulgo esperando obtener su legitimación. ¡Cuánta astucia!
Otra cifra ilustrativa a este asunto es la de percepción de la corrupción: de cero a diez, tres puntos; donde lo idóneo son diez, resulta bastante alta. Y de estos datos podemos ver que, si bien hay quienes se indignan (no deja de ser irónico que hasta genuinamente) en palabra, en acto solapan y conviven día a día en este estado de cosas. Como decía cierto profeta antiguo: quien esté libre de pecado, que lance la primera piedra.
Tristemente, nosotros los jóvenes habremos de pagar por todos estos errores de la generación que nos hereda esta "nación". Sin embargo, aunque somos los que debemos menos en todo esto, no estamos exentos de culpa: también somos en muchos sentidos una generación mediocre y enajenada que cotidianamente está conforme con eso. Tales hechos, a mi juicio, no pueden desestimarse o querer reivindicarse por la formación de un movimiento caótico, desenfrenado, desubicado y en general, nuevamente mediocre que lógicamente se ve superado por la fuerza de la costumbre, de las instituciones y del Estado mismo: no basta con las buenas intenciones.
Y me merece el apelativo de mediocre porque, entre otras cosas, el movimiento ha preferido la espontaneidad propia del carnaval, en vez de la planeación meticulosa que le requieren circunstancias como las nuestras a los actores políticos; a pesar de ser universitario, ha prevalecido en él una sensibilísima falta de aplicación de teoría política y sobre todo jurídica apostándole a ganar la batalla en las calles y con improvisada presión de cualquier tipo, todo ello para evitar comprometerse con principios que le generen estabilidad, eficacia y solidez política en detrimento de su número de integrantes, pretendiendo con esto la presuntamente fácil legitimación de la diversidad y la "demanda popular"; el que ellos siguen, como actor político, es un camino tan mediocre porque evita el conflicto y de manera utópica, como los niños que juegan, encaran una severa dificultad sin haber resuelto las propias, parecido a la liviandad del estudiante que no ha entregado su tarea, no pone atención a sus cursos y pretende obtener calificaciones aprobatorias.
Por esta falta de seriedad y preparación, que no puede atribuirse a la ignorancia sino más bien a la irresponsabilidad, porque en efecto son los individuos idóneos para hacer uso magistral de las herramienta humana más valiosa, a saber, el conocimiento, es por la que no nos merecen mayor estima: al final siguen siendo igual de indolentes que el pueblo que los vio nacer, ellos se sienten cómodos y heroicos, casi mártires, en las calles y de ahí no se moverán. No empujarán sus capacidades más allá ni intentarán algo distinto que los aleje del territorio que "conocen" (por ejemplo, un acercamiento o proyecto institucional o la expulsión de las alianzas o ideales que resultan un lastre), por miedo a perder su relevancia que, adelantamos, se irá disipando inevitablemente hasta que sea nula porque es precisamente por estas razones que son ampliamente superados por las circunstancias.
Por estas y otras consideraciones, cada vez me convenzo más de que nuestro avergonzante pueblo se merece este o cualquier otro gobierno de mierda y así dirigirse a su inevitable fracaso, al ocaso sin haber brillado. Eso, o bien despertar cuando ya todo haya sido saqueado por bandidos y ya no importe. La mediocridad nos está cobrando un alto precio por la comodidad que nos procura, nuestros intentos de pereza y enajenación resultaron ser como un escupitajo hacia el cielo. El costo de nuestras costumbres, nuestros mitos y nuestra comodidad individual esta vez fue la presidencia de EPN, con ella pagamos nuestras omisiones... ¿hasta dónde llegará la cuenta?, ¿hasta dónde aguantarán nuestra idiotez los recursos?
Feliz sexenio.
1 sept 2012
15 jul 2012
En esto creo
a nadie se le puede forzar para que no crea."
Sigmund Freud
Yo creo en la buena vida, creo en hacer lo que me place y creo en planearlo responsablemente. No obstante confesaré que creo conveniente, de vez en cuando, mandar al diablo esos mismos planes, por aquello de dejarme sorprender.
No creo en la moral, creo en mí. No creo en las personas, creo en lo que veo. No creo en el pasado, sino en su resultado: el presente.
Me libero de prejuicios, creer que soy algo más que posibilidad es sumamente arrogante y determinista, pero así mismo, como posibilidad infinita de este momento, tengo completo poder para transformarme a cada minuto (y de hecho lo hago, quiera o no), no permitiendo jamás que me quede estancado en lo que fui. Por eso considero que creer que "soy algo" así, casi por default, es un lastimoso grillete y una fútil ilusión. Entonces, mirando siempre adelante y retando al futuro con pedantería, me deshago de la bazofia y continuo mi camino...
A veces miro atrás, es cierto. ¿Pero quién no lo hace? Al menos yo procuro no recoger los pedazos inservibles de lo que ya fue. Yo viajo ligero, en esta vida llevo lo que me sirva y en eso también creo.
Creo en mi intuición, por poco razonable y contradictorio que parezca. Creo en la pasión y en el amor, en la bondad y en la nobleza, pero no creo que sean incondicionales bajo ninguna circunstancia. Creo en la fraternidad y la cooperación como base de un mundo mejor, y muy a mi pesar y tras muchísimas desilusiones, todavía creo en la humanidad... quizás por pura necedad, o cobardía de no dejar morir de una vez mis esperanzas en tan curiosos seres. Quizá también por eso creo en los incorruptibles: la corrupción es una enfermedad, un hongo que todo lo come, pero afortunadamente aún hay resistencia, incluso antídoto, y creo que ese será un papel mío.
Creo en mi buena, excelentísima, suerte, pues tengo tanta como para aventar al aire y llenar unas cuantas calles, eso sí, no creo poder explicarla. Obviamente no creo en Dios, porque no lo he visto ni sentido y, sobre todo, por lo que representa: las figuras de autoridad o de control me conflictúan porque creo en la libertad más absoluta que me sea concebible. Por eso yo creo que no rindo cuentas, creo que esta es mi única vida, mi único pedacito de existencia y por eso creo que me aferraré a él con todas mis fuerzas. No creo en aceptar la muerte de buena gana, yo no sé morir ni descansar en paz porque creo que la vida no me será suficiente para cumplir mis ambiciones.
Creo en el poder de la palabra, en construir el cambio desde el más tenue susurro en el oído de un amigo, hasta la más estruendosa manifestación de efervescencia y locura que millones hayan visto jamás. Creo en el cosmos y en la innegable y a la vez no pocas ocasiones incomprensible energía que nos atraviesa, porque la he experimentado; pero no creo en mi consciencia ni mi "alma" existiendo después de mi cuerpo, sencillamente porque no lo he visto... ojalá me equivoque.
Creo también en el poder de la mente y sus increíbles alcances, pero creo que existen muchas cosas que no comprendo y por eso también creo que me porto arrogante. Sin embargo, no hay manera de ser dignamente poderoso, más que siendo un espíritu grande. Creo en el poder, como puede deducirse; y creo en la lucha, en que somos más, mucho más grandes que el mal, aunque éste sea más numeroso, más ignorante, más oscuro o más perverso.
Creo en mis ancestros y en que, la mayoría, han hecho su mejor esfuerzo, y también creo que no ha bastado, o de lo contrario viviríamos en el mejor de los mundos. Sin embargo, aún me debato después: creer que han hecho lo mejor que pudieron, sería implicar que son incapaces o estúpidos, y creer que no lo hicieron los haría mediocres o malvados... eso sí, creo firmemente que son todos (salvo contadísimas y conocidísimas excepciones) cuando menos, una de esas cuatro.
De mi generación, creo en lo que otros realizan, hacer es la clave del universo: llevar una idea a la realidad material tangible ya es un milagro; creo fervientemente en la materia, creo en lo que toco y creo en lo que físicamente (hablando de partículas) soy. Creo que debo cuidarlo porque me hace feliz y me permite impactar e interactuar con todos, hasta conmigo.
Creo, como Buda, en los apegos inevitables y en que estos nos hacen sufrir. Sin embargo creo que son insuperables, o mejor dicho, que su superabilidad no es compatible con la vida contemporánea o quizás con ninguna: Creo en la justicia porque la he visto y la deseo, lo mismo diré de la amistad, el amor y la abundancia... y no pienso dejar de desearlas, para mí y los demás. Porque también creo que los deseos, particularmente éstos, nos acercan a la bondad y nos hacen felices, aunque sea un rato.
Creo, como Nietszche, en la infinita idiotez humana y sin embargo también en un tiempo mucho mejor que vendrá, donde quizás presenciaré la realización de los ideales, la verdadera evolución de las consciencias... o quizá la hecatombe final. De cualquier modo vale la pena, porque también creo que me ha tocado vivir un momento inigualable en la historia.
Creo a veces, como Cioran, en la inevitable desgracia y el absurdo de lo todo lo que mueve su estúpida masa por esta faz, pero también creo que no deberíamos tomarlo tan en serio, ni tal cosa ni nada debería deprimirnos, porque creo que sería una pérdida de tiempo y de existencia, además de un desperdicio de oportunidades para reír. Porque también creo en la risa.
Por último, también creo en cuestionar todo lo que creo, porque sé que soy falible y que debo juzgarme con extrema dureza para alcanzar la excelencia: como ya dije, un espíritu laxo y pequeño no logrará nada grande. Casi siempre sólo en este sentido puedo aceptar la disciplina. Creo también que debo dudar tanto o más de cualquiera como de mí, hasta que me demuestren que puedo hacer lo contrario.
Un humilde homenaje al maestro Carlos Fuentes
Patricio
Patricio
7 may 2012
Voto y política
Es mi deber, querido lector, como ciudadano consciente de este país y como defensor de convicciones totalmente sólidas, exponerte de nuevo todas mis conclusiones, así como los debidos razonamientos para sustentarlas, esta vez en torno a un tema muy particular, pero no por ello poco importante.
Antes de comenzar he de aclarar que no es mi predilección el hablar de cosas que son una sola vez, o bien que son contingencias en el sentido de que tanto pueden ser de una forma como de otra, como es el caso de la elección presidencial que en prontas fechas encaramos. Sin embargo, por la naturaleza del tema espero señalar algunas situaciones que han sido en todos los casos, de manera que podamos considerarlas con toda seriedad para decidir individual, libre, honesta y secretamente (cual sufragio) si hemos de conservarlas o cambiarlas.
Como ya he insinuado en el parágrafo anterior, el tema que ahora me ocupa son las contiendas electorales más importantes del país, y particularmente un suceso reciente enmarcado en el contexto de plena campaña electoral, a saber, el primer debate de los candidatos y las reacciones que éste ha generado.
He hallado claramente confirmado algo que ya había considerado anteriormente: la masa tiene un carácter voluble y caprichoso, y por ello es fácilmente manipulable y especialmente vulnerable a halagos, palabrería superficial, sofismas sencillos y tretas infantiles. Es esta una de las razones por la que los tres "políticos" han mantenido la ventaja hasta ahora en la contienda sobre un "ciudadano", pues como esa verdad, es un hecho también que la inmensa mayoría de nuestra vapuleada población no se pone a considerar (por falta de capacidad e interés) las propuestas de los aspirantes al poder. Más bien, prima en el grueso del electorado una especie de ambigua intuición sobre la naturaleza del voto: un montón de prejuicios partidistas, ideológicos y, en general, cualquier cantidad de sinsentidos y pseudo-argumentos enquistados ya sea por la educación o el entorno, que no permiten el correcto desarrollo de un voto racional. Hasta aquí nada nuevo ni sorprendente.
Naturalmente, existe otro grupo social cuyos integrantes, por una mejor fortuna o bien por voluntad propia, y no pocas veces por ambas, han tenido un acceso más favorable y expedito a la información y de esta forma pueden razonar, libres de casi todo prejuicio, su voto. De ellos, y en especial del sector más joven es de quienes nos llega la sorpresa: se han dejado engañar por el que quizás sea el sofista más profesional de los presentes en el debate, el candidato "ciudadano" Gabriel Quadri.
Es particularmente inquietante como, ante la hipócrita manifestación de un deslucido títere del charrismo sindical, un faldero pusilánime desconocido, avatar de la figura de podredumbre educacional por antonomasia cuyo único fin es perpetuar la manutención pública de sus parásitos patrones (y patrona) a través del cuasi-ruego y el engaño descarado en espera de suficientes votos, este sector informado (ahora en nada distinto a la masa) se deja engatusar con un velo de ilusiones. Quizá podamos expiar a los jóvenes por su falta de experiencia, teniendo presente que la amplia mayoría de ellos todavía cree en las buenas intenciones de aquellos que fingen exitosamente un poco de seriedad e interés, pero tan craso error es injustificable para los demás. Demás también está decir que el argumento "la sociedad esta harta de los políticos, yo no soy político, luego yo sí te represento" es inválido y mucho más burlesco en este contexto que las propias peleas características de nuestros encomiables políticos; así como bribona e inapropiada resulta la propuesta de gobierno, insisto (afortunadamente) ilusoria en esencia, dada la impotencia política de su plataforma, de corte neoliberal y completamente reaccionaria que pronunciara el "ciudadano" hace poco tiempo. Temo que aquellos que han caído en la treta (informados o no) deben trabajar prontamente en el ejercicio de la memoria y tener en cuenta de dónde procede cada candidato, pero sobre todo han de trabajar en el efectivo reconocimiento entre apariencia y realidad, que por lo demás (y por esto puede dispensárseles quizá un poco) puede no ser nada fácil.
Quiero volver ahora a una cuestión poco tratada en el parágrafo cuarto de este texto: decía yo que prima en el electorado una especie de voto inconsciente, guiado por la costumbre y el determinismo exterior, donde más que discutirse abiertamente para la construcción de un voto colectivo mucho más razonado, al igual que cuando se trata de religión (no es casual, a propósito, el dicho "de religión y política en la mesa no se habla"), la discusión gira más bien en torno a dogmas por siempre aceptados y, en general, se vuelve un tema cuyo trayecto es espinoso y muy sufrible, casi tabú. De este modo, la política lejos de ser un terreno de dialogo productivo, es un terreno inaccesible y prohibido en la cotidianeidad: no son pocos quienes consideran de mala educación contradecir abierta y frontalmente la opinión política de parientes, allegados, superiores y desconocidos. Por estas profundas connotaciones, resulta necesario y urgente comenzar a cambiar nuestra actitud política, promover la discusión consciente y reintroducirla en la plática diaria hasta que sea habitual. Ésta es desde luego una obligación más de nosotros, el sector informado.
A estas alturas, quizá mi querido lector (informado) se pregunte, ¿por quién he de votar entonces?, o mejor dicho ¿cuáles son tus recomendaciones electorales, Patricio?
A la primera pregunta, no me permito responder, cuando menos no abiertamente pues no me corresponde (ni a nadie, excepto a tí, lector). A la segunda sí, comienzo diciéndoles que mis recomendaciones, entre ellas la del párrafo anterior, ya presuponen la primera toma de consciencia sobre el voto: éste debe ejercerse. El voto no es la única herramienta de decisión en nuestro poder, pero es una de las más importantes y sobre todo, la más accesible para este momento: quien no materializa su deseo en tan sencillo acto, está inclinado a la indiferencia, apatía y omisión que tanto daño han hecho ya a nuestro país.
Para mi siguiente recomendación quiero regresar brevemente al asunto del "voto dogmático": es bien cierto que estos votantes ya tienen una predilección irracional por alguna facción y por ello, esa no es una manera correcta de ejercer tal derecho, sin embargo tal cosa no significa necesariamente que se equivoquen de candidato, pues de entre los "políticos" que Quadri ve, hay uno mucho más valioso que él.
Bien hicieron Marx y Engels en enseñarnos que toda la historia puede pensarse en clave de lucha de clases, y en este sentido, el candidato correcto para ciertos intereses clasistas puede no serlo para mí. Esa es la diferencia básica entre los tres candidatos con posibilidades considerables de "ganarse la silla", y esa es la diferencia que, de nuevo, pese a las apariencias en campaña y en opiniones irracionalmente extendidas, debemos notar: existen candidatos impulsados desde el poder económico/político, y otro desde los intereses populares. Luego, debemos notar lo siguiente: esta diferencia pretende mitigarse por los candidatos impulsados desde la oligarquía, pues es evidente que no son mayoría y ello genera un problema cuando los gobernantes son electos, o cuando menos legitimados por mayorías; la superación de dicha cuestión pretende lograrse a través de la promoción de la imagen, apelación a sentimientos, mentiras y, en general sofismas y argucias de cualquier índole para desorientar y enajenar a la mayoría. Recomiendo prestar muchísima atención.
Ya hemos hablado sobre la facilidad para confundir apariencias con realidad, y hemos hablado también del problema de obtener votos de una clase que no es contemplada en ciertos proyectos; es entonces cuando no parece descabellado, para cierto candidato, usar un espacio público otorgado en los medios masivos que se caracterizan por la oposición a su proyecto para hacer constantes repeticiones de lo esencial en sus propuestas. No obstante, habremos de admitir aquí que dicha linea de acción no deja de ser un tanto molesta y hasta cierto punto precaria de parte de alguien que puede dar mucho más, e incluso calificada de error político por algunos grupos de analistas. No hay que apresurarnos tampoco, pues debemos recordar que hemos hablado también de la poca memoria del sector informado, al fácilmente olvidar de dónde proviene el candidato "ciudadano"; podemos esperar todavía menos del sector no informado y ampliamente mayor de la sociedad: así incluso se nos aparece como una necesidad política el repetir hasta el hartazgo y en cada espacio disponible lo fundamental de un plan de acción pensado desde el interés popular. Todo ello sin considerar aún la evidente ventaja mediática del candidato oligarca.
Con base en el párrafo anterior, quisiera hacer mi recomendación final: antes de juzgar a todos o a cualquier candidato, obsérvales detenidamente y examina qué es exactamente lo que están buscando para nuestro país y por qué ello te conviene o no. Personalmente, soy consciente a cabalidad de los tres (bueno, cuatro) proyectos y sé qué pretende cada uno de ellos, y estoy convencido de que mis intereses están, por mucho, mejor representados por Andres Manuel López Obrador y su coalición. No existe sofista alguno que pueda hacerme dudar, empero no estoy cerrado a escuchar argumentos válidos y honestos de o sobre otros candidatos, en espera de que logren transformar mi opinión con el fin de obtener un voto colectivo verdaderamente consciente.
Concluyendo, es seguro que lo más importante consiste en que el sector informado tome consciencia de una vez y por todas que la única solución es (y siempre ha sido) moverse en favor del cambio, esparcir consciencia y no dudar ante espejismos, charlatanes y fantasmas que se quieren hacer pasar por la panacea para México. Encuentro valioso retomar lo que he dicho sobre cómo el voto decidido es el paso más accesible en favor de un cambio, pues ya puedo escuchar con claridad a quien nos califique de utopistas por el simple hecho de los consabidos y sistemáticos fraudes electorales: como he dicho, en esta elección es posible que las cosas ocurran de un modo u otro, pero también he dicho que el voto no es el único modo de hacer valer las decisiones, empero en nuestro contexto sí debe ser el primero, la base de cualquier paso subsecuente que debe haber en algún otro caso apropiado y que, esté seguro lector, seré de los primeros en promover. En mi otro oído siento las objeciones sobre mi presuntamente "dogmático", "sospechoso", "incondicional", etc. apoyo a López Obrador; a ellas respondo, nuevamente, que lo que he dicho no implica que yo crea ciegamente en dicho candidato, ni mucho menos que le conciba como una especie de mesías tropical, he de limitarme a reiterar que él representa de mejor manera y por mucho, mis intereses. Además creo haber dado buenos argumentos para mostrarlo, sin embargo estoy cierto de que en pocas ocasiones resultan suficientes (quizá menos ahora, que no era exactamente nuestro tema), por lo que estoy dispuesto, a solicitud expresa, a enumerar todos mis argumentos en favor de AMLO.
Quiero cerrar, no sin una intención repetitiva, con una cordial invitación a la realización del voto consciente colectivo, pues para que ello sea posible cada individuo es en esa medida indispensable, y para esto es también indispensable que cada individuo examine qué de estas cosas es aplicable o no a su persona, cuales quiere conservar y cuales no. Cada adición cuenta, cada participación nos llena de fuerza, cada paso a favor de ello es un progreso sustancial para México.
Antes de comenzar he de aclarar que no es mi predilección el hablar de cosas que son una sola vez, o bien que son contingencias en el sentido de que tanto pueden ser de una forma como de otra, como es el caso de la elección presidencial que en prontas fechas encaramos. Sin embargo, por la naturaleza del tema espero señalar algunas situaciones que han sido en todos los casos, de manera que podamos considerarlas con toda seriedad para decidir individual, libre, honesta y secretamente (cual sufragio) si hemos de conservarlas o cambiarlas.
Como ya he insinuado en el parágrafo anterior, el tema que ahora me ocupa son las contiendas electorales más importantes del país, y particularmente un suceso reciente enmarcado en el contexto de plena campaña electoral, a saber, el primer debate de los candidatos y las reacciones que éste ha generado.
He hallado claramente confirmado algo que ya había considerado anteriormente: la masa tiene un carácter voluble y caprichoso, y por ello es fácilmente manipulable y especialmente vulnerable a halagos, palabrería superficial, sofismas sencillos y tretas infantiles. Es esta una de las razones por la que los tres "políticos" han mantenido la ventaja hasta ahora en la contienda sobre un "ciudadano", pues como esa verdad, es un hecho también que la inmensa mayoría de nuestra vapuleada población no se pone a considerar (por falta de capacidad e interés) las propuestas de los aspirantes al poder. Más bien, prima en el grueso del electorado una especie de ambigua intuición sobre la naturaleza del voto: un montón de prejuicios partidistas, ideológicos y, en general, cualquier cantidad de sinsentidos y pseudo-argumentos enquistados ya sea por la educación o el entorno, que no permiten el correcto desarrollo de un voto racional. Hasta aquí nada nuevo ni sorprendente.
Naturalmente, existe otro grupo social cuyos integrantes, por una mejor fortuna o bien por voluntad propia, y no pocas veces por ambas, han tenido un acceso más favorable y expedito a la información y de esta forma pueden razonar, libres de casi todo prejuicio, su voto. De ellos, y en especial del sector más joven es de quienes nos llega la sorpresa: se han dejado engañar por el que quizás sea el sofista más profesional de los presentes en el debate, el candidato "ciudadano" Gabriel Quadri.
Es particularmente inquietante como, ante la hipócrita manifestación de un deslucido títere del charrismo sindical, un faldero pusilánime desconocido, avatar de la figura de podredumbre educacional por antonomasia cuyo único fin es perpetuar la manutención pública de sus parásitos patrones (y patrona) a través del cuasi-ruego y el engaño descarado en espera de suficientes votos, este sector informado (ahora en nada distinto a la masa) se deja engatusar con un velo de ilusiones. Quizá podamos expiar a los jóvenes por su falta de experiencia, teniendo presente que la amplia mayoría de ellos todavía cree en las buenas intenciones de aquellos que fingen exitosamente un poco de seriedad e interés, pero tan craso error es injustificable para los demás. Demás también está decir que el argumento "la sociedad esta harta de los políticos, yo no soy político, luego yo sí te represento" es inválido y mucho más burlesco en este contexto que las propias peleas características de nuestros encomiables políticos; así como bribona e inapropiada resulta la propuesta de gobierno, insisto (afortunadamente) ilusoria en esencia, dada la impotencia política de su plataforma, de corte neoliberal y completamente reaccionaria que pronunciara el "ciudadano" hace poco tiempo. Temo que aquellos que han caído en la treta (informados o no) deben trabajar prontamente en el ejercicio de la memoria y tener en cuenta de dónde procede cada candidato, pero sobre todo han de trabajar en el efectivo reconocimiento entre apariencia y realidad, que por lo demás (y por esto puede dispensárseles quizá un poco) puede no ser nada fácil.
Quiero volver ahora a una cuestión poco tratada en el parágrafo cuarto de este texto: decía yo que prima en el electorado una especie de voto inconsciente, guiado por la costumbre y el determinismo exterior, donde más que discutirse abiertamente para la construcción de un voto colectivo mucho más razonado, al igual que cuando se trata de religión (no es casual, a propósito, el dicho "de religión y política en la mesa no se habla"), la discusión gira más bien en torno a dogmas por siempre aceptados y, en general, se vuelve un tema cuyo trayecto es espinoso y muy sufrible, casi tabú. De este modo, la política lejos de ser un terreno de dialogo productivo, es un terreno inaccesible y prohibido en la cotidianeidad: no son pocos quienes consideran de mala educación contradecir abierta y frontalmente la opinión política de parientes, allegados, superiores y desconocidos. Por estas profundas connotaciones, resulta necesario y urgente comenzar a cambiar nuestra actitud política, promover la discusión consciente y reintroducirla en la plática diaria hasta que sea habitual. Ésta es desde luego una obligación más de nosotros, el sector informado.
A estas alturas, quizá mi querido lector (informado) se pregunte, ¿por quién he de votar entonces?, o mejor dicho ¿cuáles son tus recomendaciones electorales, Patricio?
A la primera pregunta, no me permito responder, cuando menos no abiertamente pues no me corresponde (ni a nadie, excepto a tí, lector). A la segunda sí, comienzo diciéndoles que mis recomendaciones, entre ellas la del párrafo anterior, ya presuponen la primera toma de consciencia sobre el voto: éste debe ejercerse. El voto no es la única herramienta de decisión en nuestro poder, pero es una de las más importantes y sobre todo, la más accesible para este momento: quien no materializa su deseo en tan sencillo acto, está inclinado a la indiferencia, apatía y omisión que tanto daño han hecho ya a nuestro país.
Para mi siguiente recomendación quiero regresar brevemente al asunto del "voto dogmático": es bien cierto que estos votantes ya tienen una predilección irracional por alguna facción y por ello, esa no es una manera correcta de ejercer tal derecho, sin embargo tal cosa no significa necesariamente que se equivoquen de candidato, pues de entre los "políticos" que Quadri ve, hay uno mucho más valioso que él.
Bien hicieron Marx y Engels en enseñarnos que toda la historia puede pensarse en clave de lucha de clases, y en este sentido, el candidato correcto para ciertos intereses clasistas puede no serlo para mí. Esa es la diferencia básica entre los tres candidatos con posibilidades considerables de "ganarse la silla", y esa es la diferencia que, de nuevo, pese a las apariencias en campaña y en opiniones irracionalmente extendidas, debemos notar: existen candidatos impulsados desde el poder económico/político, y otro desde los intereses populares. Luego, debemos notar lo siguiente: esta diferencia pretende mitigarse por los candidatos impulsados desde la oligarquía, pues es evidente que no son mayoría y ello genera un problema cuando los gobernantes son electos, o cuando menos legitimados por mayorías; la superación de dicha cuestión pretende lograrse a través de la promoción de la imagen, apelación a sentimientos, mentiras y, en general sofismas y argucias de cualquier índole para desorientar y enajenar a la mayoría. Recomiendo prestar muchísima atención.
Ya hemos hablado sobre la facilidad para confundir apariencias con realidad, y hemos hablado también del problema de obtener votos de una clase que no es contemplada en ciertos proyectos; es entonces cuando no parece descabellado, para cierto candidato, usar un espacio público otorgado en los medios masivos que se caracterizan por la oposición a su proyecto para hacer constantes repeticiones de lo esencial en sus propuestas. No obstante, habremos de admitir aquí que dicha linea de acción no deja de ser un tanto molesta y hasta cierto punto precaria de parte de alguien que puede dar mucho más, e incluso calificada de error político por algunos grupos de analistas. No hay que apresurarnos tampoco, pues debemos recordar que hemos hablado también de la poca memoria del sector informado, al fácilmente olvidar de dónde proviene el candidato "ciudadano"; podemos esperar todavía menos del sector no informado y ampliamente mayor de la sociedad: así incluso se nos aparece como una necesidad política el repetir hasta el hartazgo y en cada espacio disponible lo fundamental de un plan de acción pensado desde el interés popular. Todo ello sin considerar aún la evidente ventaja mediática del candidato oligarca.
Con base en el párrafo anterior, quisiera hacer mi recomendación final: antes de juzgar a todos o a cualquier candidato, obsérvales detenidamente y examina qué es exactamente lo que están buscando para nuestro país y por qué ello te conviene o no. Personalmente, soy consciente a cabalidad de los tres (bueno, cuatro) proyectos y sé qué pretende cada uno de ellos, y estoy convencido de que mis intereses están, por mucho, mejor representados por Andres Manuel López Obrador y su coalición. No existe sofista alguno que pueda hacerme dudar, empero no estoy cerrado a escuchar argumentos válidos y honestos de o sobre otros candidatos, en espera de que logren transformar mi opinión con el fin de obtener un voto colectivo verdaderamente consciente.
Concluyendo, es seguro que lo más importante consiste en que el sector informado tome consciencia de una vez y por todas que la única solución es (y siempre ha sido) moverse en favor del cambio, esparcir consciencia y no dudar ante espejismos, charlatanes y fantasmas que se quieren hacer pasar por la panacea para México. Encuentro valioso retomar lo que he dicho sobre cómo el voto decidido es el paso más accesible en favor de un cambio, pues ya puedo escuchar con claridad a quien nos califique de utopistas por el simple hecho de los consabidos y sistemáticos fraudes electorales: como he dicho, en esta elección es posible que las cosas ocurran de un modo u otro, pero también he dicho que el voto no es el único modo de hacer valer las decisiones, empero en nuestro contexto sí debe ser el primero, la base de cualquier paso subsecuente que debe haber en algún otro caso apropiado y que, esté seguro lector, seré de los primeros en promover. En mi otro oído siento las objeciones sobre mi presuntamente "dogmático", "sospechoso", "incondicional", etc. apoyo a López Obrador; a ellas respondo, nuevamente, que lo que he dicho no implica que yo crea ciegamente en dicho candidato, ni mucho menos que le conciba como una especie de mesías tropical, he de limitarme a reiterar que él representa de mejor manera y por mucho, mis intereses. Además creo haber dado buenos argumentos para mostrarlo, sin embargo estoy cierto de que en pocas ocasiones resultan suficientes (quizá menos ahora, que no era exactamente nuestro tema), por lo que estoy dispuesto, a solicitud expresa, a enumerar todos mis argumentos en favor de AMLO.
Quiero cerrar, no sin una intención repetitiva, con una cordial invitación a la realización del voto consciente colectivo, pues para que ello sea posible cada individuo es en esa medida indispensable, y para esto es también indispensable que cada individuo examine qué de estas cosas es aplicable o no a su persona, cuales quiere conservar y cuales no. Cada adición cuenta, cada participación nos llena de fuerza, cada paso a favor de ello es un progreso sustancial para México.
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