
La agonía es difícil para la mayoría de las personas, pero no para Ulrich, quien había aprendido a compartir cada momento de su vida con el dolor. A veces se preguntaba si era afortunado por haber sobrevivido a aquel accidente o si era desdichado por la condena que pesaba sobre sus pensamientos, único refugio donde gozaba de relativa libertad; a veces le poseía una fuerza inexplicable que le gritaba suicidio al oído y con esa misma fuerza y el embate de la desilusión se desplomaba sobre sí porque sabía que ni siquiera tenía la capacidad de terminar su existencia; en otros momentos concluía (y no equivocadamente) que su destino era estar absorto en las mas hondas depresiones y codearse con la inmundicia en cada ocasión de lucidez; y en unos más, tenía claro que su vida ya no era un derecho sino una obligación, el infierno mismo.
Pero tras estas cavilaciones, tras varios años de las mismas estúpidas y corrosivas ideas, Ulrich había aprendido a ni siquiera inmutar su rostro al padecer. Él vio, desde una indeseable edad y detrás de aquellos siempre invariables ojos llorosos, desfilar hacia el cadalso a su dignidad, a su aprecio, a su compasión, a su humanidad, su goce, su libertad, su capacidad, su gracia, bonanza, fuerza... y en general, el pobre Ulrich vio morir frente a sí todo lo que puede llamarse virtuoso en un hombre. Hoy era el turno de la esperanza; esa preciosa cobija a la que se aferran los desvalidos con rabia increíble y soberbios ánimos iba a hacer gala de presencia por última vez en aquel remedo de persona.
Ulrich sabía que tras esto no había nada más, su cuerpo habría muerto hace ya varios años y hoy por fin su espíritu sucumbía ante la calamidad... ¿será que acaso finalmente podría descansar, podría dejar de llorar?
Los cruentos azotes de su miserable situación le habían enseñado a no esperar jamás nada que no fuera digno de su suerte; bajo aquella lógica, el verdugo se hubiera alegrado de descuartizar lenta y apasionadamente aquella débil pasión, de asfixiarla con la galantería de un docto y perverso asesino, de apagarla lenta y caprichosamente como el viento de media noche hace con las velas, procurando violarla de tal modo que fuera imposible no sentirse insultado por tan extrema misantropía.
Era una escena lamentable: el cadalso estaba frente a él; subiendo los escalones iba la esperanza tapándose el rostro como aquél que teme la mirada de una autoridad; a la derecha de aquello, el anónimo verdugo sostenía una cuerda que hacia pender la hoja delgadísima de una guillotina; y él, atado a una silla, con una expresión solemnemente impasible que contrastaba con las lágrimas que desesperadamente irrigaban aquellos ojos ya sin luz alguna. En aquel momento pensó que hubiera sido de muy buen gusto dedicarle unas palabras (ya sea por alargar su vida, por evitar lo inevitable o por auténtica buena costumbre) a la esperanza que no volvería a ver jamás, se lamentó por no poder hablar.
Para Ulrich aquello era más que la costumbre, era más que otro encuentro perdido con la desgracia, era verse morir a sí mismo. Ulrich sabía que un corazón vacío no estaba vivo, y esa era la peor de las condenas.
Dedicado a mi abuelo, que después de
largo tiempo de enfermedad, murió en
un frío hospital pegado a un respirador
y en estado vegetativo.
Hasta pronto viejo.
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