24 may 2010

Ulrich


La agonía es difícil para la mayoría de las personas, pero no para Ulrich, quien había aprendido a compartir cada momento de su vida con el dolor. A veces se preguntaba si era afortunado por haber sobrevivido a aquel accidente o si era desdichado por la condena que pesaba sobre sus pensamientos, único refugio donde gozaba de relativa libertad; a veces le poseía una fuerza inexplicable que le gritaba suicidio al oído y con esa misma fuerza y el embate de la desilusión se desplomaba sobre sí porque sabía que ni siquiera tenía la capacidad de terminar su existencia; en otros momentos concluía (y no equivocadamente) que su destino era estar absorto en las mas hondas depresiones y codearse con la inmundicia en cada ocasión de lucidez; y en unos más, tenía claro que su vida ya no era un derecho sino una obligación, el infierno mismo.

Pero tras estas cavilaciones, tras varios años de las mismas estúpidas y corrosivas ideas, Ulrich había aprendido a ni siquiera inmutar su rostro al padecer. Él vio, desde una indeseable edad y detrás de aquellos siempre invariables ojos llorosos, desfilar hacia el cadalso a su dignidad, a su aprecio, a su compasión, a su humanidad, su goce, su libertad, su capacidad, su gracia, bonanza, fuerza... y en general, el pobre Ulrich vio morir frente a sí todo lo que puede llamarse virtuoso en un hombre. Hoy era el turno de la esperanza; esa preciosa cobija a la que se aferran los desvalidos con rabia increíble y soberbios ánimos iba a hacer gala de presencia por última vez en aquel remedo de persona.

Ulrich sabía que tras esto no había nada más, su cuerpo habría muerto hace ya varios años y hoy por fin su espíritu sucumbía ante la calamidad... ¿será que acaso finalmente podría descansar, podría dejar de llorar?

Los cruentos azotes de su miserable situación le habían enseñado a no esperar jamás nada que no fuera digno de su suerte; bajo aquella lógica, el verdugo se hubiera alegrado de descuartizar lenta y apasionadamente aquella débil pasión, de asfixiarla con la galantería de un docto y perverso asesino, de apagarla lenta y caprichosamente como el viento de media noche hace con las velas, procurando violarla de tal modo que fuera imposible no sentirse insultado por tan extrema misantropía.

Era una escena lamentable: el cadalso estaba frente a él; subiendo los escalones iba la esperanza tapándose el rostro como aquél que teme la mirada de una autoridad; a la derecha de aquello, el anónimo verdugo sostenía una cuerda que hacia pender la hoja delgadísima de una guillotina; y él, atado a una silla, con una expresión solemnemente impasible que contrastaba con las lágrimas que desesperadamente irrigaban aquellos ojos ya sin luz alguna. En aquel momento pensó que hubiera sido de muy buen gusto dedicarle unas palabras (ya sea por alargar su vida, por evitar lo inevitable o por auténtica buena costumbre) a la esperanza que no volvería a ver jamás, se lamentó por no poder hablar.

Para Ulrich aquello era más que la costumbre, era más que otro encuentro perdido con la desgracia, era verse morir a sí mismo. Ulrich sabía que un corazón vacío no estaba vivo, y esa era la peor de las condenas.

Dedicado a mi abuelo, que después de
largo tiempo de enfermedad, murió en
un frío hospital pegado a un respirador
y en estado vegetativo.
Hasta pronto viejo.

23 may 2010

¿Quién Soy?


"Cuando el hombre no se encuentra a sí mismo, no encuentra nada."
Goethe.

Habitualmente, las personas se presentan antes de decir cualquier cosa. Yo no.

Me hubiera parecido una entera desfachatez comentar algo sobre mí, hasta que no supieran un poco más sobre mi mente y mi mundo (así ya tendrán una pequeña idea de quién soy), además no estaba listo. No sabía quién era.

Patricio Patiño sonó probable, pero yo era más que un nominativo; concluí que esas palabras sólo sintetizaban (como todas las palabras hacen con sus objetos) lo que realmente era: tenía un puro símbolo entre manos. Además ese nominativo era (lo llamaré así por ahora) una casualidad, era obra del azar que yo hubiera tenido los padres que tuve y que hubieran elegido aquel nombre; sin embargo no por ser una casualidad entre millones, era poco probable: de hecho la única forma en que yo pudiera ser yo, era que pasara de ese modo; de otra forma no estaríamos hablando de nada y estas líneas no las escribiría nadie.
Las causas de que yo esté aquí son como ingredientes de una receta, siendo así que con todos ellos juntos era imposible que no desembocaran en mi existencia.

Para facilitar la comprensión del lector en este punto, haré una analogía con la Tierra y la vida (la cual, valga decir, también es causa de que estas líneas lleguen hasta usted) : está ubicada exactamente a la distancia del Sol que le permite recibir la cantidad exacta de su energía; tiene suficiente masa como para mantener una atmósfera, con gases que reaccionan bien y permiten obtención de energía poco agresiva para la vida; la rotación y traslación son casi exactas para mantener estables y en un cambio amable las condiciones de temperatura (que a su vez regulan los vientos y el ciclo del agua, por tanto la vida de las plantas... y así cada ecosistema); en algún punto de su evolución originó moléculas capaces de auto-reproducirse, dando origen a la vida; la evolución de estas complejas estructuras en otras aún más complejas, consecuencia de los cambios en la superficie planetaria... ¿demasiada casualidad? ¡No!. La realidad es que no podía ser de otro modo: en un planeta así las cosas no podían tener otro resultado, es como... ¡exacto!, una receta; el universo está lleno de planetas: era imposible que no hubiera uno donde se albergaran estas condiciones.

Hay algunas personas que sostienen que "las cosas pasan por algo", afirmación que es una aberración mayúscula. Sitúan la causa de las cosas en el futuro (como si lo que está pasando tuviera conocimiento del porvenir y actuara en consecuencia); sin embargo no quiere decir que las cosas no tengan su razón (intrincada y difícil de deducir, pero irónicamente ínfima) de ser. Sólo que se debe buscar en el pasado.

Por tanto, podemos decir que no existe ni el destino ni la casualidad (la analogía de la receta lo representa muy bien: el pan y el jamón no son conscientes de que harán un sandwich ni los panes le envuelven en consecuencia; tampoco es casual que el pan sea pan y no rebanadas de sandía).

Creo que he llegado a una respuesta tan definitiva como abrumadoramente recalcitrante (porque siempre guarda ese ápice de intriga y misterio propios de sucesos que jamás veremos con nuestros ojos, y por tanto jamás comprenderemos del todo): Yo (y todos, por ende) soy la conjunción última de las casualidades; soy la materialización de todas las posibilidades antes de mí, soy parte del resultado del pasado.

Por lo anterior nunca se es el mismo, siempre se está muriendo y a diario (¿a diario?, a veces es a cada segundo, o hay quienes malgastan su existir y, sin lograrlo afortunadamente, evitan el cambio) hay sucesos que nos cambian (algunos le llaman madurar, amargarse, indecisión, retroceso, etapa, segundo aire, etc), a diario las casualidades nos han aniquilado y de esos restos ha renacido un nuevo ser. Soy un instante y luego soy otro.

Soy consecuencia, y porque existo soy causa: interactúo con lo que me rodea y lo modifico, cosa que se hará palpable en el futuro. Soy la posibilidad que se concretará. Soy un eslabón más en la cadena del universo que está destinada a destruirse en algún punto (y por tanto no tiene sentido, ¿para qué todo esto?). No soy nada después del universo, ni para quien (o lo que) esté fuera de él, del mismo modo que nos es incogniscible algo fuera del universo, no son nada para nosotros.