6 dic 2009

(Sin)razones contra Dios

I

Durante los casi 39 años que llevo de vivir en el pueblo, jamás se había suscitado algo parecido: la situación era verdaderamente inverosímil, y como era de esperarse, generó gran polémica. Debo aclarar que a pesar del ideario social, la gente de este pueblecito conforma una comunidad altamente educada y exigente en la rendición de cuentas: una auténtica migraña para sus gobernantes, quienes se ven obligados, en la mayoría de las ocasiones, a trabajar.

Por una parte estaban aquellos que apoyaban al hombre desaparecido, argumentando que su uso de facultad ¡fue propiciado por las circunstancias!; por otra parte estábamos (la gran mayoría, estoy seguro) los que reprobabamos la medida, ya que, además de considerarla un total abuso de poder, posee agravantes muy comprometedores que servirían incluso para acusar de pederastia al funcionario: sucedió en la ludoteca de una primaria pública, había ropa pequeña tirada en el piso, uniformes para ser exactos; se encontró un artefacto de madera largo y plano (como una delgada tablita) cubierta de sangre en uno de sus extremos y otra serie de evidencias que por ahora no vale la pena mencionar, pues sería fácilmente argumentable que son parte de desafortunadas coincidencias.

Antes de conocer las investigaciones y el resultado oficial, nuestra sociedad se inclina por dos grupos de hipótesis: La primera, dice que aquella persona encargada de la seguridad de los pequeños, en "una perturbación de las condiciones correctas", tuvo que defenderlos con aquella tabla delgada de el/los agresores.

No obstante que tal cosa plantea varios huecos en la explicación de lo sucedido. Para mí es evidente una cosa, y es esencial en la segunda hipótesis que acobijamos los no oficialistas: aquel corrompido pedófilo sodomizo a nuestros niños y los raptó después por temor al peso de la ley y la reprimenda social.

En cualquier caso, ellos no aparecen y no estamos satisfechos. El hombre que estaba a cargo de ellos tampoco ha dejado rastro. Estamos estupefactos y muy tristres, las madres y padres y todos los maestros lloramos cada día con menos esperanza.

Será difícil recuperarse de un golpe así, y no es que nos guste pensarnos como víctimas, pero tampoco nos haremos los desentendidos al respecto, como si nuestros niños se hubiesen ido por nada. Necesitamos lidiar con el duelo, dejarlo salir. Y condenar a este sujeto apenas lo encontremos, o condecorarlo según algunos.

II

El dolor es inaudito y la incertidumbre total, una es causa de otra necesariamente. Estamos hartos de la zozobra y hartos del vacío. No queremos continuar. El gobierno nos pide paciencia, nos pide fuerzas y nos insta a la calma y a no extraer conclusiones apresuradas. ¿Apresuradas? Llevan mucho tiempo ya en la misma búsqueda y con las mismas pistas, ¿será que no quieren o no pueden encontrarlos?

Todo parecer sugerirnos algo con lo que nadie que se precie de algo de decencia estaría de acuerdo: no van a aparecer, a efectos prácticos, todos los involucrados en tan desafortunado incidente, se esfumaron sin dejar rastro. Es difícil pensar algo así en nuestro mundo tan lejano del misterio. Un mundo tan cercano a la virtualidad, a la inmediatez y a la negación de la privacidad. No es posible, ni siquiera concebible que algo así suceda. Y si es el caso, habla muy mal de nosotros, o de algo en particular de nuestra forma de vida.

No aparecen y nos piden comprensión, como si se tratara de un problema cuyo desenlace traerá la pasividad. Son unos imbéciles. Estoy bien seguro que con esa actitud ni buscan ni encuentran ni logran esencialmente nada.

III

El alcalde ha salido hoy a decir que ha encontrado nuevas evidencias. Los niños fueron vistos en las afueras del Estado, en una pequeña localidad rural, acompañados de tres adultos no identificados. Uno de ellos regordete y posiblemente calvo, es nuestro hombre, y al que desde hace ya varios días buscan nuestras autoridades, hostigadas por nosotros.

No es que pensemos que en todos los casos lo siguiente está bien, pero creemos que en nuestra situación es muy lógico pensar que sólo después de aplicarle el castigo correspondiente a este sujeto podremos tener un poco de paz para nuestras familias. Venganza es una petición legítima para quien se encuentre en nuestros zapatos, y esa voz nos hermana a lo largo y ancho del planeta. Justicia sí es venganza en ocasiones. Quien diga lo contrario o no sabe de lo que habla o simplemente es un hipócrita, cosa igualmente válida en ciertas circunstancias.

Se dice también que uno de estos hombres sería un profesional de seguridad de origen incierto. Se deduce esto por la escrupulosa huída que han llevado a cabo, a pesar de cargar con un grupo tan grande y visible de imprudentes infantes. Del tercer integrante no se sabe gran cosa, salvo su peculiar estatura, varios centímetros encima del promedio.

Respecto de estos dos hombres no se sabe más, no se sabe cuándo se unieron al supuesto guardia ni por qué. No se sabe si viajan separados o unidos, ni de si conservan puntos estratégicos de reunión, no se tienen horarios fijos ni datos de hospedaje o movilidad. Es como si prácticamente hubiesen aparecido ahí de la nada, sin nungún hilo lógico, como si por arte de magia alguno de esos desgraciados hubiese chasqueado los dedos y deseado aparecer allí, en medio del desierto, y lo hubiese conseguido. Estamos enojados por esto y seguiremos insistiendo, somos víctimas de un cruel sinsentido, de un crimen anárquico y ruín. Exigimos una solución con tal energía que estamos dispuestos a suspender nuestros compromisos hasta sentirnos satisfechos con el cierre de este capítulo, el más negro de nuestras vidas.

IV

Cierro el pequeño portón que separa mi patio de la calle, camino en dirección a la Iglesia, veo el día a medio nublar. No lo comprendo del todo. El apagado pavimento me parece nauseabundo, me parece que oculta un abismo insondable y oscuro, me provoca vértigo. Sigo caminando, las nauseas no disminuyen. Pienso en que hace ya mucho que no toco a mi esposa, quizá desde aquel día se me prohibió hacerlo, las fuerzas universales me han castrado.

La tristeza es infinita, el suplicio interminable y el sinsentido insoportable. ¿Cómo puede existir un Dios que permita que sucedan estas cosas? No lo comprendo, no estoy de acuerdo. Preferiría no ser partícipe de esto, es perverso y obsceno en muchos niveles.

Continúo hasta un portón azul. Toco enérgicamente y la puerta se desliza suavemente hacia adentro, la luz opaca y débil se introduce por aquella pequeña hendidura. Hago ademanes reverenciales para indicar mi transición al espacio apartado y entro sigilosamente, en actitud de recogimiento. Dentro yace una cruz en la cima de un altar, y hay varios sujetos elevando oraciones. Yo vine a maldecir.

Maldigo a una tradición, a una forma de ver el mundo. Maldigo la búsqueda estúpida de sentido, porque no ayuda. Maldigo el voltear a otro lado (y más hacia arriba, hincado) porque nos distrae de este mundo y de su infinita complejidad. Maldigo la hora en que os colocaron las cadenas, fanáticos y débiles de espíritu. Maldigo las horas en que se inclinan.

En parte yo sé que tienen la culpa, lo que ignoran no les molesta porque lo reprimen. Pensar será doloroso, pero no deben evitarlo. Si una oportunidad tenían de volver nuestros pequeños, estoy seguro que se incrementa si pensamos en cómo ayudarles, y que disminuye si ocupamos nuestro tiempo en postrarnos ante burdas imágenes y copias, erigidas en modelos por el vulgo.

V

En un universo donde desaparecen varios niños y tres personas adultas con ellos, no se puede confiar en nadie. Yo no quiero confiar en nadie, me niego y me rebelo. No pienso seguir. Me voy ahora mismo para darle un final a esta historia. Aquí las cosas van a cambiar.

Darle sentido a algo como esto requiere una reforma profunda de las leyes universales, necesitamos algo que garantice la continuidad y la causalidad lógica de los eventos, necesitamos un ordenamiento razonable. Un universo que podamos entender. El misterio sólo me rebela que detrás de todo, existe un ser imperfecto, y en sumo grado más que yo mismo. Yo no me he equivocado hasta ahora, yo hice lo que se esperaba de mí, yo fui regular. Si examinasen mi proceder, notarán la más precisa de las consistencias.

Hoy he elevado mi escalera al cielo, voy a intercambiar lugares con Dios y voy a encontrar a nuestros niños, le voy a quitar el mando y lo voy a reprimir por ser impredecible. Dios debe ser exacto como un reloj.

He llegado a esa conclusión. Si de alguien es culpa lo sucedido, es de aquel que lo regula y lo ve todo en lo secreto. Él debe obrar con arreglo a leyes, él debe proveernos de terreno para aseverar correctamente, para elegir lo mejor. ¿Ha hecho esto con nosotros? No, jamás. Aquí el orden se rompió, se detuvo quizás sólo un instante, pero eso es suficiente para quebrarlo todo. Un Dios no puede fallarle a su mundo. ¡Oh Padre mío, cédeme la potestad de tu creación, que yo fui padre también y lo fui todo lo bien que pude!

Mi misión fue proveerle a mi hija todas las opciones para su desarrollo, y todas las herramientas para su crecimiento. Tú, o tus errores, me la arrebataron. Es hora de arreglarlo.

VI

Los niños salieron de clases normalmente aquel día caluroso de verano. Los padres los recogieron, uno a uno sin contratiempos, sin tardanza. Esos niños llegaron sanos y salvos a sus casas y continuaron su vida sin sorpresas. Se desarrollaron hasta donde el sistema pudo esperar algo de ellos, o quizás más. Concretaron algunos de sus proyectos, y siguieron su curso de mortales tal y como lo hicieron millones antes de ellos, y tal como lo harán otros tantos después.

Se dice que entonces el universo se hizo un lugar preciso y contínuo. Dios bajó de su trono, se hizo mortal y se puso a escribir historias fantásticas. Su personalidad desordenada e imprecisa le hizo muy hábil en este género, donde también gustaba de introducirle fatales y dramáticas discontinuidades a todos los universos creados, y así torturar a sus personajes que forzosamente requerían de continuidad para hilar una historia. Afortunadamente ya no cargaba con destinos de personas reales en sus hombros, a lo mucho sufrirían por sus desatinos unas cuantas gotas de tinta.

Se dice que algo parecido ha pasado con el gobierno. Son los hombres más consecuentes, sensatos e ilustres los que nos gobiernan en tronos divinos; y más bien son las intemperantes y peculiares divinidades las que ahora gobiernan mundanamente, con todos sus desordenes y sus pasiones por delante. De modo que la estabilidad primigenia la debemos a la bondad y capacidad inagotable de nuestros espíritus más ilustres. Ellos entronizaron a la razón y a nuestras determinaciones subjetivas para gobernar el mundo. Tan es así que tendemos a creer que el mundo es tal y como se nos muestra por la ciencia.

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