27 oct 2014

La Guardia del Emperador

Cierto día se encontraba el Emperador muy cavilante. En esa hora próxima al ocaso, donde todo es ocio en todo el mundo, contemplaba a sus guardias y pensaba "¿qué estos hombres no aspiran a nada más?, se ven tan felices cumpliendo sus funciones". Y tenía razón, ellos estaban al menos satisfechos. No era para menos, ser miembro de la Guardia Imperial era todo un honor entre los soldados, además la paga era muy buena, y la pleitesía que la sociedad ofrecía para ellos no era nada despreciable.

En realidad un guardia imperial no hacía gran cosa, sólo estaba parado viendo de frente hacia la enorme plaza que usualmente tenía frente a sí la racámara en la que quisiera yacer el Emperador, él hacía presente y corpóreo todo el poderío de su señor; muy rara vez había peligro de verdad, pero, en cualquier caso, todo guardia estaba preparado para afrontarlo.

Naturalmente, la recámara predilecta del Emperador era el Palacio del Dragón, por ser la más amplia y lujosa, por su pomposa atmósfera, casi venida de algún rincón que los dioses le hayan concedido del perfecto más allá; ahí iba él a relajarse, o incluso pedía algunas veces que viniesen los escribas para dictar documentos de uso corriente y otras cosas propias de un Emperador.

En segundo lugar de su preferecia se encontraba la Cámara de Jade, que estaba dedicada a las pasiones del Señor; había una especie de harem gigantesco, al estilo del imperio vecino: una cama extendida en una circunferencia enorme, justo rodeando un enorme centro floral, donde cojines de seda invitaban a apoltronarse, y mujeres desmpampanantes y bellezas raras yacían a disposición, atendidas siempre por eunucos de aspecto risible o hasta pordiosero, a pesar de encontrarse debidamente uniformados. Ahí iba el Emperador a procurar la descendencia divina que dirigiera al Imperio hacia sus más grandes días, ahí el señor del Sol creaba el futuro a plenitud, o quizás perpetraba el presente.

Cada habitación tenía sus imponentes guardias, cada uno blandía tres aceros de distinto tamaño para distintos propósitos, uno se ubicaba colgado al hombro sobre la camisola que se extendía hasta poco arriba de las rodillas, otro menor colgaba del cinturón, bajo la camisola, y uno último llevaban oculto bajo los vendajes que cubrían parte de las piernas.

Cada uno de los hombres de la Guardia era formado en el mismo batallón, uno de élite y cuyos procedimientos eran conocidos por la extrema exigencia, precisión y crueldad; eran en fin, militares de excelencia y los únicos que poseían el honor de estar a centímetros del Divino Señor. Y por todo esto, eran leales y capaces como ningún otro grupo de hombres en el país. Pero, pensaba el Emperador, "¿por qué eso les basta?, a mí no me bastaría" ¡Qué poco entendía todo el hijo del Sol!

Quizá por eso era Emperador y no otra cosa, su ser era mandar y jamás conformarse. No le parecía suficiente la satisfacción, el patriotismo o la felicidad, ni ser un militar de excelencia. Tenía que ser por fuerza el mejor, el jefe máximo, de quien nadie pudiese resistir una orden y quien nunca tuviese que recibirlas. Ése era el Emperador, y por eso jamás entendería a sus leales y casi sobrehumanos guardias.


Pasaron los días, uno tras otro, y esa preocupación no abandonaba la cabeza del Emperador, y comenzó a volverse algo muy angustioso. Comenzó a tener paranoia, comenzó a especular demasiado y a preocuparse en exceso por una posibilidad que para cualquiera era obviamente inexistente; a veces soñaba que algún guardia le tejía una trampa y lo apuñalaba para ceñirse su corona y sus atavíos, mientras el resto de la Guardia festejaba sobre su cadáver. Soñaba también que alguien misterioso se escabullía en la cocina, y sin ser visto más que como una sombra, le envenenaba el arroz, que al llegar a él, los guardias cambiarían hábilmente de lugar una y otra vez para no probarlo; incluso llegó a soñar que alguno de su leal escolta se asociaba con magos rebeldes y hechiceros oscuros para mermarlo y hacerse con el poder, sí, la táctica le era bien clara, irían poco a poco devastándolo, a distancia, casi metódicamente y con amor, primero con esas turbadoras ideas, y luego con algo peor.

Entonces, otro de esos pesados días que le carcomía la misma zozobra, como el agua y su caer contínuo a las piedras, mientras miraba el último Sol del mundo, preguntó a su guardia con voz pacífica y grave:

-Soldado, ¿eres feliz?
-Así es, Señor.- Dijo aquel hombre de impresionantes ciento ochenta centímetros de alto, con toda honestidad.
-¿Por qué?- Dijo un Emperador de rostro desencajado, como moldeado por una tragedia interminable.
-Porque hago lo que mejor se hacer, protegerlo a usted y a este salón.- Atajó el guardia para la mejor comodidad del Señor. El Emperador caviló un poco y, como si hiciese preguntas prohibidas o impertinentes, espetó:

-¿Y no te gustaría tener otro trabajo?
El guardia se sorprendió mucho, jamás se le había ocurrido la posibilidad de llevar otra vida, y así, con esa inocencia de guerrero, preguntó:

-¿Cómo dice?
-¡Ser algo más!- Dijo el Emperador con un tono que dejaba entrever algo de desesperación, quizá madura (o podrida), que llevase preguntándose las mismas cosas una y otra vez.

-No Señor, estoy perfectamente.

Y entonces el Emperador volvía a cavilar. Desde hacía varios días, toda su Guardia le notaba tenso, y en todas las habitaciones donde pasaba, la sensación de que algo oscuro y pesado se enseñoreaba del lugar era, por decir lo menos, densa y permanente. No era la primera vez que lanzaba estas preguntas a quien estuviese en turno, sacando a más de uno gestos genuinos de extrañeza. La Guardia ya estaba preocupada y, por reflejo, también tensa. Corrían fuertes rumores de traición y conspiración, algo que jamás había ocurrido antes, quizás porque para los guardias, tales ideas no tenían ningún sustento.


La noche de ese mismo día, en esa misma recámara, el Emperador recibió un sigiloso pero certero corte en la yugular, y sobre él, ya muerto, se alzaría horas después el radiante nuevo Sol; la sangre que había brotado de su garganta como si ésta fuera una fuente, ahora yacía seca en los peldaños y llegaba hasta el piso, el reflejo escarlata que se producía honraba sus blasones. Un guardia valeroso descansaba sus pies sobre el cadáver imperial, sentado al trono y con la corona ceñida. Estaba por ordenar que le ataviaran adecuadamente. El resto de la Guardia prefirió callar, obedecer y mantener el gobierno funcionando, pues solamente había una diferencia y no había razones para hacer demasiado alboroto, todo seguiría igual.

A fin de cuentas, el propio Emperador era el mejor ejemplo de que la ambición más grande y desbordante era lo mejor pagado. ¿Qué mejor manera de honrarlo que ésta? Pensemos en esto, ¿qué clase de horribles cosas y de oscuras infamias no habría ejecutado él mismo o sus ancestros para ser Emperador? La Guardia pensaba ahora que pactar con los dioses requería de espíritus capaces de cualquier cosa. ¿Estaba la Guardia corrupta por ser capaz de asesinar al hijo del Sol?