7 ago 2013

La Casa Roja

Existía en la calle Wallace una deteriorada casona de aspecto clásico y que era completamente acorde a las demás del centro de la ciudad, pero que, en ese barrio, era totalmente excepcional. Su fachada era de un rojo cobrizo y opaco, resultado tanto del óxido desprendido de la herrería de sus amplios ventanales cuanto de la pintura que alguna vez fue de un alegre tono carmesí que inundaba de color la pupila del visitante. Por entre los vidrios rotos de los ventanales enmarcados en madera ahora podrida, podían verse unas elegantes y apolilladas cortinas que impedían el paso de miradas indiscretas. Dentro, nadie sabía lo que había.

Algunos hacían la probable conjetura de imaginar muebles viejos al interior, otros más la imaginaban infestada de toda clase de plagas, los más ilusos colocaban en ella a algún par de ancianos disfrutando de sus últimos días, y los más ociosos coincidían en que la casa era albergue de toda clase de espectros del inframundo.

La realidad es que nadie había entrado ahí desde hacía varios años, ni salido. Buen rato tenían de sepultados los dueños, quienes no la testaron; sin embargo la Casa Roja (como le decían desde mucho tiempo atrás, los habitantes de aquel barrio) permanecía ahí sola, sin intervención alguna, casi sagrada, como si materializara alguna clase de mito intocable.

Los dueños eran personas bastante boyantes; ésa era la casa de descanso, pues en sus tiempos de juventud estaba fuera del alcance urbano. Ahí pasaban alegres sus veranos y confortados sus inviernos, pues la Casa Roja tiene una chimenea que alguna vez brindó calor a sus huéspedes para pasar aquellas brutales heladas, y un valle que era perfectamente transitable a caballo en otras tardes de colorido espectáculo.

No recuerdo en qué verano (o invierno), llegó un hombre que arruinaría la tranquilidad de aquella envidiable residencia. No recuerdo tampoco cómo era, y menos quiero recordar su pasado, y haré tremenda excepción contándoles cómo le arruino la vida a esa buena familia; así mismo quisiera pedirles que si divulgan lo que les voy a contar, sea intentando no alterar las palabras, para acallar los rumores y satisfacer la mórbida curiosidad popular y que de ese modo nadie se vea motivado a entrar en la casona.

***

Una tarde tranquila (y tal vez de colorido espectáculo), previamente amarrado el imponente caballo azabache, un hombre se acerca a la puerta de la Casa Roja con una encomienda lapidaria: cobrar el impuesto para el Regente, que desde hacía buen tiempo no había cesado de subir al punto de ser casi impagable hasta para los más afortunados. Tres golpeteos a la puerta, seguidos de unos pasos a ritmo de espuelas, rechinido de puerta y voces saludatorias. Café de bienvenida, charla cotidiana y pretexto de expiación... tensión en la sala.

-¡Pero cómo que no! Usted sabe que estas cosas son imperdonables, yo no puedo regresar con las manos vacías, es usted o yo.
-Pues será usted si se deja porque yo no, ese Regente es más bandido que gobernador, indíquele por favor que venga él mismo, que al menos se muestre para cometer tan caras atrocidades.
-Señor, yo le advierto, esta conducta no es apropiada, al Regente no le va a gustar su resistencia y menos la va a disculpar cuando es evidente que usted puede pagar esa o incluso una suma superior.
-¡Qué! Tal cosa ni a usted ni a su Señor le incumben, bástele saber que considero una villanía ese cobro y no pretendo cubrirlo, si le dí una explicación fue cortesía, si usted desea ponerla en duda es afrenta. La decisión está tomada, por lo que si no existe otro asunto para el que pueda auxiliarle, le suplico que prontamente se retire.

La despedida fue un portazo y con él comenzó la siguiente discusión, esta vez entre pareja, esposa y esposo. Se habló de la insensatez tanto del cobro como de no haber guardado apropiadamente algún dinero. Se cuestionó la frivolidad de gastar en un vestido encaje y tela francesa en boga de ese medio año, o del otro corsé rosa y ajustado a pedido muy propio para las reuniones informales y paseos del parque, pero de hace dos años; no obstante se reviró aludiendo al Quijote empolvado y traído de la Madre Patria, cuya presunta fecha era anterior al s.XVIII y que jamás había sido abierto (mucho menos leído) en esa casa, y también a la excesiva petición de tres litros de bourbon a la semana que entraban a la oficina como si ése fuera el combustible que permitiera responder las cartas, hacer las finanzas y generar el inventario. Finalmente, después de severas e infernales horas de reclamos y de una frustrada noche sin puritano y miserable coito de misionero en fondo y camisón, en tirantes y calcetas, se llegó a la inevitable conclusión de que ya no eran ricos: había que huir antes de que se supiera la ridícula situación.

A estas alturas los Betancourt se hubieran escandalizado, o se hubieran burlado o simplemente hubieran ayudado, igual que los Escandón o los Gómez-Rioja... quién sabe y mejor aún, no importa. Lo que importa es mantener la imagen de ostentoso cacique, de poderoso señor igual o mejor que los de aquellas nobles casas.

Se pensó entonces que bien podían vestirse y vivir como campesinos o servidumbre de la Casa hasta la próxima visita, para saber cómo seguían las cosas, pero sobre todo para irse habituando a la vida humilde y para no despilfarrar recursos. Sí que era humillante tratar con los criados, comer, dormir y orinar donde ellos, sin embargo era mucho más tolerable que la opinión del Corregidor, íntimo amigo que seguro se desilusionaría y los haría expulsar del club. A partir de la prevista visita del Cobrador, se tenía contemplado o bien dar el paso definitivo y con los últimos ahorros zarpar hacia París y comenzar de nuevo o bien deshacerse del Cobrador a como diera lugar y de la forma que fuera. Aquí cabe mencionar que nuestra pareja no planeaba ningún asesinato o cosa parecida, ellos pensaban únicamente en un golpe político o policíaco que despojara al Cobrador de su autoridad.

***

Bajóse de un carruaje hermoso y elegantísimo, un pie altivo y muy soberano, de ostentosos atavíos. Era el Regente en persona caminando hacia la Casa Roja, respondiendo al reto que le habían lanzado al Cobrador; con rostro de evidente indignación: estaba consternado y decidido a no salir de allí sin su dinero, ¡porque claro que ya lo concebía completamente como su propiedad!

Toque de puerta, anuncio, rechinido de bisagra, voces saludatorias y adentro todos. Sin café de bienvenida, corta e incómoda charla entre aquellos sirvientes que no sabían el paradero de sus patrones y un molesto Regente, alegatos varios y:

-¡Qué diantres se cree usted! ¿Acaso no sabe quien soy? Estoy seguro que su patrón no le permitiría negarse a mi petición, después de todo ustedes son deudores del Estado. Sí, ustedes también.
-Señor Regente, entiéndame, tenemos estrictas órdenes, el patrón tiene muy mal carácter, esto podría costarnos el sustento.
-Y si usted no me permite quedarme aún más seguramente perderá sus ingresos, mi querido siervo.- Dijo con una cínica sonrisa.-Si su patrón se negare a aceptarme como huésped  ciertamente que revocaríamos hoy mismo sus títulos y propiedades, su conducta es imperdonable y tengo la consigna firme de esperar su regreso ¡No podrá escapar tan fácilmente de nosotros! Así es que por su propio bien, el de su patrón y el mío, ya no me haga perder la paciencia en charlas inútiles y haga bajar mis valijas del carro y luego desempaque en una habitación apropiada... o yo le haré perder mucho más que su tiempo.-Dijo in crescendo el Regente hasta llegar a los gritos, ya con visible molestia.

Fue de este modo que el dueño de la casona no tuvo más remedio que tragarse su orgullo, sopesar su desfavorable situación y aceptar ese trato, digno de una piltrafa. Había comprendido que no tenía opciones. Pero no todo fue negativo, pues se dio cuenta del semblante de su poderoso adversario, que con la excepción de su buen gusto para la costura y el teatro barroco francés, por lo demás era bastante primitivo, voluble y disgustante. Al menos ya sabía eso, pensaba mientras desempacaba las cosas del Regidor en el cuarto O'Gorman, con ayuda de su esposa, quien pasado poco tiempo no dio oportunidad a que se alargara la espera por otra ocasión de privacidad y, con el más agudo y dramático tono que pudo sostener, dijo:

-Y ahora, ¿qué haremos? ¡Ya está aquí!, si "nuestros patrones" no aparecen pronto, el honorable Regidor se quedará con todas nuestras posesiones, ¡Y de una forma tan fácil! ¡Ay de mí, ay de mí! En la calle y todo por confiar en un desgraciado dipsómano, fracasado jurista, blando pastorsucho que se hace el contador y se piensa como incansable trabajador, un barbaján pelagatos que no tiene sufic... - Y así siguió por un desgastante rato, interrumpida ciertas veces por su enfurecido esposo que además de extrañar su dignidad, extrañaba su Casa, su bourbon, sus hojas de inventario, sus pantuflas, ¡todo!... el hombre estaba devastado. Afortunadamente nosotros podemos omitir tan molesto e inútil episodio.

Después de tan fructífera plática, de hecho después de varios días de calma y cierta resignación, quizás una semana... nuestra pareja quedó convencida de que podrían burlar al Regente y a todo su séquito, que intuían estaba pronto a llegar (como máximo una semana más). Después de cierta observación rutinaria, de minucioso estudio y de aprender a la mala a saber discutir un asunto sin pelearlo personalmente, habían ideado un plan completamente redondo y sin fallas, perfecto. Sólo tenía un pequeño detalle: dependía completamente de que no llegaran visitas a la casona, pues de ser así, el Regente pediría que abrieran la puerta y entonces serían reconocidos por sus amistades tras el mandil y el esmoquin barato y polvoriento. Todo se vendría abajo y aparecerían como los indiscutibles dueños del lugar, y acto seguido dejarían de serlo.

***

El Regente desayunaba a veces huevos estrellados, recién traídos del gallinero y acompañados con salsa martajada y pan del día (las tortillas le repugnaban, le recordaban su origen) que la esposa ahora sirvienta se encargaba de traer del molino. A veces incluía una copa de vino joven o un poco de fruta, pero lo más común era acompañar con una taza bien caliente de chocolate de agua. Sí, como dije, a pesar de ser el Regente y un Bandido, era hombre de gustos sencillos. Otras veces se decantaba por chilaquiles verdes con queso también fresco y una guarnición de carne importada, pues por más ordinario que sea un hombre, suele tener buen paladar de depredador.

Esta vez había ordenado una copa de vino y huevos estrellados, que nuestra pareja serviría buscando su adulterio. Tenían en algún rincón mohoso de las cavas algo de residuo de vino con altísimo grado de alcohol (y otros químicos de los que ellos no sabían), de ese asqueroso menjurje sobrante de la fermentación que usualmente se desechaba, pero que ellos habían estado guardando durante varios días en un cubo para leche. La idea era adormilar al Regente y anular su voluntad sin que se diera cuenta, pero obviamente ese sabor no ayudaba ni aunque fuera rebajado. Decidieron entonces que la salsa debería ser extremadamente picante y entonces solo añadieron un tomate con algo de caldo y varias decenas de pequeños chiles secos locales, sin desvenar y asados, desde luego. Así tenían la esperanza de que el Regente bebería su copa de un sólo trago sin fijarse con la esperanza de apagar su devastada lengua.

El ardid salió a pedir de boca literalmente: a pesar de que el Regente constantemente pedía, ya fuera a ellos mismos o a otros probar sus alimentos para evitar ser envenenado. Sólo tenían que asegurarse de que serían ellos los que probarían para no beber demás y para no revelar a sus sirvientes el plan, pues a estas alturas ya no resultaban muy confiables por la cooptación y tortura del poder. Tenían que mantenerse inermes y sin ninguna mueca después de probar el trago o la salsa, aguantar el picor y hacer como si hubiesen bebido cantidad suficiente y no beber casi nada y entonces todo habría pasado. Debía ser ahora o nunca, pues como hemos dicho, más temprano que tarde hasta sus más leales sirvientes sucumbirían a la tortura o al soborno, incluso a la pura traición sin más, y ellos lo sabían.

Todo hecho, desayuno servido, probar de todo sin hacer muecas, Regente comiendo salvajemente, lengua pulverizada, trago grosero y caudaloso de vino y menjurje, regaño por la comida horrible, impertinencia, frentazo a la tabla de la mesa y desmayo. Ahora sí, era momento de amarrar al Regente sin que se notara, desnudarlo, meterlo a la cama con una criada y hacer traer a su esposa para que lo viera.

***

El Regente despertó con una severa resaca, desnudo, amordazado y maniatado en la cama de sus deudores. Estaba solo, todo se veía apacible, quizás sólo había sido un descuido, pensó, una farra monumental. Como pudo pidió ayuda y sus sirvientes (que ya no eran sus sirvientes) llegaron, le desataron y lo golpearon antes de echarlo al empedrado de fuera, donde ahora es la calle. Se molestó muchísimo, gimió durante todo el proceso pero fue inútil; luego, como una revelación, pensó que quizás lo habían descubierto después de la farra y que algo tenía que ver todo esto. Este retraso en los planes no estaba previsto. Algo falló, pero desde aquí las cosas comienzan a tornarse menos claras.

Su Esposa se encontraba tomando el té en la Regencia, y ya que los dueños se habían vuelto a ganar la lealtad de su servidumbre, pudieron enviar hasta allí por ella. Mientras tanto, el Regente seguía siendo golpeado por algunos criados, ellos procuraban pellizcarle el cuello para dejarle verdugones. Finalmente le hicieron beber más vino en mal estado, lo rociaron con un poco (para asegurar un olor incriminatorio) y lo llevaron de vuelta hasta la cama, donde lo pusieron al lado de una moza semidesnuda que normalmente se encargaba de las gallinas, ella era la más atractiva de las criadas. Es curioso mencionar que ella decidió voluntariamente beber un poco del menjurje para estar a tono y para soportar la desnudez nada agradable del Regente.

Todo hubiera salido perfectamente a no ser porque la Esposa sabía que su marido era incapaz de algo así. Ella lo vio todo y no dio crédito a ello, en seguida culpó a los presentes. Ella se mostraba enojada, reacia y desconfiada de cualquiera; intentó despertar a su esposo (en quien tampoco confiaba totalmente, por obvias razones) y logró incorporarlo y recargarlo parcialmente en la cabecera de la cama.

Intentó dialogar, sólo recibió incoherencias a cambio, le pareció sospechoso verlo intoxicado, luego notó a la bella moza, todavía yacía inconsciente y semidesnuda al lado, no quiso dar mucha importancia a esto a pesar de que sí la hizo sentir celosa (pero más de su juventud que del Regente). Pensó que independientemente de lo que hubiera sucedido no debía encolerizarse: si ella tenía paciencia y ocultaba todo a otras familias, muy pronto se harían con esa propiedad y entonces sí, habría manera de ajustar cuentas de modo privado y sin dar pié a desprestigios. ¡Ya lo imaginaba!, podría comprarse tantos vestidos y demás cosas bonitas gracias al chantaje. Fue feliz de nuevo por un momento.

Sin embargo, un criado astuto que había sido encomendado a vigilar, observó que la Esposa cavilaba demasiado y decidió no arriesgarse; sin orden previa de sus patrones, determinó que lo mejor era asesinar a la Esposa y hacerle creer al Regente que había sido él mismo. Lógicamente el mozo no estaba pensando mucho en las consecuencias, creyó que la propiedad era tan grande y silenciosa que no sería difícil ocultar el crimen y desaparecer las huellas. Creyó también que sus patrones estarían felices.

Pasos sigilosos hacia la cocina, cuchillo deslizándose fuera del cajón, pasos sigilosos de vuelta, un puño negro que envuelve un cuchillo se alza mientras el otro puño prensa una manija y abre la puerta, extremo cuidado, un grito femenino sordo y corto, cuchillo entrando, sangre corriendo, cuchillo saliendo, risa y miedo, repetición de la operación. Reordenación de la escena del crimen, listo. Reporte a los patrones.

- Señores, ya está.- Dijo el criado.
- ¿La esposa ha logrado llevárselo? preguntó el dueño.
- No exactamente, señor...
- ¡Habla ya, criado!...

Así siguió la discusión, tensándose cada vez más. Todos allí presentían que algo siniestro había ocurrido, es lógico suponer que todos escucharon el grito de la Esposa. Lo que ninguno de los presentes supo en ese primer momento fue que, independientemente de la información que ahí se intercambiara, el asunto ya estaba resuelto. Por lo menos uno de los presentes en la Casa (el asesino), incluyendo al resto de la servidumbre, estaba previamente enterado de todo y había mandado por la policía, que ya tenía buen rato de venir en camino y llegaría en cualquier momento. Nuestro personaje sabía que lo más conveniente era quedarse con todo y culpar a los demás, implicándolos del modo más evidente posible, para no compartir ningún beneficio y no depender del silencio de nadie.

Volviendo a la discusión, ésta se convirtió en pelea por más factores nebulosos, el cuchillo se había vuelto a cubrir de sangre: dos heridos de gravedad y un muerto más. Los heridos morían lentamente y se deseaban lo peor en el mundo venidero. El Regente despertó y observó la escena, pues ello sucedía en el cuarto donde había sido instalado y entrampado; luego giró un poco la vista y pudo ver a su Esposa cruelmente apuñalada y cubierta de sangre, yacía en el piso con una mirada fría, desencajada y vacía, ya estaba muerta. Giró todavía más y llamó su atención el cuchillo ensangrentado que permanecía a su lado, como un recordatorio.

Eso bastó para sacar de la intoxicación al Regente, se levantó y fue desesperado a preguntar a los agonizantes qué había pasado, ellos se mantuvieron fieles a la idea del criado y le dijeron al Regente que todo había sido obra suya, bajo los efectos de bebidas espirituosas (después de todo, nadie salvo la Esposa muerta tenía intenciones de que la Casa fuera del Regente). No le avisaron de la policía.

El Regente quería huir, pero tampoco sabía qué creer, su intuición le decía que era prudente actuar con rapidez; no recordaba mucho, estaba realmente desconcertado e inestable, se sentía emboscado y culpable. Reconsideró lo sucedido, intentó recapitular, y vio nuevamente el cuchillo en la cama, como diciéndole algo, como si la sangre de su esposa le hablase. El Regente no caviló demasiado (era hombre de pocas luces), sólo concluía una y otra vez que ahora no había tiempo de raciocinios; corrió hasta el cuchillo, lo empuño fuertemente, se movió hacia una posición conveniente y finalizó la tarea.

***

La policía no encontró mucho, sólo un desastre y varios cuerpos, todos desmembrados. Nunca se supo exactamente si eran 4 ó 5: alguien había lanzado a la chimenea las partes que podían proporcionar esa información. No se sabe si el Regente se suicidó, hirió a alguien más o sólo huyó; tampoco se sabe si alguien más intervino la escena, la servidumbre cuestionada siempre negó haber estado enterada de aquello, como si temiesen que sus patrones pudieran venir a despedirlos todavía, o como si en verdad no hubieran visto nada. El cuchillo jamás fue hallado.

Respecto a nuestro testimonio, podemos decir que ninguno de los allí finados logra descansar en paz y que no sabemos quién hizo exactamente qué después del asesinato de la Esposa. Pero tampoco importa, al menos para la versión oficial, pues todos los involucrados acabaron muertos. Nosotros sabemos que es, cuando menos, posible que uno de ellos haya escapado o se haya escabullido para hacerse de los bienes allí salvaguardados.

Naturalmente, esta tragedia bastó para hacer de la Casa Roja un lugar oscuro donde ya nadie se pudo sentir bienvenido en su sano juicio, por lo que fue un terreno que nadie compró ni visitó después de lo sucedido, al menos oficialmente. Empero es digno de mención que la Casa haya sufrido saqueos relativamente poco tiempo después de lo sucedido, y que algunos vecinos hayan reportado ciertos movimientos extraños en sus alrededores por la noche. Ello también nos permite sospechar de algún sujeto familiarizado con la Casa, el criminal fugitivo, ciertos espectros o vaya usted a saber qué entidades, o simplemente ladrones oportunistas.

Por si no bastara, es todavía más notable que la Casa original se haya derrumbado poco tiempo después de los saqueos, e inmediatamente un nuevo dueño mandase levantar una que la remplazara usando piedras de los muros caídos y demás material disponible en la propiedad para hacer una fidedigna réplica a escala. Todo esto hizo que fuera imposible investigar cómo sucedieron exactamente los hechos que aquí hemos relatado. La nueva Casa Roja quedó más cerca de la calle, y es la que ahora se observa e incita a todos los curiosos. Todo apunta a que tal dueño no es identificable, y hay una alta probabilidad de que también haya fallecido en circunstancias oscuras.

Lo que sí tienen de cierto los rumores del populacho, y fue comprobado mucho antes de que comenzaran los misteriosos saqueos, es que en la propiedad una especie de pesadez invade al huésped, lo rodea como sus cuatro paredes, consecuencia directa de los terribles sucesos (algunos incluyen el derrumbe entre las consecuencias).

La Casa y sus avatares están impregnados de intranquilidad y maldad, han sido sellados a distintos niveles para que sus componentes no pudran lo que yace alrededor y para que nadie traspase sus marchitas e impuras puertas. No obstante que es lícito suponer algunas riquezas todavía ocultas tras muros y bajo pisos, sea cual sea la suma que logren, no valen la expedición. También para ilustrar este punto tenemos historias que sería bueno contar en otro momento.